"Lo que es cierto en la música lo es también en la vida: que la belleza revela todo, porque no expresa nada"
Esa fue una de las premisas sobre las que se fundamentó uno de los movimientos musicales más explosivos y kamikazes del pasado siglo, el glam rock. Frente al espíritu de protesta y reivindicación de la generación hippy se alzaba una nueva y escandalosa voz que propugnaba el interés propio frente a la colectivo, rendía culto a la diversidad sexual y hacía del lujo y la extravagancia una nueva forma de expresión. No más vestidos de flores y pantalones de campana. El glam introducía una imagen andrógina, ambigua, que se tradujo en mallas ajustadas, zapatos de plataforma y buenas dosis de maquillaje en los que no faltaba la purpurina. En realidad, todo se reducía a una cuestión de estilo, de apariencia y, por supuesto, de exceso.
Por supuesto el glam no dejaba de ser una pose, pero contradictoriamente a lo que pudiera parecer fue uno de los movimientos más honestos que ha desarrollado la cultura musical de nuestro tiempo. "El rock and roll es una prostituta. La música es la máscara y yo, para ejercer la profesión, me visto de seda". Así se define el protagonista de Velvet Goldmine, la película con la que Todd Haynes revisitó una etapa fundamental en su formación como artista y a la que quería homenajear intentando capturar su verdadero espíritu.
El resultado es una obra mucho más reflexiva y sombría de lo que cabría esperar, una fascinante aproximación a los sueños y la manera en cómo estos se desintegran con el paso del tiempo a medida que se acumulan las decepciones y los fracasos. Por eso, el film se inicia en los sombríos ochenta, años en EEUU dominados por el conservadurismo, la represión y el miedo al SIDA, años en los que definitivamente el glitter daba paso al traje de chaqueta azul oscuro, al uniforme de oficinista y agente bursátil. A un periodista, Arthur (Christian Bale), se le encarga investigar sobre un cantante británico que desapareció misteriosamente años atrás. De esta forma, el buceo en los acontecimientos que marcaron el pasado de una olvidada estrella del rock se convertirán en un tiempo revivido para Arhtur, quien se verá obligado a rescatar del olvido su propia memoria, aquella que creía haber sepultado para siempre.
Todd Haynes construye así una narración bicéfala que bascula entre dos relatos que se superponen y contaminan uno a otro hasta fundirse en uno sólo. Por un lado tenemos la reconstrucción de la vida de Brian Slade (Jonhnatan Rhys Meyer), erigido como icono glam, y su proceso de ascenso y autodestrucción dentro de la industria discográfica, es decir, el nacimiento y desintegración de una estrella del pop. Por el otro, y surcando en paralelo nos encontramos la evocación vivencial de la etapa de juventud de Arthur, el descubrimiento de su sexualidad, su entusiasmo al sentirse identificado con la música y la actitud de Brian Slade hasta desembocar en su definitiva pérdida de la inocencia a través del desengaño.
"Toda historia necesita varias versiones". Lo cierto es que la mayor parte de las películas de Haynes tienen un carácter impresionista. El relato se va completando a través de retazos aislados que buscan en su conjunto reconstruir la realidad de una manera subjetiva. Para ello Haynes compone un abanico multidimensional de perspectivas que abarcan distintas voces, distintas experiencias y por supuesto distintos formatos (diario íntimo en voz en off, entrevistas, imágenes y periódicos de archivo.) todo ello dentro de un proceso de recuperación de la memoria perdida, escindida en miles de pedazos y que no sabemos a ciencia cierta si se puede llegar a recuperar, aunque a través de un collage de miradas podamos hacernos una idea aproximada. Supongo que sería algo así como si a nosotros se nos hubiera olvidado algún acontecimiento de nuestra propia vida y alguien que estuvo en ese momento junto a nosotros se encargara de recordárnoslo. De esta forma ese instante lo estaríamos viendo con los ojos de esa persona, filtrándolo a través de sus recuerdos. La cuestión que plantea Velvet Goldmine es que resulta finalmente imposible recomponer la esencia de una persona a través de la mirada de los demás, porque inevitablemente queda descompuesta ya que en ningún momento nos acercamos a él desde su propia subjetividad. Por eso, al final, Brian Slade no deja de ser una abstracción, como tantos y tantos artistas a los que admiramos desde la distancia pero que no son al fin y al cabo más que reflejos de nuestras ilusiones.
