1 En una ciudad es fácil sentirse un extraño; para con los demás, para consigo mismo. Es un lugar donde encontrarse, incluso tan sólo buscarse, puede resultar una auténtica odisea emocional. Si, además, esa ciudad se encuentra lejos del hogar y sus habitantes hablan un idioma completamente ajeno y su cultura dista de la nuestra, entonces, la complicación aumenta considerablemente. Pero también puede ser, por todo lo anterior, el mejor lugar a la larga para encontrarse a uno mismo o para comenzar a buscarse, por esas diferencias y esa complicación, porque uno pasa a ser el ser ajeno y extraño y eso le da la posibilidad de reafirmar su identidad, o bien, de refinar la que tiene, quizá, incluso, de modificar muchos aspectos de la misma.

2La primera vez que vi Lost in translation (2003), la segunda película de Sofia Coppola, llevaba varios meses viviendo en Londres; desde mi llegada hasta entonces no puedo decir que la vida fuera fácil, ni tampoco que me queje, visto ahora con perspectiva, de aquello. Al fin y al cabo, ¿qué se puede esperar cuando llegas a una ciudad cuyo idioma, por mucho que creas que sepas, siempre se alza como un muro, cuando el trabajo se resiste, y, además, tienes que adaptarte a todo un sinfín de cosas nuevas y ajenas que te resultan extrañas cuando no insólitas? Lo anormal es casi sentirse bien. Es necesario esa extrañeza, el ver que no tienes un lugar creado aún y debes de buscarlo, crearlo. Disfrutar de una nueva ciudad supone el tener que crearla de alguna manera, que tus ojos, tus vivencias, tu cuerpo, la recorran y cada metro de ella absorba tu presencia, del mismo modo que uno absorbe aquello por donde camina, donde vive. Lo más fácil es caer en la lucha diaria contra la ciudad, lucha que, por otro lado, se tiene perdida de antemano, supone luchar contra una abstracción en realidad. Por eso se debe, antes que nada, que encontrar esos puntos de encuentro que puedan hacer la vida, si no más sencilla, sí al menos más atractiva, porque incluso en lo peor se puede encontrar un atractivo; pueden pasar meses o años para hacerlo, pero al final uno lo acaba hallando, en sus recuerdos, en aquello que ha ido aprendiendo y recogiendo por el camino.
Puedo decir, aunque suene excesivo, que Lost in traslantion cambió de alguna manera mi vida por entonces; tras verla salieron de mí sentimientos y sensaciones que habían estado, durante los meses previos, agazapados en mi interior, y al hacerlo, todo tomo un cariz nuevo. La vida no cambió a mi alrededor y aún quedaba una breve temporada bastante dura que vivir, sin embargo, sí cambió el modo de afrontarlo, el humor con que hacerlo y recibirlo. Pasé de tomarme todo con gran gravedad a ser capaz de matizar cada acontecimiento; al fin y al cabo, nadie puede estar en constante lucha contra el mundo, porque la batalla se pierde de manera taxativa y uno queda, ya no sólo derrotado, si no completamente destrozado. Por todo lo anterior y mucho más siento una gran debilidad hacia la película de Sofia Coppola, la cual, además, considero una gran obra.
