The Rocky Horror Picture Show (Jim Sharman, 1975)

Por Magdalena Navarro

El musical 2.0

They came from Denton’s high to Superstar’s. Ése era el título que inicialmente el polifacético artista Richard O’ Brien tenía pensado ponerle a aquella fantasía exuberante y desquiciada que le rondaba la cabeza desde hacía tiempo. Corría la década de los setenta, y el West End de Londres efervescía con las representaciones teatrales de Jesucristo Superstar y Hair; era el lugar y el momento adecuados para que O’Brien, que acababa de llegar de Australia, donde su familia tenía un negocio de ovejas queseras, destilara su pasión por las películas de ciencia ficción de serie B en una historia que acabaría cuajando en un musical, y ese musical, en una película. Y esa película, en el objeto de culto que es hoy en día The Rocky Horror Picture Show.

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Hablar de la importancia de la música en un musical es casi una perogrullada; pero en el caso de The Rocky Horror Picture Show puede que no lo sea. Sus números cantados, compuestos íntegramente por O’Brien, no sólo tienen un indiscutible valor musical por sí mismos, sino que jugaron un papel decisivo a la hora de abrirle camino a la cinta en los circuitos de distribución estadounidenses. Porque a pesar del éxito cosechado en los teatros de Londres y California en 1974, la película, rodada en apenas seis semanas y estrenada un año más tarde, se estrelló estrepitosamente. Los responsables de marketing de la productora, la Twentieth Century Fox, no sabían qué hacer, hasta que uno de ellos, Tim Deegan, constató que, a pesar de que muy poca gente iba al cine a ver la película, siempre se trataba de las mismas personas. Personas que conocían los números musicales de memoria, y que repetían día sí y día también en el cine. Constatar el inmenso poder de subyugación de la película sobre unos pocos fue vital para redefinir su estrategia de promoción: no se podía vender The Rocky Horror Picture Show como un musical cualquiera. Tenía que plantearse casi como un concierto; como un evento en que la música fuera el principal gancho, y donde el espectador no era en absoluto un receptor pasivo, sino que recuperaba los privilegios que tenía el público en la época de Shakespeare, y tenía derecho a interactuar con la representación. A cantar, a increpar y a celebrar lo que estaba sucediendo en pantalla.

Y la estrategia surtió efecto. Seis meses después, en abril de 1976, se estrenaba de nuevo la película, en un pequeño teatro neoyorkino, con la banda sonora caldeando el ambiente antes de la proyección. Corrió la voz de que The Rocky Horror Picture Show era un musical nada convencional, y que no se veía; se vivía. Poco a poco, los incondicionales de la película acabaron generando un discurso propio que se retroalimentaba a sí mismo con cada visionado. Cantar las canciones y bailar el famoso Time Warp  fue el primer paso; pero luego se establecieron unas respuestas para unas frases determinadas de la película, y más tarde, llegaron las bolsitas con las pistolas de agua, el arroz y demás parafernalia necesaria para reproducir las escenas más célebres desde la butaca. Todos estos elementos se acabaron consagrando en una liturgia de la recepción de la película, forjada de manera colectiva, propagada por el boca a boca y alimentada por un revisionado periódico.

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La película es generosa en ese sentido: por su carácter bizarro y su trama trufada de fetiches, tanto cinematográficos como musicales, The Rocky Horror Picture Show es un fetiche en sí misma, y quiere serlo. La historia del científico Frank n’ Furter ( un espléndido Tim Curry interpreta el papel de este Doctor Frankenstein de insaciable libido y controvertidos gustos) es la historia de un hombre que sueña, precisamente, con Fay Wray, y con esas heroínas de la R.K.O de melena ondulada y vestidos de satén. Pero no sólo sueña: quiere vivir su sueño. Quiere ser Fay Wray, y quiere convivir con los alienígenas, aunque eso implique travestirse y vivir de manera poco ortodoxa. El mensaje de la película, reflejado a la perfección en el número musical Rose tint my World, es claro: sea cual sea tu pasión, políticamente correcta o no, vívela. No importa lo que piensen los demás. Do what thou wilt, como decía Aleister Crowley. Lo altamente subversivo del mensaje cuadra a la perfección con el carácter de los números musicales, que por sí solos ya constituyen un valioso tributo al rock más clásico: Hot Patootie, que en la película está interpretada por el músico Meat Loaf (vestido como un trasunto de Elvis), es el ejemplo perfecto. El culto a un icono, así como la mitomanía que genera el concepto de estrella de rock encaja muy bien con la reflexión sobre el disfrute de los fetiches que propone la película.