Esta tierra es mi tierra (Bound for Glory. Hal Ashby, 1976)

Por Joan Pons

No son los biopics un género demasiado distinguido. Y mucho menos los biopics-musicales o los biopics-rocks. Son terreno pantanoso. Hay demasiados tópicos y demasiadas pocas ganas de salirse del tiesto.  A la espera de tasar en su justa medida  Control de Anton Corbijn sobre Ian Curtis (Joy Division), también es casi un lugar común defender  Bird de Clint Eastwood sobre Charlie Parker como el único biopic musical que además también es una buena película (porque 24 hour party people de Michael Winterbottom y Last days de Gus Van Sant son otra cosa muy distinta a un biopic, ¿no?).  Así que, el imaginario cinéfilo-musical tiende a olvidarse en este corto recuento de biopics salvables de Esta tierra es mi tierra, la película del muy hippie y muy escurridizo Hal Ashby sobre el padre de todos los cantautores protesta, Woody Guthrie.  ¿El porqué de este soslayo? A saber. Tampoco es que no se pase en TV o no se programe en retrospectivas (del NCA y continuadores, por ejemplo). Y Woody Guthrie puede que no tenga el glamour de otras estrellas de pop, pero sí ha adquirido con el tiempo una dimensión mítica que justificaría el recuerdo de esta película. Me temo que las razones que explican esta falta de memoria es la zona neblinosa en la que se está convirtiendo el cine norteamericano de los 70, donde aparte de los títulos clave que todos tenemos claros hay mucha confusión respecto a la letra pequeña y hasta mediana. Aunque también puede ser que Esta tierra es mi tierra haya sido sustituida en nuestro disco duro por los notables documentales alrededor de Guthrie más o menos recientes, Man in the sand de Kim Hopkins y  This machine kills fascists de Stephen Gammond.

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Digo esto porque el peritaje de “Esta tierra es mi tierra” hoy, si la tuviéramos más presente y a tenor de la pésima evolución del género biopic en los últimos 30 años, debería ser al alza. Porque aún basándose en las memorias que escribió el propio Woody Guthrie, esta película no es exactamente un biopic. Encaja malamente en el patrón clásico del género de presentar a un creador de vida privada censurable que se redime gracias a su obra. Aquí el itinerario es otro: la narración de un fragmento de vida que incluye el momento trascendental de la toma de conciencia, más allá de intimidades o genialidades. Tampoco brinda una oportunidad de oro a su actor principal para lucirse en la piel de un personaje de leyenda…o quizá si la brinda pero no se aprovecha: David Carradine sale más inexpresivo que una puerta.  Y respecto a las preguntas sin respuesta de muchos biopics sobre artistas, “¿Cuándo crean? ¿Cómo? ¿Para qué? ¿Para quién?, aquí aparecen más o menos contestadas”. Así que estamos ante un caso felizmente extraño  de biopic clásico y heterodoxo a la vez.

Esta tierra es mi tierra se pliega de manera curiosa a los estándares de Hollywood. Su clasicismo, o post-clasicismo, es casi un ejercicio de arcaísmo. No parece de los 70 (aunque tiene mucho de road movie), sino de los 40 o incluso de finales de los 30, casi de la época que retrata, la Gran Depresión en Estados Unidos.  Así que, aclaremos, es una road movie, vale, pero en la medida que “Las uvas de la ira” de John Ford también lo es (no es una comparación gratuita: el fantasma de Tom Joad  sobrevuela todos y cada uno de los fotogramas). Pero es que Hal Ashby, en 1976, también era difícil de encajonar en el cine norte-americano de su época. Películas como “Harold y Maude” o “El último deber”  lo acreditaban como representante de esa tercera vía de directores más o menos alternativos consentidos por una industria cinematográfica en plena transformación. A medio camino entre la levedad de Paul Mazursky y la sustancia del primer Bob Rafelson, Ashby era un director que ya sobre el papel se sabía que no iba a hacer una biografía al uso sobre Guthrie. Él hizo la historia de un jornalero, de un agitador, acaso, pero no de un artista (no hay glamour, no hay malditismo). Y aunque parezca empezar como una hagiografía, con Woody adivinando el destino y curando a enfermos, y acabe con el protagonista propagando al palabra (de los sindicatos y la dignidad obrera, no la divina), en realidad Esta tierra es mi tierra  es una vindicación de la ética del trabajo. Es una película de gente desesperanzada que busca ganarse la vida con dignidad: unos recogiendo fruta, otros tocando la guitarra e inventando himnos para quienes recogen fruta.

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Hay secuencias muy intensas y bellas en Esta tierra es mi tierra: la tormenta de arena en Texas,  las escaramuzas de los vagabundos que se cuelan en trenes (que recuerdan otra película olvidada a reivindicar El emperador del norte de Robert Aldrich), las primeras canciones que canta Woody Guthrie en los campamentos de braceros acosado por los matones de la patronal, las actividades musicales-divulgativas para presos o niños… En todos estos momentos el film descubre una idea de fondo determinista: todo entorno, toda circunstancia, todo pedazo de historia, necesita de un rapsoda que la cante, que la transmita de generación en generación. Y si ese entorno, circunstancia y pedazo de historia pinta en bastos, entonces el rapsoda incluso debe comprometerse con él. En el caso de esta película, cuando el contexto cambia para Woody Guthrie, pero no para los que estaban como él hasta hace pocos días se plantean dos opciones: Guthrie puede decidir vivir en una burbuja, hacerse rico con sus canciones sonando en la radio nacional y aceptar todos los consejos de los sponsors para hacer música tibia que “no ofendiera a nadie” (un consejo que hoy deben seguir dando los grandes grupos mediáticos a sus artistas). La otra opción es la del corte de mangas y seguir defendiendo la ética del trabajador. Huelga decir cuál de los dos caminos tomó.