The Commitments (Alan Parker, 1991)

Por Israel Paredes

Entre el dolor y la nada (I)

Uno de los aspectos más llamativos de Dublín reside en como al desplazarse hacia el este de la ciudad uno se va introduciendo progresivamente y casi sin darse en cuenta en un lugar diferente. Toda ciudad posee diferentes barrios donde las condiciones sociales se hacen obvias con un simple vistazo, pero nunca antes ni después había visto algo tan brusco como en Dublín. De una parte central más cuidada, limpia, sin duda alguna dirigida a una mirada turística, se pasa a una donde los edificios presentan el color del hormigón sin apenas haberse tomado demasiadas molestias en darles un mejor aspecto; la basura no se acumula sino que se expande creando un paisaje tan desolador como homogéneo; por las calles, la gente camina con cierta desidia y los más jóvenes demuestran ya en su comportamiento que eso llamado hogar no es demasiado feliz en su caso; se ven madres en exceso jóvenes que han visto que su vida ha quedado ya truncada, pero también otras menos jóvenes que no son sino el reflejo de lo que serán las otras; trabajadores o parados que acuden a pubs lo más rápido posible para ahogar sus penas e iglesias que acogen a quienes, la gran mayoría, intentan encontrar en la religión una salida.

Sin embargo, había vida.

The Commitments siempre ha sido una película por la que he sentido una especial debilidad; pero tras visitar Dublín, esa simpatía aumentó considerablemente. Si mis primeras impresiones ante la película de Alan Parker fueron buenas, y eso que es un cineasta por el que no siento demasiado interés en general, una vez que pensé en ella mientras recorría las calles de Dublín y, poco después, revisándola, esas impresiones se acrecentaron, se complementaron. Lo mismo que en un momento me había interesado adquirió otros matices, sentí que en sus imágenes había mucho más que aquello que a primera vista puede sugerir. No es Parker un gran estilista, pero en esta película logró dar una visión bastante precisa a la realidad en su retrato de una ciudad y su gente.

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La música nos puede ayudar a soñar en muchos sentidos. Para los protagonistas de The Commitments el sueño estriba, como en tantos otros, en poder usar la música para salir de una realidad gris, alejarse de una cotidianidad de pobreza y, en muchos casos, sin aliciente alguno. Sobre el escenario se sienten libres, al menos alejado de aquello que, después, deben de visitar una y otra vez, esto es, la vida que les ha tocado vivir. Hay quien entre ellos sueña con ser famoso, pero eso es en verdad lo de menos; lo que importa es la posibilidad de usar la música para comunicarse con los demás y con uno mismo, sacar lo mejor que se lleva dentro y demostrar que parado o no, madre o padre, pobre o menos pobre, cuando las notas se disparan y el público disfruta, entonces, se consigue algo que por un momento les acerca a algo tan difuso como es el término de felicidad.

Alan Parker sabe jugar con el paisaje tanto urbano como humano para ir confiriendo a la película una tonalidad gris que, sin embargo, acaba contrastando a la perfección con esas ansias de los jóvenes del grupo por crear, por hacer algo diferente. Y lo logran. La pena es que, en ocasiones, los sueños, musicales o no, acaban dándose de bruces con la realidad. La hostia puede ser dura, pero algo queda de la experiencia. Quizá la enseñanza que incluso en un marco grisáceo se puede hacer algo por uno mismo y por los demás. Que aunque no se logre esa convención social denominada éxito, sí se puede haber conseguido algo a nivel personal que ayude a seguir hacia delante. Porque la música enseña a ser libres. No quizá ante los demás, pero sí con uno mismo. Y eso es a la larga lo que acaba dando sentido a la vida.