Hacen falta 300 años para decidir si se puede compartir una barca con alguien. Hacen falta 3000 años para saber si se puede compartir la almohada con una pareja. Frente a estos proverbios chinos, Wayne Wang se queda con 1000 años de oraciónn … a medio camino de todas partes. El cine de Wang es un cine tranquilo, con brotes ocasionales de alegría en medio de un canto nostálgico. Sus mejores obras, Smoke (1995) y La caja china (1997), tienen estas características. En este sentido 1000 años… sigue la norma.
La historia del anciano chino que, tras enviudar, decide dejar el país milenario para acercarse a su hija, residente en los USA, tiene mucho de la nostalgia que caracterizaba las cintas referidas. Allá dónde William Hurt arrastraba el dolor de la pérdida y dónde Jeremy Irons buscaba en el amor la continuación de un mundo en extinción, el anciano señor Shi (protagonizado por Henry O, ganador de la Concha a la mejor interpretación en San Sebastián) busca en su hija el complemento al vacío que le invade. Sin embargo, no encuentra sino un vacío aun mayor. La hija, parcialmente occidentalizada, no está receptiva a su llegada dado que interfiere con su vida. Será el propio Shi quien, con un pragmatismo digno del Auggie de Smoke, empiece a buscarse la vida. Tras plantear, sucintamente, que la comida que hace su hija puede orientarse a sus gustos tradicionales. (“¿así se cocina en América?”, pregunta en una de las silenciosas cenas que comparten), decide comprar un wok para mantener el sabor oriental.

Wang seguirá la trayectoria del personaje con tantas elipsis como sutileza y construye una nueva obra sobre el desarraigo muy coherente con las obras mencionadas. Parece que el autor se desenvuelve mucho mejor en las tramas más simples que en las narraciones más complejas, y más tópicas, como En cualquier otra parte y Sucedió en Manhattan. Así recoge con sutileza la inocente relación de Shi con otra desarraigada, una iraní que huyó de la locura religiosa de su país. Como él, como su propia hija, oculta un doloroso pasado y un presente limitado. Los desarraigados tienen un espacio difícil en la tierra de la gran promesa y son apartados a residencias de ancianos dónde subsisten discretamente. La sutileza es la base del puñado de planos o secuencias que sirven a Wang para definir el personaje. La mirada atenta, perseverantemente curiosa, a todo aquello que para él es novedad: el vecino que juega al golf en su pequeño jardín, los anuncios en las calles. La mirada púdica, apartada de la chica en bikini que habla con él con toda espontaneidad. Si el Sr Shi no puede encontrar su espacio en el Noroeste americano no es por su culpa sino por la actitud de una hija que le vive como un intruso (un conflicto también presente en Smoke), tal vez por que ella aun se considera intrusa en ese país. No es ninguna casualidad que su clandestina relación sea con otro desarraigado. La trama se arrastra con una lasitud algo excesiva. Tanto que al final, el conflicto entre los dos personajes parece fuera de lugar, impostado. Al fin y al cabo, no importan los motivos (aparentes) del rechazo de la hija hacia el padre, como la situación de fondo. Si la situación de ella es vivida por él como inmoral, ella le acusa de la misma culpa. Un giro argumental, rebatido (¿por una verdad o por una fabulación, por una nueva mentira?) en la siguiente secuencia. No hay en el tono de 1000 años de oración cabida para un giro dramático. Posiblemente no era necesario por que la mirada tranquila de Wang ya había exhibido el conflicto en un tono oriental, silencioso. Y por que, como la última escena confirma, Wang ya deja claro que toma partido por el anciano que parece asumir con madurez y naturalidad su situación. El desarraigo es, según Wang, mayor para aquellos que pretenden no notarlo que para los que viven, perpetuamente, en él.