We´ll remember you forever, Eddie / Thru´ the sacrifice you made, we can´t believe the price you paid / For love. Éstas son las primeras estrofas de la canción que abre El fantasma del Paraíso, Goodbye Eddie goodbye. Una absoluta declaración de principios que sintetiza y avanza todo lo que veremos posteriormente. El tema trata del sacrificio de un cantante, el cual se suicida para que su disco pueda llegar al número uno en ventas y, así, que su hermana (Mary Louise) pueda operarse. Ésta, y no otra, es la auténtica esencia de la que está compuesta la película, subrayada al máximo por el genio de sus creadores, Brian de Palma y Paul Williams, ambos en absoluto estado de gracia: la necesidad de la música como una parte indeleble del cosmos vital, algo que proporciona identidad, ganas de existir o un concepto de la muerte que no es sino una forma de acceder a un estadio lírico de mayor significación (la posteridad).

Winslow Leach es un compositor atormentado, atormentando a la usanza del decadentismo decimonónico, un ser íntegramente dedicado a su labor al que únicamente le falta su complemento inspirador: la cantante Fenix, a quien no le importa ser una chica más en el coro si con ello puede cantar. Éstos dos seres simbolizan la pureza del Arte en su más diáfana expresión y ofrecen la visión más profunda y emotiva de lo que significa la dedicación hacia una disciplina que, más pronto que tarde, acaba convirtiéndose en el núcleo seminal de la existencia. El malvado de la función, sin embargo, es el falso profeta, el ser para el que la música únicamente es sinónimo de dinero y posición, un Mefisto capitalista para el que la inmortalidad asegura la conversión del Arte en un entramado mercantilista que se degenera a pasos agigantados. En el fondo, el enfrentamiento entre Winslow y Swan es el de dos maneras radicalmente opuestas de entender la música. Ya desde el comienzo del film, los Juicy Fruits (grupo apoyado por el magnate) está organizado con todos los elementos propios de una banda de estrellas del rock, al contrario que Winslow, quien prepara su audición únicamente acompañado por un piano y la fuerza de su música. Asimismo, el artista monta en cólera cuando se le insinúa que Juicy Fruits pueden cantar los temas por él compuestos, blandiendo un conato de oposición que se especificará posteriormente. Resulta curioso el hecho de que el mismo autor de la inmensa banda sonora original del film, el gran Paul Williams, incorpora a tan malvado personaje en lo que parece ser una actitud que posee una doble vertiente: por un lado, ofrecer un guiño cínico a su propia personalidad y prestigio como artista (dos años después ganaría el “Oscar” a la mejor canción por la composición de la hermosa balada Evergreen); y, por otro, una visión de los intersticios más sucios del mundo de las discográficas a las que, aunque de forma secundaria, el film agrede con una contundencia fuera de toda duda.
Pero, amén de ello, la fuerza de El fantasma del Paraíso reside en la sucesión de un conjunto de canciones (más que de números musicales, que no tiene) que plantean y condicionan las líneas argumentales. Es decir, no se trata de crear unas piezas que complementen la narración sino justamente lo contrario. En más de una ocasión parece que los derroteros de la historia se encuentren tan directamente dependientes de las canciones que han sonado con anterioridad que el conjunto del film no se puede entender sin ellas. Desde el comienzo entramos en una dimensión dominada por éste factor en el que la música tiene la potestad de subordinar todo cuanto se halla a su alrededor, tanto lo que respecta a las características psicológicas de sus personajes (si se puede hablar de psicología en unos seres que son pura abstracción alegórica), como en las mismas situaciones planteadas. Momentos tan poderosos como el Phantom´s Theme, en el que una bellísima balada expresa los más recónditos sentimientos del personaje protagonista, mediante un montaje y una selección de escenas que anticipan, con gran clarividencia, la estética del vídeoclip de los años ochenta, solo se puede entender como la única forma de mostrar éstas emociones y que, en otra tesitura, hubiera quedado desplazado por razón de la lógica construcción del guión o por una planificación que, al desvincularse de su referente musical, perdería toda su concepción poética. La fusión que, para el personaje de Winslow, existe entre la música y su amada Fénix (maravillosamente incorporada por la siempre deslumbrante Jessica Harper) queda, por consiguiente, consumada debido a la misma naturaleza de la película y plenamente asimilada e integrada en el espectador.

Más allá de una somera identificación, lo que el film transmite respecto al personaje protagonista no se vincula tanto en los avatares que le van sucediendo, sino en las distintas fases emocionales que adquiere y que tienen, como no podía ser de otra forma, su máximo grado expresivo en los temas musicales: unas primeras canciones que inciden en la soledad del artista que cultiva su talento aún a pesar de marginarse socialmente (Faust), unas piezas centrales en las que los sentimientos amorosos adquieren un absoluto protagonismo, emociones que se tiñen de desesperanza y desesperación romántica (el mencionado Phantom´s theme), y un grupo de momentos determinados en los que la rabia y los deseos de venganza toman el relevo a lo anterior, expuesto mediante piezas ya directamente vinculadas al rock (Somebody super like you, en relación a la “creación” del monstruo que Swan ha hecho respecto a Winslow) o al caos final en el que la música se convierte en un maremágnum de sonidos, que se relacionan con un Winslow agonizante y que únicamente dejan entrever pequeños momentos melódicos cuando se dirige hacia Fénix. Todo ello queda roto, drásticamente, al aparecer la decadente y exquisita canción que cierra la película, The hell of it, concluyendo la andadura vital del compositor con una eterna condena en un infierno que fusiona lo mítico y lo postmoderno, lo romántico y lo profundamente perverso. Es El fantasma del Paraíso el musical más importante del cine contemporáneo. Una obra maestra absoluta que debe todo su poder de fascinación tanto a la magistral labor de dirección de Brian de Palma (sin duda, la más lograda de toda su filmografía) como, sobretodo, al puñado de genialidades compuestas por Paul Williams.