En este dossier se ha hablado (o se hablará) de un considerable numero de películas que cuentan con la participación de figuras pertenecientes al mundo de la música, la mayoría de las veces fogueándose en el terreno de la banda sonora, un reto que los aparta momentáneamente de la composición de singles o LPs. Y aunque la música de Old Joy esté firmada por una banda a la que respeto y admiro como son Yo La Tengo, referente incontestable del indie norteamericano que ya se ha acercado al cine en otras ocasiones (échenle una oreja a The Sounds of The Sounds of Science, la banda sonora que idearon para los filmes subacuáticos de Jean Painlevé), en este caso lo que más interesa es la elección del co-protagonista de la película, Will Oldham, más conocido en sus labores discográficas como Bonnie "Prince" Billy.
Que un cantante y/o músico aparezca en la gran pantalla no es precisamente una novedad (¿acaso no fue Al Jolson quien desvirgó el cine sonoro en El Cantor de Jazz?), y ya a mediados de los cincuenta estaba perfectamente asumido que los artistas saltasen de los surcos de vinilo a los 35mm, ya fuera con títulos meramente promocionales (caso de Elvis) o con inquietudes ligeramente mayores, como Bobby Darin o Frank Sinatra (Johnny Cash también lo intentó ocasionalmente, aunque el legado más curioso que nos dejó en el cine fue Gospel Road: A Story of Jesus, biopic crístico con interludios de country y un guión firmado por el propio hombre de negro). A partir de ahí ha sido relativamente fácil ver a las mejores (o no) voces de su época dejándose caer por la pantalla con más o menos frecuencia, de David Bowie (en realidad, actor antes estrella del rock) a Justin Timberlake, pasando por Madonna, Roger Daltrey, Chris Isaak o PJ Harvey. La mayoría de las veces la presencia y el magnetismo del icono se impone a los méritos que pueda tener éste como interprete (yendo a favor o en contra del film según el caso), pero en ocasiones nos encontramos con músicos que desarrollan notables facultades en su faceta de actores, como Tom Waits o el propio Oldham.

Dueño de una discografía extrañamente seductora, amigo y colaborador de David Tibet (Current 93), Björk o Harmony Korine, hay algo en la economía expresiva de Will Oldham que siempre nos inquietará, como si los elementos más esenciales de su arte quedasen siempre fuera de campo, dándonos la sensación de encontrarnos frente a un hombre que, sin apenas inmutarse, aúna las poéticas de Bob Dylan y David Lynch. Y algo de ello transmite también Old Joy, casi como si el film fuera permeable al talante de Oldham. Podríamos así explicarnos (que no explicar) la emoción que nos provoca el instante en que Kurt, su personaje, se resquebraja a la luz del fuego intentando recomponer los fragmentos de la amistad que, pese a estar herida de extrañamiento, todavía lo une a Mark (Daniel London), apenas unos segundos de celuloide que valen por toda la filmografía de más de uno. Podríamos también comprender (que no entender) porque la película se cierra precisamente con él deambulando de noche y sin rumbo aparente por una ciudad, y no con cualquier otra acción igual de aparentemente aleatoria.
Y si nos acordamos de una de sus temas más celebrados, I See A Darkness (del álbum de mismo título), y de lo que se dice y se calla en esa canción, sabremos con certeza que al elegirlo para el papel Kelly Reichardt no estaba jugando al fan fatal, que no hay otro Kurt posible y que las causas que pueden llegar a unir el cine y la música son una verdadera danza en la oscuridad.