Como locos a por el oro (Andy Tennant, 2008)

Por Joaquín Vallet

Hace cuatro años se producía el estreno de una magnífica película que sabía combinar, como pocas, el ritmo acelerado de cualquier film de aventuras que se precie de serlo con un contenido trabajado e ingenioso, casi se podría decir que impropio de la situación que se vive actualmente en el cine estadounidense. El film en cuestión era La búsqueda, un espléndido entretenimiento conducido con gran pulso por Jon Turteltaub y una película determinante para que, este año, se haya estrenado esta solemne insensatez titulada Como locos… a por el oro. Porque la base argumental es, básicamente, la misma: la indagación del paradero de un tesoro (no nacional, sino transportado por un barco español en el S. XVIII), los avatares para conseguirlo y los múltiples pretendientes que están dispuestos a ser los primeros en encontrarlo, pese a quien pese. La película ya no tiene nada más. El hecho es que, no nos engañemos, ésta es una historia que, a poco que se lleve a imágenes con un mínimo de oficio, puede ofrecer un film razonablemente entretenido. A todos, de hecho, nos gusta recordar momentos de nuestra infancia en los que la búsqueda de tesoros míticos copaban nuestra atención e incentivaban la imaginación. No obstante, el gran escollo que encontramos al ver Como locos… a por el oro es que algo trascendental falla para que la película deje de funcionar casi de inmediato y nos veamos abocados al tedio más insoportable.

Y ello no está provocado por un solo detalle, sino por la suma de una ingente cantidad de los mismos. Primero que nada, el tono de comedia desenfadada que la película pretende ofrecer no funciona en absoluto. Y no funciona porque el acartonamiento de los personajes se convierte en un lastre difícil de salvar. No existe el más nimio resquicio de imaginación en la construcción de los protagonistas; ni en lo que respecta a sus señas de identidad como personajes, ni mucho menos a la relación existente entre ellos. Por el contrario, el lamentable guión en el que se basa el film explota hasta la saciedad ideas manidas (el divorcio, el protagonismo implícito del sexo, la estupidez de la hija del multimillonario,…) a las que no se les da un enfoque diferente u original sencillamente porque no interesa. Porque resulta más cómodo transitar por senderos conocidos, por muy trillados que éstos se encuentren, que intentar hacer un pequeño ejercicio de imaginación y construír una estructura que se desvincule o, como mínimo, que ofrezca una nueva dimensión de los mismos.

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Por otra parte, la dirección de Andy Tennant tampoco ofrece aspectos reseñables que logren salvar la función. Se trata de un trabajo rutinario, hecho sin ganas ni interés, limitándose a filmar lo que se sitúa delante del objetivo de la cámara sin que haya una preocupación por concebir una puesta en escena que delate creatividad. Amén de ello, el ritmo que la película alcanza (sobretodo en su tercio final) resulta verdaderamente agónico. Aburrida, sin que las situaciones que acontecen interesen lo más mínimo, temiendo (ya desde un principio) el tópico final con el que el film concluirá y sin que los antagonistas alcancen la suficiente entidad como para garantizar la atención, Como locos… a por el oro desfila ante nuestros ojos como un producto de mercado, manufacturado teniendo en cuenta el nombre de sus protagonistas (que, en teoría, garantizan los resultados en taquilla) y las necesidades de un modelo de espectador que esté más pendiente de las palomitas, los refrescos o el reposavasos que de lo que se exhibe ante sus ojos a veinticuatro fotogramas por segundo.

Quizá esta mediocre película pudiera haberse situado a un nivel parejo al alcanzado por la ya citada La búsqueda. Sin embargo, si en aquella jamás se perdía de vista la dignidad del espectáculo de masas, aquí se deja de lado dicho concepto y únicamente se atiende a lograr un rédito económico a expensas de ofrecer lo mínimo.