“Gotta find my destiny, before it gets too late.”
Como la fotografía de Philippe Carly en la que Ian Curtis aparecía con las manos agarradas al micro, los ojos bien abiertos mirando a lo alto y la tez pálida sobre un fondo oscuro; Control es la imagen justa de un icono, una película llamada a ser el primer y último biopic sobre el cantante de Joy Division. Control cumple con todas las expectativas. Formalmente no sorprende, tampoco decepciona. Un blanco y negro elegante, un gusto exquisito por los encuadres cuidados y un respeto riguroso por la figura de Curtis; una continuación armoniosa de la obra fotográfica, documental y de vídeos de Anton Corbijn. El cronista gráfico, durante décadas, de todo tipo de estrellas y músicos, fragua, una vez más, la imagen perfecta para convertir al cantante en mito.
Como pequeñas manchas de color entre los grises la dolorosa historia de Control se ve salpicada de humor. Luminosa al principio, la película se va ensombreciendo, a medida que el final se va acercando. Corbijn sabe gestionar los pequeños remansos cómicos, los chistes sobre el nombre de los Buzzcocks o una lectura a cien por hora del poeta John Cooper Clarke. Pequeñas notas tenues y divertidas que a medida que avanza la película quedan enterradas bajo la voz grave de Ian Curtis y su fatal destino.

Como gotas de agua, Sam Reily se pone en la piel de Ian Curtis para lograr un parecido que asusta, ya no sólo por sus bailes de ritmo espasmódico. En líneas generales, la película se ciñe al libro de Deborah Curtis. El punto de vista resulta evidente y la presencia del texto acerca inevitablemente la película al biopic al uso que no sorprenderá a los más iniciados. Anécdotas como el ataque epiléptico de Curtis en el escenario o el primer concierto de los Sex Pistols ante una audiencia muy reducida no son ningún secreto y ya aparecían en la película de Winterbottom. Lo que queda no es lo que ya ha sido escrito anteriormente, sino la forma en que se cuenta: su exquisita fotografía, un uso ejemplar de la banda de sonido y de la voz en off. En un momento, el protagonista afirma que le duele pensar que lo está dando todo en el escenario y que la audiencia no se de cuenta y le exija más. Sin alzar la voz, con esta frase se va dibujando el espíritu inquieto del artista.
Como la letra de una canción afirmando que “esa es una crisis que sabía que tenía que venir”, Control se ve arrastrada por la fatalidad. La concepción desdoblada del personaje –un Curtis familiar y una emergente estrella de la música—, su figura caminando por las calles de un barrio obrero de Manchester o la imagen, quizá algo más obvia, del ataque epiléptico de la chica que le inspiró la letra de la canción She’s Lost Control se convierten en instantes y escenas capitales. Control no subraya, sino que aguanta el pulso a su personaje, a su dificultad por convivir con la enfermedad, con la extraña presencia de la muerte, con un tratamiento que dura demasiado (como cantaba en Twenty Four Hours) y que queda perfectamente descrito con la desesperación de Curtis al observar la cantidad de pastillas para la epilepsia que se le acumulan en el baño.Cada plano, cada momento, por muy recurrentes que resulten, son las notas necesarias para componer un personaje complejo.

Como dos caras de una misma moneda: 24 Hours Party People representaba el costado luminoso del sonido Madchester, con los coloristas Happy Mondays a la cabeza, Control se sumerge en los claroscuros del autor de la canción Twenty Four Hours.