Bird (Clint Eastwood, 1988)

Por J.A. Souto Pacheco

El jazz en el cine

Cuando Hollywood modificó la Historia del Cine con The jazz singer (Alan Crosland, 1927), el protagonista de la susodicha película era el “performer” yiddish Al Jonson (King Vidor resarciría la cuestión, años más tarde, al rodar la magnífica Aleluya (Hallelujah, 1930) con un reparto enteramente negro. Cantar “Mammy” con la cara pintada de negro e imitando a los legendarios “minstrels”, debió de ser algo inolvidable para Charlie Parker. Bastante más tarde, en una extravagante gira por el sur de los Estados Unidos, éste presentaba al trompetista Red Roney, judío e irlandés, como el negro albino cantante de blues. Clint Eastwood recogía esta anécdota y mucho más en un filme que colocó, por fin, su nombre en la estela de los grandes cineastas de todos los tiempos.

En Bird, se plasman los últimos años de vida de Charlie Parker “Bird”, saxofonista que revolucionó el jazz de los años cuarenta introduciendo el “be-bop”. Fue reinvindicado por la generación “beat”, con Jack Kerouac a la cabeza, y Julio Cortázar se inspiró en su vida al escribir El perseguidor. Sólo su afición a las drogas y al alcohol impidieron que Parker desarrollara plenamente todo su talento. Aún así, a pesar de su muerte prematura, sigue siendo uno de los más grandes jazzmen de la historia. Parker era un genio que llevaba dentro la autodestrucción. El “be-bop” fue toda una revolución, como la misma vida del músico. En Parker es totalmente imposible disociar su vida de su obra; de hecho, el consumo de heroína y alcohol vive de los mismos latidos que daban rienda suelta a su creatividad. Parker murió a los 34 años, víctima de un ataque de corazón. Cuando le hicieron la autopsia, su cuerpo estaba tan maltratado por su adicción a las drogas que el doctor explicó que aparentaba el cuerpo de un hombre de veinte años más.

Eastwood recreó los últimos años del músico, poniendo el énfasis en sus misterios, en sus debilidades y fortalezas, en sus flirteos con las mujeres, en su relación con las drogas, en los problemas de la segregación racial... En manos de un director menos avezado, esto hubiera dado pie a un relato novelado, autocomplaciente y crítico, pero el resultado final fue mucho más sensible. Al alejarse de una narración tradicional, la de un biopic en el que se nos muestra, en orden cronológico, las vicisitudes de la vida de Parker, Eastwood consiguió eliminar lo anecdótico para subrayar la genialidad del músico. A él no le interesaban las historias de superación de un joven pobre que alcanza altas cotas de popularidad y reconocimiento de su música. Tampoco se mostró atraído por la ascensión y caída a los infiernos del artista. Eastwood centró su mirada en la persona y, por lo tanto, nos devolvió una fotografía del alma de un hombre, con todas sus virtudes y defectos, sin máscaras de complacencia. Eastwood nos sumerge en el alma del artista, acercándonos a su fiebre creadora, a su esencia. Otra historia es la simplicidad con la que la película despacha la representación de Gillespie y, también, como no sabe rellenar huecos tales como las otras mujeres con las que Parker mantuvo relaciones o el período más revolucionario del quinteto con Miles.

Otro aspecto primordial del film radica en que éste no respeta el orden cronológico, como si la construcción no lineal de la historia pudiera seguir el flujo de la música de Parker. Parece como si Eastwood y Oliansky hubiesen querido seguir el ritmo improvisado del jazz, armando también la película con movimientos elegantes de cámara.

En el cine, el jazz ha acostumbrado a asociarse, durante mucho tiempo, a la droga, los ambientes de delincuencia, el sexo o la violencia. La película de Eastwood no es indiferente a estas amistades peligrosas. Curiosamente, el mismo año en que Charlie Parker fallecía, Otto Preminger establecía estos vínculos con la partitura de Elmer Bernstein para El hombre del brazo de oro (The man with the golden arm, 1955), inspirada en la novela de Nelson Algren sobre la peripecia de un drogadicto, en la que el jazz juega un papel importante. Después vinieron Quiero vivir (I want to live!, 1958) y Apuestas contra el mañana (Odds against, 1959) —ambas de Robert Wise—; más tarde llegaría Preminger con la truculenta partitura de Duke Ellington para Anatomía de un asesinato  (Anatomy of murder, 1959) o el maravilloso uso de la música de la época que para Chicago, años 30 (Party girl, 1958) hizo Nicholas Ray. Como no hablar, también, de Louis Malle había aprovechado una visita de Miles Davis para mostrarle su Ascensor para el cadalso (Ascenseur peur l’echafaur, 1957) y que éste aceptara improvisar, en una sola sesión, toda la banda sonora de la película —en una experiencia maravillosa por lo arriesgado de la propuesta y la excelencia del resultado—. New York, New York  (Idem. Martin Scorsese, 1977) o Alrededor de medianoche (Autour de minuit. Bertrand Tavernier, 1986) son, junto a Bird, seguramente los últimos ejemplos dignos de este amorío desaforado llamado “cine y jazz”.