“Take this sinking boat and point it home. We’ve still got time”
Falling Slowly (Tema de la BSO de ‘Once’)
Reza un proverbio árabe: “Cuatro cosas hay que nunca vuelven más: una bala disparada, una palabra hablada, un tiempo pasado y una ocasión desaprovechada”. El cine se ha asomado muchas veces a las anodinas existencias de seres cuyas vidas se tambalean un día a golpe de azar y/o destino, tentándoles a aprovechar (o no) ocasiones que se antojan únicas, encrucijadas vitales que obligan a un doble mortal sin red y con los ojos vendados, cara o cruz, ahora o nunca, doble o nada, a sabiendas de que la tirana banca siempre lleva las de ganar. Lo hemos visto en la pantalla en títulos hermosos, vibrantes y muy dispares como Breve encuentro, Enamorarse, Los puentes de Madison, Antes del amanecer, Deseando amar o Lost in translation.
En esta línea se sitúa Once, última representante de esa estirpe de películas que surgen casi de la nada y llegan a las salas comerciales de puntillas, sin rostros conocidos en su reparto y con el simple reclamo de un comentario elogioso en alguna revista especializada o de un premio cosechado en algún festival independiente. Sucede que, a veces, estas películas se convierten en un pequeño milagro, alcanzando un éxito de dimensiones enormes en proporción a sus pequeñas pretensiones. Y sucede, incluso, que estas historias crean un vínculo emocional muy especial con los espectadores, quienes entran a formar parte de algo parecido a un club único y selecto: el de aquellos que descubrieron esa película, aquella tarde, en aquel cine, en aquella compañía. Once es una de estas pequeñas películas milagro: rodada en poco menos de 20 días y con poco más de 180.000 euros, el filme ha recaudado ya en todo el mundo casi 17 millones de dólares y se ha hecho, este año, con el Oscar a la mejor canción original, la magnífica "Falling slowly".

Once, escrita y dirigida por John Carney [1], está ambientada en Dublín pero lo que cuenta es tan universal que bien podría transcurrir en Madrid o Barcelona, en Roma, Nueva York o Buenos Aires. En ningún momento conocemos los nombres de sus protagonistas, lo que reafirma el sentimiento de que estamos ante una historia corriente, donde todo gira en torno a dos tipos corrientes. Él (Glen Hansard), músico callejero, vive de arreglar aspiradores en el negocio de su padre; ella (Marketá Irglová), inmigrante checa, (mal)vive vendiendo flores en las calles: allí se cruzan sus caminos y sus vidas, y allí descubren que tienen dos cosas en común: el amor, compartido, hacia la música y el desamor, también compartido, por culpa de sendas relaciones rotas, o casi.
Así que aquí manda la lírica de dos corazones solitarios que encuentran en la música un nexo de unión, un motivo para abrir las ventanas cada mañana, para reír, para soñar, para crear. Porque Once es un musical, sí, pero también una suerte de documental sobre el proceso de materialización de algo tan intangible como los sentimientos en algo más real, pero igual de intangible, como es una canción. Los temas que conforman el mapa sonoro de la cinta expresan los sentimientos de la pareja protagonista: son pequeñas instantáneas de sus almas, de sus rencores, de sus cicatrices, de sus anhelos, de sus esperanzas. Como la historia en la que se hilvanan, las canciones son tan efectivas como sencillas, hundiendo sus raíces en la música folk irlandesa y actualizándola como si se tratara de un juego de niños, emparentando con artistas indies más conocidos por el gran público como Jack Johnson o Ben Harper y con influencias asumidas de Van Morrison o Bob Dylan [2].

De la excelente banda sonora de Once hay dos canciones que brillan con luz propia, enmarcadas en dos momentos sublimes del filme que recogen su esencia misma: hablamos de "Falling slowly" y de "If you want me". La primera, compuesta por Hansard e Irglová, suena en una tienda de instrumentos musicales donde la chica acude a tocar regularmente el piano. Allí, él le enseña los acordes de la canción y ella se deja llevar, improvisando un sensacional dueto que transmite una emoción casi física: sus voces se complementan a la perfección, transmitiendo una complicidad que cruza la pantalla y que puede verse en la oscuridad del patio de butacas. La segunda se trata de una canción cuya autoría, en la realidad, al igual que en la ficción, corresponde a Irglová. Ella pone letra a una melodía que le regala el personaje interpretado por Hansard. Mientras compone, se queda sin pilas en el walkman. Baja a una tienda cercana y al salir a la calle, mientras la música suena en los auriculares, sólo para ella y el espectador (en un inteligente uso de la música diegética), ella comienza a cantarla, en voz alta, por primera vez. Carney sigue brillantemente el caminar de Irglová por la noche dublinesa mediante un travelling, consiguiendo un extraño momento de un mágico realismo cercano al cinema-verité (unas niñas, en el exterior de la tienda, se quedan embobadas mirando, primero, a cámara y luego a Irglová). En estos dos instantes fílmicos, algo nuevo nace: "Falling slowly", suena a dos voces, con guitarra y piano, desafiando la intención inicial de su creador y adquiriendo así una identidad propia, al igual que "If you want me", fruto de la unión de una melodía y una letra náufragas por separado.
Once es, también, uno de esos extraños casos donde el resultado final, magnífico, no depende tanto del talento de su creador como de las vicisitudes de la producción o de los caprichos del destino. Carney iba a usar las canciones de Hansard aunque, en un principio, el filme lo iba a protagonizar Cillian Murphy [3]. Visto el resultado final, nadie piensa que ‘Once’ hubiera sido lo mismo si no hubiera estado protagonizada por Glen Hansard e Marketá Irglová, quienes no sólo interpretan sino que son sus personajes, como pudo comprobarse en la última edición de los Oscar [4], donde ficción y realidad bailaron por una vez al mismo compás.
[1] Carney fue bajista del grupo irlandés The Frames entre 1991 y 1993, donde coincidió y entabló amistad con Glen Hansard, vocalista y guitarrista de la banda y protagonista de Once junto a la también músico y actriz amateur Marketá Irglová.
[2] Hansard canta "And the healing has begu", de Van Morrison, en la primera escena del filme. Además, Hansard e Irglova han versionado ‘You ain’t goin’ nowhere’, de Dylan, para el filme sobre el cantautor firmado por Todd Haynes ‘I’m not there’.
[3] Cillian Murphy había rodado dos filmes con John Carney: On the edge (2001) y Zonad (2003).
[4] La actuación de Hansard e Irglová en los Oscar en www.youtube.com/watch?v=87f5nj7cOjc