Conociendo el target de público de una película como Rastro oculto (Untraceable, Gregory Hoblit, 2007), podríamos aventurarnos a plantear un curioso "what if…". El objetivo del juego sería tomar una copia del film dirigido con sobriedad por Gregory Hoblit y plantarla en una sala de arte y ensayo —término ya en desuso, pero seguro que sois inteligentes y entendéis lo que pretendo afirmar—, intercambiándola por otra copia de una película de Michael Haneke, pongamos por ejemplo, Funny Games (Michael Haneke, 1997). Así, yo no creo que la recepción fuera muy diferente en ambos casos: por un lado, la generación multisalas posiblemente no se sentiría interesada por el no-thriller (sic) del austríaco, cuya lentitud y demora expositiva jugaría en contra de su presunta profundidad de discurso, y chocaría con la avidez consumista de un público que requiere imágenes impactantes, carrusel de fotogramas y un mensaje directo y concreto, sin dobles lecturas que puedan diluirse en la frágil psique de la audiencia. Por otro lado, podemos imaginarnos al público de la otra sala, situándose intelectualmente por encima del correcto trabajo de Hoblit, pudiéndose adelantar a su propio desarrollo, desgranando sus convenciones y sus estereotipos, previendo su apoteosis final, e incluso tachándolo de ser un arma conservadora que nos advierte sobre las peligros de las nuevas tecnologías y de la impunidad con que éstas puedan llegar a utilizarse. Para algunos, por tanto, la película sería una experiencia aburrida y demasiado abstracta como para sacar algo en claro, mientras que para otros se trataría de un producto de reciclaje sin mucho interés y tan evidente que funcionaría casi mejor como una comedia involuntaria.
No obstante, si volviéramos a la homeostasis de la distribución, las cosas se pondrían en su sitio: el público masivo degustaría Rastro oculto posiblemente atraído por la simpleza de su desarrollo, por sus trabajadas secuencias de acción, porque no renuncia a las escenas "fuertes" visualizadas de forma explícita, e incluso porque le permite no solo disfrutar de un rato agradable sino "pensar" sobre ciertas cuestiones morales que afectan a su realidad cotidiana. Por otro lado, los connaisseurs se enfrentarían a Funny Games orgullosos del envite preparado por Haneke, atraídos por su carácter imprevisible, por la ausencia de motivación en sus asesinos, por sus prolongados planos que permiten elaborar densas meditaciones metafílmicas, y también por la violación de su propia gramática, capaz de concederle una pátina más de reflexión a la experiencia.

Así pues, ¿qué diferencia a una película de otra? Pues bastante poco, acaso lo que las distingue estriba en nuestros propios esquemas cinematográficos, en nuestra renuncia a aceptar según qué códigos que creemos perjudican al resultado final; en nuestra negativa a consentir un producto que necesita de una vasija segura para poder denunciar un cierto "estado de las cosas". Al fin y al cabo, tanto Rastro oculto como Funny Games revelan la progresiva banalización de la violencia a través de la desdramatización que hacen de la misma los nuevos conductos de información. Ambas se postulan como sendos ejercicios de cine-ensayo —sui generis, sí—, tajantes panegíricos neoconservadores que apelan directamente al espectador, buscando provocarlo en su propio terreno. La diferencia, pues, podría radicar en que una toma como base toda una tradición del thriller "made in Hollywood" que va desde El silencio de los corderos (The Silence of the Lambs. Jonathan Demme, 1991) hasta la saga Saw, y la otra adopta una visión cínica y prejuzgada de esos mismos patrones para denunciarlo. O quizás que una pretende reutilizar unos códigos para facilitar la comprensión de un mensaje, mientras que la otra se hace pasar por algo más inteligente de lo que realmente es.
Y que conste que a mí personalmente me parecen las dos igual de discretas, una por ser en el fondo un film temeroso, reprimido e hipócrita, y la otra porque desperdicia de manera alarmante un material de partida muy candente, limitándose a sus propias restricciones. Eso sí, si he de elegir entre ambas me quedo con Rastro oculto, porque sale Diane Lane, una de las mujeres más hermosas, magnéticas y naturales de todo el panorama cinematográfico contemporáneo. Así de simples, así de frívolos.