3En ella, como en pocas en el cine contemporáneo, se acerca a una sensibilidad muy actual pero, a la vez, eterna. Sofia Coppola elige hacerlo desde un punto de vista muy personal a través de un estilo que roza el minimalismo, donde las conversaciones tienen tanta importancia como aquello que se ve, así como la banda sonora, donde cada canción elegida viene no a contrapuntear o acompañar la imagen, si no a explicar y hacer más explícito aquello que los personajes sienten; la música de Kevin Shields, Death in Vegas, Phoenix, Brian Reitzell, My Bloody Valentine, Air o The Jesus & Mary Chain, entre otros, no están ahí por casualidad o por capricho. Las letras, en caso de tenerlas, o las melodías, son el perfecto reflejo de lo que ocurre en cada momento en escena o de lo que sienten los personajes. Del mismo modo, durante una secuencia, los dos personajes se encuentran en un karoake; Charlotte (Scarlett Johansson) canta Brass in pocket , de The pretenders, mientras que Bob (Bill Murray) interpreta (What's So Funny 'Bout) Peace, Love and Understanding escrita por Nick Lowe y, normalmente, interpretada por Elvis Costello, y More Than This, de Bryan Ferry; en las letras de las tres canciones se encuentran muchos datos sobre sus sentimientos, sobre la relación que se ha establecido entre ellos. Queda clara la importancia que Coppola da a la música, a su presencia en la película no sólo como acompañamiento, si no también como motor emocional, como complemento de aquello que se ve y de aquello que los personajes dicen. De alguna manera podría hablarse de una concepción de cine musical, donde la música surge, sea de modo diegético o extradiegético, para contraputear la realidad y hacerla cambiar.
Es posible que para muchos, las elecciones de Sofia Coppola no sean de su agrado. Hay quienes ven en su película un giro más sobre un tema muy trabado ya, como es el encuentro de dos extraños en una ciudad extranjera y su posterior separación, haya habido lo que haya habido entre medias. Y en cierto modo, así es. Pero lo cierto es que consigue hacerlo trabajando los elementos de una manera tan personal que queda algo grabado en cada imagen que es, de alguna manera, muy especial. Y, ante todo, actual. Hay en todas sus imágenes y el tratamiento que da a la puesta en escena una alta concepción de la sensibilidad actual, al menos de gran parte de ella. Por eso, aunque la acción se desarrolle en Tokio, uno no puede dejar de sentirse de alguna manera cercano a los dos personajes, a aquello que les ocurre y a lo que sienten; la diferencia de edad entre ellos ayuda, del mismo modo, a que cualquier espectador pueda acercarse a sus sentimientos, a los de él o a los de ella, o a los de ambos. Porque bajo el aliento de comedia que parece sustentar Lost in translation se encuentra, en realidad, una mirada melancólica, aunque no exenta de optimismo.

Las diferencias entre Charlotte y Bob son patentes: no sólo sexo, también edad, posición social, experiencia en la vida., sin embargo, ambos están perdidos. Cada uno por un motivo, pero lo están; aunque en ambos casos se encuentra, si no como raíz del asunto sí como motor del mismo, sus relaciones sentimentales. Ella porque está casada, como dice en un momento por teléfono, con un hombre al que no conoce y con quien se ha casado demasiado pronto; él porque se encuentra en Japón no sólo realizando varios cortos publicitarios (es un actor de renombre) si no porque en realidad está ahí huyendo de un matrimonio que se entiende, también vía telefónica, como problemático. Todo les acerca a la vez que les aleja. Aunque aquello que les acerca es mucho más importante que lo que les distancia. No hay, en esto, nada nuevo, como decía más arriba. Sin embargo, Sofia Coppola sabe jugar con lo convencional de manera extraordinaria adhiriendo a cada imagen de la película un toque personal.
4Tokio es otro personaje de la película; su presencia, como elemento extraño para los dos protagonistas, la convierten casi en sujeto antes que en objeto. Cuando una ciudad deja de ser mero decorado para influenciar de modo directo en sus habitantes, pasa a ser algo más que un compendio de calles y estructuras arquitectónicas, de masas humanas y carteles publicitarios, de acumulación de tráfico y paseantes erráticos. La ciudad acompaña desde su aparente quietud a los protagonistas e influye en sus sentimientos.
