Chantaje (Mike Barker, 2008)

Por Alicia Albares

Víctimas del viraje vital y argumental

Está claro que el propio Mike Barker, director de esta película, sabe bien que está elaborando un producto condenado a ser olvidado, pues sigue la tendencia de fundirse en la amalgama informe de thrillers de sus mismas cualidades, difíciles de distinguir entre sí por su evidente falta de originalidad. Esta consciencia se hace patente cuando empieza a revelarse el contenido de la cinta, que pretende resultar novedoso y sorprendente pero que, en sus desesperados intentos por conseguirlo, desvela desde los primeros minutos de metraje que algún gato hay encerrado. Por tanto, la evidencia que manifiesta la historia que nos cuenta coloca al proyecto en una situación bastante crítica: mucho talento tendría que manifestar el director de A good woman (2004) para hacer de Chantaje una película necesaria y capaz de aportar algo nuevo al género al que se adscribe. No obstante y sabiendo la escasa trascendencia real que promete su trabajo, Barker no se rinde y procura ponerse al frente del proyecto con corrección y modesta soltura. Y es de alabar su resolución, pues consigue que mantengamos la atención casi constantemente (a pesar de momentos prescindibles que no hacen avanzar la acción), logrando hacer entretenida una construcción artesanal de piezas y ensamblaje más que vistos hoy en día.

Porque, como ya hemos apuntado, la película podría haberse definido a sí misma desde esa intención empática con el espectador, consiguiendo mantenerle fiel a lo largo del metraje, usando esas frenéticas horas que atraviesan los protagonistas como herramienta catártica cuya eficacia ha sido muchas veces demostrada en la historia del cine, sin necesidad de añadirle más ingredientes de relleno. Esa sencillez de planteamiento habría otorgado al producto una honestidad digna de elogio, pues la película hubiera jugado sus cartas sin más pretensiones que quisieran gritarle al espectador que hay algo que no encaja en los personajes que nos hace conocer. Pero, en su ansia de buscar la sorpresa y de lograr que su público se maraville con los supuestamente novedosos recovecos de la historia, Barker acaba consiguiendo el efecto contrario: la secuencia inicial, en la que se nos presenta al matrimonio Randall en su día a día perfecto junto a su encantadora niña Sophie, se esfuerza en resultar tan exquisitamente falta de ninguna tara, de ningún roce, que acaba pareciendo artificial y maniquea. También provoca esta sensación la aparición del personaje que interpreta Pierce Brosnan, Tom Ryan (en un plano interesante por su brusquedad, que logra su propósito), cuya sangre fría y hieratismo extento de emoción alguna retrata a un personaje tan seco como poco interesante, adscrito al tópico desde el primer momento y cuya posterior humanización resulta tramposa e incoherente. Y este es sin duda el fallo fundamental de una película que quiere hacer de sus giros el reclamo básico y busca en ellos una peculiaridad que no existe, una diferenciación carente de peso. Con tanto mimo prepara Barker a su espectador para recibir los virajes argumentales que consigue que la resolución del filme resulte inconsistente, revelando unos cimientos tan poco creíbles como típicos, que no se corresponden en ningún momento con el sadismo y tensión con los que ha ido tratando a los protagonistas a lo largo de la película. La historia requería un final más trascendente, prometía una dimensión que acaba siendo frustrada por un desenlace torpe y endeble.

foto

Acosado por un cierto miedo a refugiarse bajo el ala de otras películas cuya presencia, ya sea por la mayor originalidad de su libreto o por el buen hacer de su realizador, han significado algo en la evolución actual del subgénero de secuestro-rescate, se nota que Barker no admite sus referentes. La necesidad de asombrar quiere compensar su puesta en escena convencional, y, aunque pretenda evitarlo, se hace inevitable la sombra de clásicos modernos como Frenético (Frantic, 1988) de Polanski o la más que decente aunque menor Rescate (Ransom, 1996) de Ron Howard. La tensión sin tregua que elabora la primera y los hábiles giros de la historia que plantea la segunda son, sin duda, fuente de alimentación del libreto de Chantaje.

Y no se comprende este alejamiento de cualquier intención nostálgica en la realización y estilo del filme de Barker, pues una obra como esta, a pesar de no haber conseguido aportar novedades, podría haber funcionado como una película homenaje al gran Hitchcock, del que sin duda ha recibido su principal aliento vital.

Desgraciadamente, el verdadero mérito de este filme es su moderada duración, perfecta para su género y que le ayuda en su capacidad de entretener, que no he pretendido discutir aquí. Es apta para pasar el rato y capaz de lograr una cierta identificación del espectador con los personajes, que se desmoronará cuando el argumento vaya girando en sus intrincados y frágiles laberintos.