21 (Blackjack) (Robert Luketic, 2007)

Por Sergio Vargas

Vivir para contarlas

Esporádicamente hacen acto de presencia en las carteleras películas que tratan el tema del juego como una de las piezas claves en la historia. Un tema que, no voy a negarlo, me entusiasma como ludófilo (que no ludópata) confeso. Antes que esta 21 (Blackjack) los últimos ejemplos recientes que recuerdo con agrado son Apostando al límite (Two for the Money, DJ Caruso, 2005), que nos presentaba a un asesor de apuestas para gente rica y predispuesta al empleo de matones (pobre Mathew McConaghey, que las pasaba putas), sin olvidar, unos años antes, la muy interesante Rounders (John Dahl, 1998) que tengo que revisitar con urgencia ahora que, instigado por los García-Pelayo, me he aficionado al Poker “Texas Hold'em”. En otras ocasiones el juego existe pero es un mero accesorio que proporciona algún aditivo a la trama como en el último Bond, Casino Royale (Martin Campbell, 2006), donde los protagonistas también jugaban al “Texas”, un pequeño divertimento que sirve de alivio momentáneo, muchas veces cómico, como ocurre en casi todo el cine de Takeshi Kitano, o simplemente constituye el entorno donde se desarrolla la historia, caso de filmes como Casino (Martin Scorsese, 1995) o Ocean's Eleven (Steven Soderbergh, 2001). El cine un poco más clásico cuenta también con numerosos ejemplos entre los que me gustaría destacar a Bob le flambeur (Jean Pierre Melville, 1955), con un aroma muy distinto al de las arriba citadas siendo que en ella se refleja con un especial desencanto la figura del jugador, algo que la podría emparentar con un título reciente como es la brillante 13 (Tzameti, Gela Babluani, 2005), donde el núcleo del filme no dejaba de ser un juego “de azar”, por macabro que este fuese, y en la que todos terminaban perdiendo. No ocurre así, en cualquier caso, en la primera incursión de Robert Luketic — Una rubia muy legal (Legally Blonde, 2001), La madre del novio (Monster in Law, 2005) fuera de los límites de la comedia, ya que lo que 21 nos cuenta nace de la verdadera historia de unos jóvenes recién iniciados en la veintena que se ganaron (y prácticamente se solucionaron) la vida durante un tiempo razonable contando cartas en las mesas de blackjack de los casinos de Las Vegas, y es precisamente el tema central de la película la manera en que Ben Campbell —Jim Sturgess, al que vimos recientemente en Across the Universe (Julie Taymor, 2007)— se convierte en un “contador” y cómo le cambia la vida este hecho, pero, salvando algún pequeño susto, para bien.

