La edad de la ignorancia (Denys Arcand, 2007)

Por Antoni Peris

Packette, packetta

Hace años el ahora olvidado Danny Kaye se desconectaba, al ritmo del "packette, packetta", de su anodina cotidianeidad en La vida secreta de Walter Mitty. Era la muy políticamente correcta fuga de un personaje de recepción familiar que se evadía de su mediocridad mediante sueños de heroísmo, en el salvaje Oeste, en los Mares del Sur o frente a peligrosos gangsters, que le permitían arriesgarse y salvar a su amada heroína, Virginia Mayo. El objetivo de Jean Marc Leblanc, protagonista de La edad de la ignorancia, es evadirse de su atribulada existencia para disfrutar del sexo, la fama y la gloria en una serie de ensoñaciones que le alejan de una realidad muy prosaica, sintiéndose transportado a diversos escenarios que le permitan disfrutar de la transmisión de una imagen de triunfador ante quien se rinden stars rubias de senos prominentes o periodistas dispuestas a bajarse las bragas y abrirse de piernas. Objetivos, sin duda, muy alejados de los soñados por Walter Mitty.

Dennys Arcand juega a las sagas. Aunque el argumento no tenga continuidad vincula, a nivel de título, El declive del imperio americano (1986), la cinta que le dio fama internacional, con Las invasiones bárbaras (2003), su título más mediático y, ahora, La edad de la ignorancia (La edad de las tinieblas, 2007). En cierto modo la temática argumental se repite, reflejando la insatisfacción y la frustración del ejemplar quebequés de macho burgués ante una vida que no le otorga los fastos y la satisfacción que anhelaba conseguir tras una carrera profesional completa. Leblanc tiene plaza de funcionario, una casa en propiedad, una mujer que triunfa en su ámbito profesional y dos hijas. Sin embargo, se siente derrotado. La imposibilidad de solucionar problemas de sus usuarios le provocan hastío., su casa le empequeñece y su familia le ignora. Para rematar la jugada, el estado, las normas represivas y la corrección política le asfixian (si la escena en que una patrulla policial busca fumadores furtivos no basta, le sigue una hilarante escena en que varios funcionarios recuerdan a Leblanc la eliminación mediante las leyes de las expresiones negro y enano, a las que él responde mediante una fuga mental basada en el Kill Bill de Tarantino).

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Arcand juega durante algo más de media hora sus bazas de modo harto divertido. Las fugas repetidas de Leblanc con la diva o los encuentros sexuales, con esquemas siempre repetidos, con la periodista, funcionan por acumulación y también por contraste con las penas de sus interlocutores (el minusválido que perdió las piernas en un accidente en que una farola fue derribada y cuyo precio pretende cobrarle el municipio es un buen ejemplo). No obstante, como sucedía en Las invasiones bárbaras, la estrategia se desgasta un tanto por agotamiento. En la enésima ensoñación, aunque divertida, el espectador pide algo más de la intimidad de Leblanc, de su historia o de su relación de pareja, que Arcand no sabe o no puede dar. Queda claro que todas las noticias de radio o prensa hablan de catástrofes y sucesos, es evidente que las hijas de Leblanc le ignoran mediante unos omnipresentes Ipod que les aíslan de su padre, está claro que las calamidades de sus usuarios van en aumento; pero al final el acúmulo se antoja un recurso insuficiente. Habrá que esperar al último tercio de la cinta para encontrar una inflexión de guión. De este modo, Leblanc queda sorprendido (y el espectador también) cuando uno de los sueños no se cumple adecuadamente. Cuando Leblanc atiende junto a la actriz la entrevista con el popular presentador Bernard Pívot al que fuera un programa de culto de la intelectualidad francesa, se encuentran con que el programa ha desparecido de la programación gala y sólo aparecen en la versión "quebequois" que es seguida por un montón de leñadores ataviados con barba y camisa a cuadros. Arcand lanza entonces a Leblanc a una fuga en el mundo real que pasa por una serie de citas de siete minutos, a cual más patética y a la selección de una aristócrata de ínfulas medievales que le arrastra a una justa caballeresca de la que sale más derrotado que triunfador. Las ensoñaciones de Walter Mitty se han hecho realidad sin precisar el "packette, packetta" pero no bastan para aliviar sus penas.

Después de caer en lo anecdótico, Arcand consigue evitar lo dogmático (alejándose del almíbar que malograba un tanto el final de Las invasiones bárbaras) y se acerca a una cotidianeidad trascendente, llevando la trama a un drama contenido. Leblanc, derrotado en sueños, no podrá huir más y deberá enfrentarse a su realidad, a su pareja y a sí mismo. Pese a la amargura que satura las desoladoras imágenes de la residencia en que yace su madre, Leblanc consigue una catarsis que no tuvo en sueños y decide asumir su vida sin falsas aventuras. Allá dónde la desmesura de los sentimientos frenaba su bárbara aventura, Arcand contiene su discursivo afán de denuncia hacia los siete puntos cardinales y modera su mirada que vuelve, honesta y humildemente, hacia el relato de un hombre solo.