El atractivo de los inicios de la obra literaria del británico Nick Hornby está basado en cierto tono autobiográfico, capaz de provocar una refrescante empatía con el lector, que resulta especialmente patente en ese homenaje a la afición futbolística que es la dupla libro/película Fiebre en las gradas y Fuera de juego (Fever Pitch; David Evans, 1996), pero que todavía se aprecia con notable intensidad en la posterior Alta fidelidad. Si bien el escritor ya no está volcando literalmente sus propias experiencias en el que sin duda es su texto más famoso, lo cierto es que tienen muchísimo peso sus aficiones musicales, volcadas en los gustos y las aspiraciones profesionales de su protagonista, Rob, pero también —como explorará, unos cuantos años más tarde, en una obra que aúna conocimientos de cultura pop con confesiones personales, el interesante 31 canciones— la obsesiva confección de listados (melódicos o no), método reflexivo superficial y un tanto evidente que se convierte en la estructura base sobre la que se desarrolla la autoexploración biográfica que supone todo el libro.
De forma muy inteligente, los guionistas de la versión cinematográfica, Alta fidelidad (High Fidelity; Stephen Frears, 2000), D.V. DeVicentis, Steve Pink, John Cusack y Scott Rosenberg, no sólo respetan tan apreciable idea de Hornby, sino que incluso la refuerzan y la llevan unos pasos más allá. Y es que el film acaba convirtiéndose, de forma metafórica, en una cinta de grandes éxitos que el personaje interpretado por Cusack va elaborando con la intención de reencontrarse tras la crisis personal que le supone romper con su pareja, Laura, en la que caben tanto sus canciones preferidas como sus amores/relaciones más recordados. ¿Qué son, en realidad, las inocuas conversaciones musicales con los dos empleados de su tienda de discos, interpretados por Jack Black y Todd Louiso, sino una forma indirecta de hablar en voz alta de sus inquietudes, sus miedos y sus paranoias sin tener que aludir a ellos de forma abierta? Incluso el hecho de que Rob empiece a reordenar su amplia colección de discos, al fin y al cabo una materialización física de los recuerdos de toda su vida, refleja el esfuerzo de reflexión íntima que su propia inmadurez, que le lleva a tropezar una y otra vez con la piedra de su egoísmo, no le permite llevar a cabo.

En la manera de explorar el humor de Horby hay una influencia capital, que se va agudizando y refinando con el paso de sus obras, y que también lleva a la pantalla Frears —que, por otro lado, como director se queda con inteligencia en un modesto segundo plano, poniendo por delante guión y actores—: Woody Allen. El sturm und drag típico del director neoyorquino, que convierte al protagonista y a sus neurosis como obstáculo principal (incluso único) de su propia felicidad, se vuelca en las continuas observaciones que Rob hace a la cámara, en las que su ingenio adolescente sólo demuestra su incapacidad de asumir la necesidad de compromiso y aceptación implícita en una relación a largo plazo. Incluso, allá donde Allen mezcla su discurso con sus numerosas filias culturales, en el caso de Alta fidelidad Hornby y sus adaptadores utilizan el ideario pop para trazar argumento y personajes. ¿O no son las exnovias del protagonista una serie de prototipos de esos amores románticos que pregonan las canciones "de moda", desde los 80 hasta la época en la que está ambientada la película? ¿La cantautora interpretada por Lisa Bonet, acaso no parece la protagonista de una balada interpretada, precisamente, por una cantautora? Y Laura, tal y como la interpreta, con encanto irresistible, Iben Hjejle, ¿no es la mujer a la que se dedicaría una canción de amor madura, profunda, llena de matices?
De ahí que la afirmación final de Rob de que ya sabe cómo debe hacer una cinta dedicada a Laura no es solamente un cierre de anecdótico romanticismo. Escoger las canciones que forman parte de una buena recopilación implica tener el sentido musical para saber ordenarlas, variando el ritmo con sutileza, manteniendo siempre al oyente atento a lo que viene. Tras su crisis con su pareja, el protagonista ha aprendido a ir más allá de la superficie de sus conocimientos musicales, y que lo importante en la cinta que va a grabar, así como en la relación que acaba de recomenzar, no es el nivel de las canciones que incluya, sino las razones profundas por las que quiere incluirlas y la inteligencia con las que las maneje. Sin duda, una hermosa metáfora melódica para la deliciosa complejidad que supone compartir la vida con la persona a la que se ama.