En el blackjack (una versión americana de las siete y media, con bastante más glamour, todo hay que decirlo; puede que incluso sea al revés, y sean las siete y media una versión española del blackjack), es posible ganar a la banca del casino con ayuda de una estrategia básica (que cualquiera puede aprender y que consiste en unas reglas que hay que respetar a rajatabla sobre cuando pedir carta y cuando plantarse en función de la carta visible de la banca; también sobre cuando “doblar” y cuando “abrirse”, pero no quiero entrar en tecnicismos, que luego me entra el mono) y, ahora viene la parte difícil y no accesible a cualquiera, contando las cartas que van apareciendo en la mesa, eso que se le daba tan bien a Dustin Hoffman en Rain Man (Barry Levinson, 1988). Cuando hay un excedente de cartas altas (figuras y ases) en la baraja pendientes de mostrarse, se dice que la mesa está “caliente” y en esos momentos hay que jugar fuertes cantidades de dinero, pues probabilísticamente el jugador ganará más manos que la banca. Por el contrario, cuando se han jugado más cartas altas, la mesa se “enfría” y hay que bajar las apuestas al mínimo hasta que la mesa se caliente otra vez, ya que la banca (de nuevo probabilísticamente hablando) ganará más manos que el jugador. Esto que sobre el papel parece sencillo, y que podemos saber con certeza si contamos las cartas (+1 cuando aparece una carta baja, 0 con las intermedias, y -1 cuando se muestra una alta; es decir, cuanto más alta sea la cuenta más se ha de “endurecer” el juego en cuanto a fichas), es enormemente complicado de llevar a la práctica ya que, en primer lugar, el juego en los casinos es bastante veloz lo que provoca que con facilidad se pueda perder la cuenta poniendo en peligro el parné, y, en segundo lugar, el jugador está rodeado de continuas distracciones que dificultan la tarea (por ejemplo ancianas aficionadas al marie brizard que te preguntan qué método utilizas y a las que te dan ganas de responder que un híbrido entre Tchebytchev y Lobachevsky, pero a las que finalmente mencionas que te sirves de la intuición, no vayan a ser entendidas y se den cuenta de que las vacilas). En definitiva, contar las cartas requiere muchas horas de dedicación y esfuerzo, y por eso al protagonista le cambia totalmente la existencia desde el momento en que el profesor Micky Rosa (Kevin Spacey) le introduce en el negocio que tiene montado con otros cuatro alumnos con ciertas aptitudes (el “favorito”, candidato número uno a entrar en conflicto con el protagonista, la chica más atractiva del instituto, candidata número uno a entrar en la cama con el protagonista, y un par de orientales, que tienen fama de ser buenos con los números). A raíz de esto, Campbell deja de lado a sus amigos de siempre, miente a su madre, se desentiende de los libros de ciencias para empollarse el manual del contador ("Beat the Dealer", de Edward O'Thorp) y en general va cumpliendo uno a uno todos los tópicos que se suelen atribuir a ludópatas, yonquis o, más en general, a todo tipo de adictos. Ah, se me olvidaba uno, también abandona su trabajo.

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La gracia de este planteamiento está en que a cambio de estas concesiones, su vida no se convierte en un infierno (el camino más socorrido por otras narraciones más tortuosas), sino que comienza a ganar importantes sumas de dinero (cincuenta mil dólares por fin de semana, pongamos), frecuenta hoteles de lujo, se encama con la protagonista, y por supuesto, su mente privilegiada le convierte en un excelente contador de cartas desde el primer momento, lo que le proporciona cierto status de comodidad y lujo que le ayuda a compensar las pérdidas no económicas citadas arriba.

El guión nos introduce de forma hábil y sencilla en este interesante mundillo donde el juego deja de ser una diversión en manos del azar para transformarse en una tarea de precisión mecánica, y poco a poco va incluyendo los elementos que darán cuerpo a la historia (los jefes de seguridad del casino, con un correcto Lawrence Fishburne a la cabeza), las cosas que no le cuenta Micky al principio (contar cartas es legal, sin embargo les proporciona documentación falsa) y el progresivo endurecimiento de dicho personaje, que pasa del colegueo y el peloteo inicial al «No somos amigos, esto es un negocio» y al cabreo (y sus consecuencias) ante la inevitable primera pájara del protagonista. La puesta en escena resulta discreta (sobre todo si pensamos en películas como algunas de las citadas anteriormente), pero también funcional, siendo el principal problema de la película la bondad y la blandura con que se narra todo, pues nunca se tiene la sensación de un peligro real que se cierna sobre los protagonistas, y eso viendo como las gastan el Pesci de Casino, los gángsters de Kitano o los jugadores de El poker de la muerte (5 Card Stud, Henry Hathaway, 1968), pues deja a 21 un poquito malparada.

En cualquier caso, si obviamos estos detalles y evaluamos la carencia de pretensiones, descubriremos una película simpática y entretenida, y seguramente más disfrutable por el público adolescente o los aficionados al juego, algunos de los cuales se lamentarán de no haber vivido en tiempos mejores, cuando todavía no se habían inventado esas condenadas máquinas automáticas para barajar, hoy ya presentes en cualquier casino decente, que hacen imposible o más bien inútil la tarea de ponerse a contar ya que las cartas vuelven a integrarse junto con el resto de los seis mazos en cada nueva mano, devolviendo la cuenta a un temible 0 que deja todo en manos del azar, que a su vez deja todo en manos de la banca. Eso sí, no deja de ser divertido y emocionante echar unas manitas de vez en cuando, siempre y cuando uno sea consciente de que lo más probable es que lo pierda todo...