Bailar en la oscuridad (Dancer in the Dark . Lars von Trier, 2000)

Por Eulàlia Iglesias

Sonrisas (música) y lágrimas

1Si se le pregunta al diccionario de la RAE qué es un melodrama, entre las respuestas que ofrece éstas dos resultan muy ilustrativas: “Obra teatral, cinematográfica o literaria en que se exageran los aspectos sentimentales y patéticos” y “Drama que se representaba acompañado de música instrumental en varios de sus pasajes”. Bailar en la oscuridad (Dancer in the Dark, 2000) cierra la llamada ‘trilogía del corazón de oro’ con la que el director danés Lars von Trier decidió tomarse en serio la esencia del género y elevarla a su máxima potencia, subrayando de paso que melodrama se escribe con m de mujer. El primer film de la trilogía Rompiendo las olas (Breaking the Waves, 1995) es el más puramente melodramático, una historia de amor no sólo más grande que la vida, también más grande que la muerte. En Los idiotas (Idioterne, 1998), la fuerza melodramática permanece latente bajo la forma de un film de reivindicación anarquista en la temática y en la estética hasta que en el tramo final explota en toda su conmoción. Bailar en la oscuridad retoma la idea de melodrama ligada a su acepción originaria de “drama con música”. Por un lado, su estructura se adapta a una concatenación de desgracias que conducen inexorablemente a una gran e injusta tragedia final para la protagonista que, no por previsible (sobre todo vistos los dos films anteriores) resulta menos efectiva en su capacidad lacrimógena. Por otro, la música y el baile se integran perfectamente en el film como forma de expresión sublimada de los sentimientos de la protagonista.

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2Lars von Trier declaró que la inspiración para rodar un melodrama musical con Björk le vino tras ver el vídeo de la cantante It’s Oh So Quiet dirigido por Spike Jonze. Así, Bailar en la oscuridad resulta una actualización del musical que remite al lenguaje audiovisual el videoclip más que a los grandes clásicos del género, pero en concreto a un videoclip que a su tiempo referenciaba un clásico del musical como es Los paraguas de Cherburgo (Les parapluies de Cherbourg, 1967) de Jacques Demy. En Bailar en la oscuridad, la presencia de Catherine Deneuve también permite remontarnos al citado título de Demy o, en menor medida, al que Deneuve protagonizó con su malograda hermana Françoise Dorleac, Las señoritas de Rochefort (Les demoiselles de Rochefort, 1967). Pero las escenas en la fábrica también permiten recordarnos que el francés rodó uno de los pocos musicales de reivindicación proletaria: Una habitación en la ciudad (Une chambre en ville, 1982). Las protagonistas de Bailar en la oscuridad también citan en la película Sonrisas y lágrimas (The Sound of Music de Robert Wise, 1965), que interpretan de forma amateur.

3Si Lars von Tier se hubiera dejado llevar por sus confesados (malos) gustos musicales, quizá tendríamos como protagonista de Bailar en la oscuridad... a la cantante de Roxette. Afortunadamente, el danés es más listo que el hambre y supo escoger la mejor opción posible para remozar un género clásico casi extinto como el musical. No se trata solamente que en pleno cambio de siglo Björk fuera la figura musical más importante del momento. Con eso sin duda se garantizaba una banda sonora excepcional como es la de Bailar en la oscuridad. Pero también resulta extraordinario cómo funciona la presencia escénica de Björk, con ese rostro tan hermoso como tierno y sus movimientos infantiles (esos saltitos que siempre da en los conciertos), que otorga plena credibilidad al personaje de mujer con el corazón de oro sometida a toda clase de perrerías por la vida que ejerce de eje vertebrador de la filmografía de Von Trier. El danés también consiguió aquí revitalizar una tradición melodramática: Björk es la gran vedette musical de la posmodernidad convertida en diva de tragedia fílmica digital.

4La apropiación del musical que lleva a cabo Von Trier es perfecta. Si nos atenemos a una simple cuestión melómana, la banda sonora es una simple maravilla que funciona por ella sola, con canciones sólidas en su concepción melódica tradicional pero con ese aporte de modernidad rítmica que le podía otorgar Björk. Y dentro del engranaje del musical, todas los temas están perfectamente integrados. Los momentos musicales en Bailar en la oscuridad no son injertos autónomos deslavazados en el resto del film, sino que forman parte intrínseca del desarrollo de la película. El personaje de Selma es, por un lado, una mujer con problemas de visión que por lo tanto no dispone de una percepción perfecta del mundo físico que la rodea. Los sonidos y ruidos cobran especial relevancia en su relación con el entorno, y funcionan a lo largo de la película como una compensación expresiva a su minusvalía visual. Por otro lado, la inmigrante Selma representa también una mujer desapegada del mundo real a causa de sus circunstancias sociales. Los momentos musicales expresan el universo interno de Selma que no tendría parangón en una representación realista. La ensoñación musical en Bailar en la oscuridad es por tanto una opción coherente como representación sinestésica de un personaje privado de sus formas de expresión, física y anímicamente hablando.

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5Cuando Lars von Trier presentó Bailar en la oscuridad en el Festival de Cannes se encontraba en pleno apogeo de su gloria. En cuanto empezó la proyección, cuando la inmensa pantalla de la sala Lumière se vio ocupada por el título del film sobrepuesto al nombre de su director, ya se oían tantos aplausos entusiastas como silbidos igualmente acérrimos. Al final se repitió la situación en medio de los inevitables sollozos. Fue uno de esos años en que la Palma de Oro venía casi anunciada. Las quinielas no fallaron. En pocos años, la algarabía que siempre rodeaba a Von Trier se ha ido apagando. Ahora casi pasa desapercibido. Y no deja de resultar un tanto extraño tener que ponerse a reivindicar ahora la obra del cineasta danés. Pasado el hype Dogma y compañía, quizá sería un buen momento para reencontrar con tranquilidad al director que fue capaz de ofrecer un melodrama musical tan acorde con la tradición como con las inquietudes del cambio de milenio.