La extraña que produce Tokio en Charlotte y en Bob es completamente diferente. Mientras para Charlotte supone un nuevo mundo para descubrir, para Bob es la representación de la propia extrañeza que encuentra en su vida, en la relación con su esposa. En verdad, los extraños, son ellos consigo mismos y con quienes les rodean desde la presumible intimidad. De ahí que a Sofia Coppola le guste mostrarles deambulando, solos o juntos, por las calles de la ciudad o por los templos budistas, dejando que sus cuerpos se unan a la ciudad mientras la música, siempre perfectamente seleccionada, les acompaña para resaltar cada momento y su estado anímico. Hay un intento por su parte de crear dos espacios corporales, el que representan Charlotte y Bob, y el de la propia ciudad de Tokio. El paisaje de la ciudad es siempre excesivo. Abundan los grandes neones publicitarios y altos edificios. Siempre las calles están abarrotadas. Sin embargo, a través de ese estilo minimalista que Coppola da a cada imagen, todo parece perder peso ante la presencia de la pareja protagonista. Si Tokio es extraña para ellos, poco a poco, logran, con su amistad, imponerse a ella. Al fin y al cabo, en realidad, las ciudades son lo que son gracias a quienes las habitan, sea de modo permanente u ocasional. Es la presencia de una persona la que da sentido a un paisaje, aunque también sea éste quien complemente de algún modo su identidad.
Tanto Bob como Charlotte tienen problemas de identidad. Cada uno a su modo y con su problemática, por eso es importante que la busquen en la extrañeza, puesto que su intimidad es lo que les ha llevado a esa situación. Cuando todo lo que nos rodea es extraño, casi hostil, encontrarnos a nosotros mismos puede ser más sencillo, porque es necesario alzarse contra esa extrañeza u hostilidad, hacerla frente, y para ello uno tiene que asentarse en su persona, sacar lo que hay dentro de uno para poder enfrentarse a ese ambiente ajeno. Eso puede conllevar la reafirmación de la identidad, el reencontrarse con uno mismo. Pero también es posible el reconvertirse, el completar la identidad existente y modificarla gracias a la experiencia de estar en una ciudad ajena, extraña. En el caso de Charlotte y Bob, sin embargo, todo queda, al final, en un cierto suspenso. Sin embargo, en el desarrollo de la película, cuando deambulan por las calles de Tokio, van encontrando en cada paso que dan, en cada palabra que pronuncian y en cada aliento que expelen, algo que no tenían antes.

Sofia Coppola va creando, para ello, estampas con sentido propio, breves cuadros, de gran peso pictórico (también musical), donde priman los sentimientos que se proyectan. Coppola busca el impacto de cada imagen y de lo que en ella se desprende; para ello, por supuesto, tiene en cuenta aquello que se ha ido conociendo de los personajes (porque no si no el impacto emocional sería menor). Cada secuencia supone una experiencia en sí misma, como ver una sucesión de cuadros pictóricos independientes pero con una relación entre ellos, donde el conjunto tiene una importancia que no anula la que poseen individualmente. En este sentido el potencial narrativo se puede llegar a resentir, sin embargo, la historia, los personajes, adquieren otros matices. Las sensaciones se sobreponen a la narración o, mejor dicho, son ellas quienes crean ésta. Por eso la presencia de los actores, sus cuerpos, adquieren tanta relevancia como sus palabras, medidas en toda la película pero con gran importancia en todo aquello que dicen. Coppola reduce el contenido hablado para crear una experiencia visual de mayor peso, queriendo que sean los actores quienes lleven todo el entramado de la acción.
5Podría ser excesivo el hablar de película musical en el caso de Lost in traslantion. O puede que no tanto. Tan sólo una nueva forma, incipiente, de entender el género. Los actores cantan en un momento dado y aquello que cantan tiene un sentido dentro de la narración, sin embargo, no es ese el aspecto que podría situarla dentro del género, si no la importancia que la música tiene en cuanto a elemento que ayuda a que la narración avance. No es sólo un complemento, es también una presencia. A lo largo de estas páginas no será el único ejemplo en el cine contemporáneo donde la música y los cuerpos poseen más importancia que otros elementos de la narración tradicional. En Lost in translation no se baila. Los actores caminan o corren, van sentados o están de pie, y la música suena, y en esa relación es donde se crea el sentido coreográfico.
© Israel Paredes. Publicado originalmente como parte del libro "Imágenes del cuerpo", Asociación Cinéfila Re Bross, Cáceres, 2007, pp. 132-138.