The Doors (Oliver Stone, 1991)

Por José Ramón García Chillerón

Oliver & Jim

El cine del norteamericano Oliver Stone está profundamente imbuido por la historia reciente de su país. Por tanto, hemos de contemplar su obra como una de las más personales y documentadas visiones, desgraciadamente también es de las más partidistas, deformadas y efectistas, que ha producido la ficción cinematográfica yanqui sobre los hechos más relevantes acaecidos durante el último medio siglo en la vida política y social de los  EEUU. Sobre todos los acontecimientos históricos retratados por la inquieta cámara de Stone destaca La Guerra de Vietnam, en la que participó como soldado y que se ha convertido en una de sus más claras obsesiones. Stone no sólo ha facturado una trilogía exclusivamente centrada en uno de los conflictos bélicos más cruentos e injustificados de la historia del mundo occidental [1], sino que buena parte de su filmografía está enmarcada en un contexto, la década de los 60 en USA, muy favorable para la representación, aunque sea de manera tangencial, de las revueltas socio-políticas producidas como consecuencia de una guerra que dejó tremendamente malherida la autoestima y la confianza del pueblo estadounidense [2]. De hecho, si exceptuamos el desafortunado prólogo que remite a un traumático episodio de la infancia de Morrison [3], The Doors, la película, centra su acción entre 1965 y 1971, los años que van desde la formación de la banda en los tiempos de estudiantes en la UCLA hasta la muerte de Jim Morrison (1943-1971) en París.

 La original propuesta musical de The Doors se fundamentaba en la perfecta simbiosis del poder visionario que envolvía las sugerentes letras del iluminado Morrison, convertido en profeta y mártir del rock lisérgico, con la hipnótica densidad sonora aportada por la combinación instrumental de los psicodélicos teclados de Ray Manzarek (1939), la melódica guitarra de Robby Krieger (1946) y los ecos jazzisticos de la batería de John Densmore (1944). Durante su breve, apenas un lustro, pero muy prolífica carrera The Doors entraron en seis ocasiones al estudio para facturar media docena de LP´s que hoy son considerados auténticos clásicos indiscutibles de la música popular. Los discos más reconocidos de la banda son The Doors (1966-67), inmejorable álbum de debut que incluye temas míticos de su repertorio como “Break on Through”, “Light my Fire” y “The End” ; y L.A Woman (1971), absoluta obra maestra que cierra su discografía con un sorprendente giro del sonido de la banda hacia las raíces del Blues y el Rythm & Blues. Sin embargo, no hay que menospreciar trabajos como Strange Days (1967), con potentes hits como “Love me Two Times” y “Moonlight Drive”, sin olvidar “When the Music´s Over”, uno de los temas largos más épicos del grupo y una de las mejores letras jamás escritas por Morrison;  y Morrison Hotel (1970), donde The Doors retoman el nervio rockero de sus inicios en poderosos tracks como  “Roadhouse Blues”y “Maggie M´Gill”, una de mis canciones preferidas de la banda. Por otra parte, Waiting for the Sun (1968), a mi juicio su disco menos conseguido del que quizá sólo salvaría la furiosa energía de “Five to One”; y The Soft Parade (1969), otro álbum flojo con demasiadas composiciones del meloso Krieger, quedan muy por debajo del nivel de la banda.

Oliver Stone filma el camino de exceso que fue la vida de Morrison con tal fascinación por el personaje biografiado que consigue transferir su pasión a cada uno de los fotogramas de su película. Es evidente que Stone, director superstar que pretende ser un artista tan narcisista, polémico y excesivo como lo fue Morrison, ve en el autor de An American Prayer una suerte de alter-ego idealizado. El cineasta envuelve al cantante en una aureola mitológica [4] que se ve potenciada por la alucinada visión del ambiente absolutamente irreal en el que transcurre su existencia. El estilo grandilocuente e hiperbólico de Stone, por lo general bastante insoportable, va como anillo al dedo para crear esa atmósfera entre eterna pesadilla y freak show que intoxica la caída a los infiernos de Jim Morrison. The Doors, el film, no es uno de esos sosos y convencionales biopics made in Hollywood, sino una traslación al celuloide de una de esas kilométricas y abigarradas canciones que mutaban en cada uno de los conciertos de  The Doors, el grupo. Además de, claro está, otro capítulo de la historia americana según Oliver Stone.

[1] La que componen Platoon (1986), donde relataba sus propias experiencias como soldado y que se alzó con el Oscar a la mejor película y al mejor director; Nacido el cuatro de julio (Born on the Fourth of July, 1988), biopic basado en el libro autobiográfico del activista Ron Kovic que volvió a reportarle el Oscar como mejor director; y El cielo y la tierra (Heaven & Earth, 1993), donde el director relata el conflicto y sus repercusiones a través de la mirada de una joven vietnamita que se casa con un marine y se traslada a los EEUU. 

[2] Aunque la Guerra de Vietnam no sea el tema principal aparecerá referenciada explícitamente en The Doors (1991), JFK, caso abierto (JFK, 1991) y Nixon (1995). Además, parece que el fantasma del conflicto sobrevuela, de una u otra manera, la mayor parte de la filmografía de Stone.

[3] Donde el cineasta nos muestra el accidente que, al parecer, llevó al pequeño Morrison a asociar de manera obsesiva la figura de un anciano indio con la muerte. Stone trata de justificar así uno de los mayores defectos de la película, esto es, la utilización extenuante del viejo navajo como zafia metáfora de la inminente muerte del líder de The Doors. 

[4] Absolutamente explicita en un plano donde aparecen superpuestos el rostro de Morrison y un busto del dios griego Dioniso.