Escuela de rock (The School of Rock. Richard Linklater, 2003)

Por Sergio Vargas

Salvando almas

Es imposible que sea objetivo con Escuela de rock, así que mala suerte, no lo seré. Las razones, simples y personales, que es lo que tiene la subjetividad. Siempre me ha gustado dar clases de matemáticas, aunque ya no lo haga, y siempre me ha gustado tocar la guitarra, y por suerte esto lo conservo. Siempre me ha gustado la música, con debilidad por todas y cada una de las vertientes del rock. Y aunque las clases que daba eran de geometría, algebra o cálculo (que las matemáticas, como el rock, también tienen sus disciplinas), siempre se podían introducir subliminalmente palabras como Black Sabbath, Jimi Hendrix o Frank Zappa. Cuando mis alumnos abandonaban de una vez por todas y para siempre a Sergio Dalma por los Ramones o a las Spice Girls por las Girlschool,para mí era casi más satisfactorio que cuando aprobaban sus correspondientes exámenes. Tal vez era convertirlos en ovejas negras, pero alejadas del redil de las radiofórmulas, y en el fondo, sin exagerar, salvar sus almas, y eso resultaba muy gratificante. Sobre todo si te pagaban por ello.

Es imposible para mí, pues, no sentirme un poco identificado con Dewey Finn, el personaje a quien da vida el excelente actor cómico Jack Black (aunque una vez un drogadicto que vendía en el parque artículos robados en el hipercor me dijo que a quien me parecía era “un poco al que hacía los punteos chungos de Los Panchos y otro poco al cantante de Status Quo”), que ya me ganó para siempre con su papelón en la sobresaliente Alta fidelidad. Músico frustrado y holgazán que ve en peligro su vida de cuento a expensas de la bondad del infeliz de su compañero de piso cada vez más vampirizado por una novia de las que llevan con correa, se ve obligado a suplantar a este como profesor al mando de una recua de niños, pijos a la fuerza, sin haber dado una clase en su vida. Pronto descubre las aptitudes musicales de los jóvenes durante la interpretación que realizan del concierto de Aranjuez en la clase de música. Su desternillante arqueo de cejas se puede leer entre líneas como: “No está mal, pero aquí hay mucho talento que reconducir”. Desde aquí, secuencia tras secuencia la película crece a pasos de gigante alimentándose de carcajadas y sonrisas cómplices, y de la mano del rock lleva al espectador a que presencie todo un acontecimiento, desde su casual génesis hasta su brillante desenlace: a Finn no se le ocurre otra cosa que montar una banda con los chavales (un proyecto de fin de curso) para participar en la competición de la que se vió desterrado al ser expulsado de su anterior banda, que le sustituyó por un guitarrista con mejor aspecto.

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Así, mientras los alumnos aprenden a trabajar en equipo y a divertirse diseñando el vestuario o el logotipo de la banda, la arquitectura del sonido y de las luces, estudiando la batería del mítico 2112, los solos de teclado de diez minutos de Yes o las melodías que Hendrix me temo que solo pudo conseguir mediante un pacto con el diablo, el propio Finn, y con él el espectador, se van encariñando con los pequeños rockeros, aunque aún no sepan que lo son. La película tiene una fluidez que asusta, las tramas paralelas (el compañero de piso y su “ama” poniendo las cosas difíciles, la directora del centro convertida en un obstáculo más y Finn consiguiendo que relaje un poco y saque fuera a la Stevie Nicks que lleva dentro) se integran en perfecta armonía con la melodía principal, la del proyecto escolar, formando un canon ejemplar. Y si llevamos a la música de una mano, de la otra llevamos a Jack Black, un frontman de lujo que se come la película en cada plano en que aparece, o sea, en casi todos. Son inolvidables sus lecciones de historia del rock o de cómo tocar todos los instrumentos (intercaladas en brillante montaje mientras suena Bonzo goes to Bitsburg), sus canciones improvisadas ante una clase entregada y ansiosa por aprender o sus discursos enfervorecidos destinados a educar no solo musical sino también cívicamente, pero con un civismo muy peculiar.

Al margen de que sea cierto, que lo es, todo lo que se dice de que la película revierte tópicos, y de su irreverencia, acidez y sarcasmo, ante todo Escuela de rock es una auténtica catársis para cualquier buen aficionado a la música donde podremos gritar el Inmigrant Song (es inevitable no gritarla) subidos en una furgoneta escolar repleta de pequeños vikingos camino de su particular “valhalla”, cantar con Bowie, AC/DC, Fleetwood Mac o T. Rex mientras los protagonistas y su música luchan contra “The Man” (referido, aunque no sea dicho con estas palabras, al hijoputismo imperante en la sociedad actual, aquí afortunadamente en off, ese que tan bien representado queda en películas como Los canallas duermen en paz o la reciente Pozos de ambición, y que aún así no puede superar lo que vemos día a día en la prensa o la televisión, máxime en periodo pre-electoral, y menos aún a lo que a veces vemos ante nuestras propias narices),reir con las ocurrencias de un profesor por accidente que llega “tan hondo” a sus alumnos que poco falta para que los padres le linchen ahorrándonos así el llanto de emoción con la memorable actuación final. Películas como esta son las que le levantan a uno el ánimo durante una buena temporada. Gritar, cantar, reír, emocionarse de verdad. ¿Acaso se puede pedir más cuando el hijoputismo apenas nos deja un segundo de respiro?