Calles de fuego (Streets of Fire. Walter Hill, 1984)

Por Toni Junyet

Las estrellas también pierden

En el fecundo mundo de las etiquetas musicales, hoy en día, resulta francamente difícil hacer casar los conceptos del rock'n'roll como paisaje y como sonido, más que nada porque el término rock'n'roll ha sido reemplazado en el imaginario musical por un sinfín de vástagos híbridos: rock gótico, industrial, sinfónico y mil adjetivos hasta llegar al llamado post-rock. Ya en 1984, cuando 'Calles de fuego' se estrenó con el subtítulo "a rock'n'roll fable" su entonces emergente director, Walter Hill, daba en el clavo abriendo el filme con un aviso al espectador. Aquello que iba a verse en pantalla ocurría en "another time, another place.". En la ciudad secreta del rock que se gestaría en el inconsciente colectivo de los que, como Hill, fueron niños y adolescentes en la mojigata Norteamérica de los 50. Allí donde, por más que se insistiera en la necesidad de apuntalar los valores morales y estar preparados para combatir el comunismo, a la juventud nada le importaba gran cosa, a parte de las chicas, los coches y las peleas. O, mejor dicho, les aburría tanto todo que, ante aquella cárcel familiar de la rectitud y la corrección, fue preciso rebelarse e instaurar un orden alternativo en las calles. A ritmo de rock'n'roll.

En las mismas notas de producción de la película, Walter Hill ya prefigura que la película es pura recreación de su mitología juvenil, una mixtura de elementos que eran "fabulosos entonces y por los que todavía siento gran aprecio: coches de época, besarse en la lluvia, neón, trenes en la noche, persecuciones a toda velocidad, estruendo, estrellas del rock, motocicletas, chistes en situaciones duras, chaquetas de cuero y cuestiones de honor". Toda una declaración de intenciones que se puede emparentar fácilmente con el ejercicio de estilo metareferencial que Quentin Tarantino serviría, por partida doble, 20 años después con su 'Kill Bill'.

foto

El Chicago ricamente coloreado por el que viaja a toda velocidad nuestro héroe, Tom Cody (Michael Paré), es un decorado consciente, que no pretende en modo alguno dar verosimilitud a una ciudad convertida en parque de atracciones de las causas perdidas en el que brilla con luz propia, en su regreso al hogar, la estrella del rock Ellen Aim (Diane Lane), a su vez exnovia de Tom. Diane Lane nunca estuvo más bella y nunca volverá a estarlo, por más que Adrian Lyne hiciera de su cuerpo desnudo la premisa básica de su último filme hasta la fecha (Infiel, 2002). Ellen es el verdadero centro de este infierno de lluvia y neón por el que vale la pena vivir, el complemento imprescindible de todo rebelde que se precie, y el puente entre dos mundos: el universo nostálgico del rock como evasión y el de los mitos de usar y tirar que la MTV inauguraba justo entonces. Los nuevos ídolos: bellos, falaces y efímeros; como Britney Spears, que de dulce vírgen calientabraguetas de América ha pasado a ser una inadaptada ejemplar.

Pero a Walter Hill no le interesa reflejar el ocaso de nadie. Su película no niega que, como decía Nacho Vegas, "las cosas buenas mueren bajo el sol" y, de hecho, el tema que abre la película, "Nowhere fast", ya alude a la dimensión volátil de todo gran proyecto amoroso: "There's nothin' wrong with goin' nowhere, baby / But we should be goin' nowhere fast". A ese precepto se acoge Raven (Willem Dafoe), el apolíneo villano que secuestra a Ellen para poseerla, en el sentido más alto y espiritual que puede tener el término poseer, si es que ustedes quieren considerar alto el hecho de secuestrar a una mujer. Raven no la viola, quizá porque no le da tiempo, pero es explícito en sus intenciones. Nada de crear un hijo pródigo a lo Ze do Caixao, nada de un amor para toda la vida en un castillo cyberpunk, ni siquiera es el dinero el factor evangelizador de su cruzada. Raven sólo quiere, según sus propias palabras, que Ellen sea su novia una semana o así y luego si te he visto no me acuerdo. Unos cuantos polvos trascendentes y apasionados le bastarán.

foto

Y al final, la gran derrotada de esta historia es, precisamente, aquella que ha podido permitirse mirar desde una tarima a miles de adolescentes enloquecidos y extasiados. Resulta que Ellen es la única que busca el amor -el resto sólo quieren divertirse-, a la vez que sabe perfectamente que ella misma es infiel a la masa que la adora, y así se lo hace saber en un momento de la película a una fan , al decirle que ella se limita a cantar canciones que escriben otros.

Calles de fuego, como las mejores canciones de rock'n'roll, es una celebración a ritmo endiablado de todo lo que hay de fugaz, violento, mágico, emocionante, intenso y trágico en ser joven. Es una película sobre el embrujo ritual que sobre nosotros pueden ejercer esos hombres y mujeres que alternan aullidos y susurros sobre los escenarios. Es un sueño húmedo que no precisa de final feliz. Todos los conciertos tienen que acabarse: por eso Tom Cody prefiere irse antes de los bises.