«Nací en el otro lado del Muro y atravesé el límite. Me quieres. Trata de derribarme. »
En el momento en que Hedwig subió al pequeño escenario del hotel Saint James de la meat zone de Manhattan en 1994, su creador, John Cameron Mitchell, el compositor Stephen Trask y el conjunto de colaboradores no tenían claro si habría una segunda representación. No obstante Hedwig, el travestí de más allá del Muro de Berlín, se convirtió en un éxito del off off Broadway que alcanzó notoriedad suficiente para ser envidiado por sus colegas del teatro oficial y por los productores de Hollywood. Hedwig llegará de la mano de su creador a las pantallas en 2001 conservando viva su energía, manteniendo íntegra (bueno, es un decir) su personalidad y alcanzando la máxima categoría en el musical de este siglo y del pasado. Quizás Astaire huiría de esta Hedwig y su pulgada cabreada, tal vez fuera Hedwig quien acosara a Gene Kelly, pero no hay lugar a dudas de que los tres podrían compartir con justicia el estrellato en el género musical. ¿Puede un travestí agresivo compararse con los pasos de baile recreados por Donen o Minnelli? ¿Allá dónde las melodías de base jazzística acompañaban encuentros y desencuentros (boy meets girl) caben las guitarras rockeras y los encuentros homosexuales (boy or girl?)? Sin lugar a dudas. John Cameron Mitchell crea un personaje, a nivel de guión e interpretación, tan o más sólido que el de cualquier musical clásico. Un personaje propio de nuestra época, pasto de la avaricia, el egoísmo o la lujuria y que sin embargo se nos hace entrañable y tierno en su dolor y su desorientación. Una loca enérgica que lidera (retiene) su grupo musical del Este y que, no obstante, resulta tan próximo. El mérito de Cameron Mitchell no es sólo creerse su personaje, incluso ser su personaje (como era el caso de la Kitty de Desayuno en Plutón). El mérito de Mitchell es hacer que su personaje nos sea creíble.

Para ello, John Cameron Mitchell elabora una fábula sobre el autoconocimiento que está más allá de los sexos y más próxima a la búsqueda del amor y la dignidad. Hedwig es violado por su padre, vendido por su madre, mutilado por un mad doctor (y de ahí la pulgada que se resistió al bisturí; como dice la canción, el ángel de la guarda se durmió), abandonado por su primer amante y vampirizado por el segundo. Y, pese a todo ello, mantiene una inmensa capacidad de amar. Su viaje al infierno de ida y vuelta se saldará con una renovada capacidad no sólo de pedir amor sino de dar a los demás.
Miro de dónde vengo y en qué me he convertido y de repente las más extrañas cosas se convierten en rutina.
Aun sin bailes, con peleas e insultos, sexo y pajas fugaces, Hedwig y la pulgada cabreada es posiblemente el mejor musical de los últimos 25 años. Su estrategia es basarse es el frescor de un conjunto de canciones enérgicas y dulces a la par, realistas e irónicas, que se llevan a la pantalla sin perder un ápice de espontaneidad, con ritmo y con significado más allá de la precisa interprettación. Su mérito se basa no sólo en la extravagancia de una historia queer ni en la reivindicación underground de la diferencia. Aunque de ello hay, Hedwig no está en la línea desmadrada, carnavalera, del Rocky Horror Picture Show. Ni en la de Beef, el rockero glam parodiado por De Palma en Phantom of the Paradise. La obra de John Cameron Mitchell y Stephen Trask (y de Therese Duprez, esplendida directora artística, y de Miriam Shor, Michael Pitt y Andrea Martin, impagables secundarios) bebe de los clásicos, con un personaje marginado, traicionado, que reivindica su derecho a vivir, a amar, a ser amado. En el Hedwig cinematográfico hay numerosas influencias que van de los clásicos de Minnelli al rock. Y, de hecho, a un rock variado que oscila de la balada glam (Tear me down, The origin of love, Wig in a box, Wicked little town, Hedwig lament) al punk (Random number generation que se oye tocada por la banda de Tommy Gnosis, Exquisite corpse o la mismísima Angry inch ). Hay referencias explícitas a David Bowie, Iggy Pop y Lou Reed, a Tina, Aretha, Yoko y Nico, y en los extras se habla de Stone Temple Pilots, Pete Towsend y George Harrison. Pero también se encuentran ecos del Elton John de Madman across the water y Good Bye, Yellow Brick Road o referencias explícitas a otros autores. El diálogo con Tommy Gnosis (Tommy, can you hear me?) nos retrotrae a la opera rock de los Who. Incluso una sádica referencia a Kurt Cobain: "Este chico tiene mucho futuro"

La última vez que te ví, nos acabábamos de dividir. Tú me mirabas, yo te miraba. Me resultabas tan familiar, pero no te reconocí. Porque había sangre en tu cara, sangre en mis ojos. Pero podría jurar por la expresión de tu rostro que el dolor de tu alma era el mismo de la mía. Ese dolor traza una línea recta a través del corazón y le llamamos amor.
Y, por encima de todo, está la bellísima historia de un amor que no puede ser. Dice Cameron Mitchell que la trama, desdibujada en la pieza escénica, fue definiéndose en este sentido cuando se vinculó al proyecto cinematográfico. Así adquiere más sentido la división, más metafórica que real en este caso, que delimita el Muro de Berlín y que aleja a Hansel/Hedwig del mundo. Un muro que se reproduce en su propio cuerpo tras la malograda operación que, en su intento de huída hacia la libertad, le deja "sangrando el primer día que es mujer, con una pulgada de carne cabreada dónde una vez estuvo su pene y dónde su vagina nunca estaría". Un Muro que cae llevando la libertad a aquellos pacientes alemanes que quedaron en el Este mientras que otro se levanta en su propio interior aislándole de todo. Trask, con música y letra adornadas con bellísimos dibujos (de Celia Bullwinkel y Emily Hubley), define en la canción The origin of love el problema de Hedwig, el de todos nosotros. Si la película se acerca a la obra maestra no hay duda alguna que la secuencia de esta canción alcanza, en sí sola, esta categoría. La remembranza de nuestra unión pretérita con otros cuerpos que fueron separados de nosotros por los dioses de modo violento nos despierta la pasión, el dolor, del amor. Será esta excitación, este desasosiego, el que Hedwig pretenda controlar. El anhelo de superar la traición de la madre, de Luther, la de Tommy especialmente, para ser, definitivamente, libre. Esta eterna historia del amor, de desencuentros y búsqueda, de reivindicación de la propia dignidad, es la historia de Hedwig. La diferencia no está en los sexos. La separación entre los humanos no la establecen las fronteras. Aun sin peluca ni maquillaje, sin pulgada cabreada, la lucha y el éxito de Hedwig son los de todos nosotros.