On connaît la chanson  (Alain Resnais, 1997)

Por Ismael Marinero

Cantad, cantad, malditos

Las apariencias engañan. On connaît la chanson puede parecer un musical más o menos tradicional, ligero, casi intrascendente si lo comparamos con otras películas de su director, el maestro Alain Resnais. Pero, como las máscaras que portan sus personajes, la ligereza de las canciones populares y los temas terrenales de los diálogos (acostumbrados a otras apuestas más arriesgadas del autor de Hiroshima mon amour), es apenas un disfraz, una audaz distracción perfectamente orquestada para armar un discurso demoledor sobre las apariencias y la necesidad e impotencia de las personas por mantener el control absoluto sobre lo que les sucede.

Respondiendo a un viejo deseo explicitado en La vie est un roman (1983) y, posteriormente, en Pas sur la bouche (2003), Resnais se aleja del estereotipado género musical utilizando una técnica innovadora (prestada del escritor inglés Dennis Potter, creador de The singing detective y Pennies for heaven), poniendo en labios de los personajes, mediante playback, estrofas y estribillos de canciones populares francesas que van desde el “J’m’en fous pas mal” de Edith Piaf al “J’aime les filles” de Jacques Dutronc. Las canciones son monólogos interiores de los personajes que interrumpen los diálogos normales, expresando mediante la letra sentimientos o reflexiones sobre lo que está sucediendo, sin número coreográfico asociado y sin que se detenga la acción. Esto crea situaciones cómicas (un nazi cantando “J’ai deux amours” con la voz femenina de Josephine Baker), emotivas (el personaje de Pierre Arditi entonando el “Je suis venu te dire que je m’en vais” cantada por Serge Gainsbourg) o ridículas (el hipocondríaco interpretado por Jean-Pierre Bacri recitando “Je suis malade” de Serge Dalma), plagadas de guiños y connotaciones que enriquecen la original propuesta.

Odile, Camille, Claude, Simon, Nicolas y Marc son seis personajes aparentemente estereotipados, la mayoría de ellos interpretados por la troupe habitual de Resnais (Azema, Arditi, Dussolier...). La intelectual incomprendida, un matrimonio en descomposición, el trabajador frustrado de una inmobiliaria, su mujeriego e insoportable jefe... Todos juntos conforman un entramado de relaciones tejido con mano cuidadosa e irónica, que refleja la sociedad actual (aunque la película sea del 98, su radiografía de las grandes miserias y pequeñas alegrías del ser humano es atemporal) y el estado de permanente insatisfacción de unos personajes empeñados en no descubrir sus auténticos deseos, tristezas o miedos. Cada uno de ellos tiene asociada una canción que repite con mayor o menor frecuencia, pero que le define en buena medida, como el “Résiste” de Odile o el “Nathalie” que canta Simon cada vez que piensa en Camille. La película va desgranando temas y situaciones como la mentira, la fidelidad y el control dentro de la pareja, las relaciones laborales, la ética del trabajo, el amor o la amistad, con una ligereza siempre presente que, sin embargo, no evita la carga sarcástica y crítica. Resnais va desnudando las verdaderas identidades de cada uno de ellos, les enfrenta a situaciones que rebasan sus límites y les hace despojarse de la máscara que impide verlos como realmente son.

El montaje, además del perfecto ensamblaje de las canciones con una coda orquestal que las completa, es extraordinario, y el portentoso talento visual y poético de Resnais se deja ver en los momentos de crisis de los personajes, secuencias como la del ataque de ansiedad de Camille, en la que se pierde el sentido de realidad. Se inaugura con un plano detalle de la mano de Camille posado en una barandilla, avanzando insegura  por la escalera de un restaurante, y la cámara va siguiendo el movimiento hasta que, por corte, la barandilla se ha convertido en la rama de un nudoso árbol sin hojas, y la escalera desemboca en un paisaje que remite a la tesis doctoral de Camille (“Los caballeros del lago Paladru en el año 1000”, tema insólito del que se mofa el director varias veces a lo largo de la película). La gran secuencia final, que ocupa casi un tercio del metraje, está salpicada por planos en transparencia de medusas, que anuncian los cambios que están a punto de producirse. En el gran y lujoso apartamento que supone el centro de varias tramas del guión confluyen todos los personajes y, a medida que avanza la velada, las apariencias se revelan falsas. Ninguno es como dice ser ni reconoce lo que siente. Por tanto, la única salida es expresarlo por medio de las canciones. En otro momento de crisis, Resnais presenta una secuencia de montaje de apenas medio minuto, que condensa los sentimientos de Odile al enterarse de que las preciosas vistas de su nuevo y flamante piso van a ser tapadas por la construcción de un edificio. La imagen de una grúa y el sonido de los martillos neumáticos se entremezclan con la imagen de un pulpo (otro extraño símbolo onírico puramente resnaisiano) y con el rostro angustiado de Odile gritando “¡qué horror!”. Son sólo dos detalles aislados dentro de una puesta en escena clásica, pero que revelan en buena medida el constante empeño del cineasta por encontrar nuevas vías de expresión cinematográfica sin renunciar a cierta linealidad.

En On connait la chançon, aparte de la indudable autoría de Resnais, se dejan ver las habilidosas manos de los guionistas/actores Agnès Jaoui y Jean-Pierra Bacri, que dos años después se pasarían a la  dirección con Para todos los gustos, heredera en buena medida de la cinta que nos ocupa. La estructura de la película, los temas tratados y algunos personajes guardan multitud de semejanzas con Coeurs (2006), el último largomtraje de Resnais recientemente estrenado en España, aunque el tono de esta última sea en apariencia más melancólico y sombrío. Pero no nos engañemos, On connait la chançon, además de un sentido homenaje a la chançon francesa y un atrevido y divertidísimo experimento narrativo, revela un poso amargo que aboca a sus personajes hacia la depresión, la insatisfacción y el engaño.