A pesar de que en su momento fue muy comentada su similitud estructural con el Ciudadano Kane de Orson Welles (en ese viaje en busca de la verdad) así como se subrayaban las referencias más que evidentes que vinculaban la descripción del personaje de Brian Slade con el de David Bowie y el de Curt Wilde (Ewan McGregor) con Iggy Pop (la película está repleta de guiños por todas partes y anécdotas más o menos confesas), nunca fueron estas las cuestiones que me interesaron de Velvet Goldmine. Realmente nunca llegué a identificar a Brian Slade con el duque blanco a pesar del mimetismo que por momentos parece existir entre ambas figuras. Si lo hubiera hecho, quizás me hubiera sentido ofendida como le ocurrió en su momento a muchos de los fans de Bowie, ya que Brian Slade es definido como un egocéntrico, un egoísta obsesionado por el éxito dispuesto a conseguirlo a cualquier precio y un auténtico vampiro emocional que utiliza a las personas a su conveniencia para luego dejarlas abandonadas y hundidas. Así que prefiero descontextualizar y ver a Slade de manera independiente, como a un cantante inexistente del que seguramente compraría sus discos sin importarme lo detestable que pudiera ser en su vida privada. "Dame una máscara y te diré la verdad"
Al fin y al cabo los artistas no nos venden otra cosa que sueños. El glam al menos no ocultaba su idiosincrasia, como tampoco lo hizo el punk y más tarde el grunge.
Sin embargo, aunque intente restarle importancia a la identificación Bowie- Slade, Bowie sí se la dio y, en consecuencia, se negó a ceder los derechos para la película de sus canciones. Esto provocó que se tuviera que componer algunos temas inéditos que simularan ser una especie de sucedáneos de los éxitos de la época. Por ejemplo, Sudder to think se encargó de dos canciones, Hot Ones y The Ballad of Maxwell Demon (un evidente trasunto de Ziggy Stardust) y Grant Lee Buffalo de The whole Shebang. Tres hits instantáneos y ultrapegadizos que podrían haber arrasado perfectamente durante los años setenta. El resto son versiones (Roxy Music, Brian Eno, Iggy Pop.) cuya coordinación corrió a cargo de Michael Stipe de REM. Para su (re)interpretación se reunió a dos superbandas (mecanismo que Haynes ha vuelto a poner en práctica en su última película, I´m not there) con nombres esenciales de la música contemporánea. Tras la etiqueta de Wylde Rattz se agruparon integrantes de Mudhoney, The Stooges, Sonic Youth, Minutemen y Gumball. La otra banda diseñada para la ocasión fue Venus In Furs, el grupo que supuestamente acompañaba a Brian Slade en sus conciertos; bajo este nombre se escondía nada más y nada menos que Tom Yorke y Jon Greenwood de Radiohead, Andy McKay de Roxy Music, Bernard Butler de Suede y Paul Klimbe de Grant Lee Buffalo. Si a eso le añadimos que los integrantes de Placebo además de participar en la banda sonora actuaban en la película, se completa todo un mosaico referencial que culmina con la presencia en los créditos musicales del grupo Pulp (precisamente el personaje de Jack Fairy fue inicialmente concebido para su cantante Jarvis Cocker).
Cada canción está escogida para calzar perfectamente dentro de la historia, ayudando a perfilar muchos de los acontecimientos tan sólo sugeridos. Incluso llega a convertirse en narrativa en muchas ocasiones, como cuando suena Lady Tron de Roxy Music y Brian le canta a Mandy (Tony Collete) mientras intenta seducirla: "encontraré la forma de conectar contigo/ disimulando mis intenciones/ y luego me acercaré a ti/ te utilizaré/ y confundiré/ y te abandonaré/ pero seguirás sin sospechar de mí"
Haynes encaja todas las piezas del puzle que maneja y no sólo realiza un impecable recorrido musical, sino también histórico, retratando toda una época y tomándole su pulso desde la distancia, que es como mejor y con más perspectiva se ven las cosas. Como nostálgicamente dice Curt Wilde al final del film, "Quisimos cambiar el mundo, pero sólo cambiamos nosotros"