El término slacker hace referencia a lo que en castellano podríamos denominar comúnmente, y simplificando algo el término, como antisistema, uno de los motivos recurrentes en la películas de Richard Linklater (Escuela de rock, A Scanner Darkly, Waking Life…). En esta película el slacker encajaría perfectamente en la figura del autoestopista que viene del funeral de su padrastro y que no trabaja "para no construir su muerte poco a poco". El filme, que edita ahora Avalon incluido en la colección de la filmoteca FNAC, se abre con un personaje interpretado por el propio director contándole su sueño a un taxista. En su monólogo, expone un par de interesantes planteamientos por los que parece que podría ir encaminada la película; por un lado la importancia de las decisiones que tomamos (o no) que puede determinar de forma completamente opuesta el curso de nuestras vidas (algo que se intentó ejemplificar por ejemplo en Dos vidas en un instante de Peter Howitt), y el hecho de poder vivir una de estas vidas paralelas durante el sueño y la otra en la vigilia (esto lo contó también H.G. Wells en su magnífico relato “Un sueño de Armaggedon”), y aunque después la película no toma ninguna de estas vías (aunque la intención se puede aproximar a la primera), elige una curiosa y experimental forma de narración (que no original pues ya fue utilizada por Max Ophüls en La ronda, por ejemplo) que nos proporciona una divertida comedia algo más que coral, siguiendo a cada personaje o grupo de ellos durante un breve tiempo, hasta que se cruza con alguien más interesante (o no) para seguir a este nuevo individuo. Así, transcurre poco más de un día (salvo contadas elipsis todo sucede en tiempo real), donde a través de breves suspiros de tiempo de una disparatada galería de personajes (un viejo anarquista con ganas de imitar a Guy Fawkes, un estudioso del asesinato de Kennedy —conspiración, claro está—, unos teorizantes sobre series como Scooby Doo o Los pitufos y su forma de manipular a los infantes, una yonki —y si no lo es lo parece— que vende citologías de Madonna, etc…) construye un improvisto telar humano dotado de gran autenticidad, que deja a cada personaje un poco más allá de donde lo encuentra, en ocasiones habiendo tomado una decisión que, al fin y al cabo, ha podido cambiar el rumbo de su existencia, pero eso es algo que no sabremos porque la cámara, como la ronda de la vida, no para de girar y de moverse a por otro incauto habitante de la ciudad de Austin (Texas).
Antes de que Steve Carell engendrase a un personaje tan mítico como Michael Scott en la grandiosa telecomedia The Office de la NBC americana, que estos días reanuda su cuarta temporada tras la finalización de la huelga de guionistas de Hollywood, esa oficina que lidera, y ese peculiar jefe que personifica ya existieron en la BBC inglesa cuatro años antes, allá por 2001 y hasta 2002, con otros rostros y otros nombres, pero, aunque parezca increíble igualarlo, el espíritu de la serie es el mismo en esta versión primigenia y el humor que supura igual de cabestro o más que en la versión americana. Cameo nos brinda ahora la oportunidad de disfrutar como enanos con las dos temporadas completas, más un DVD plagado de extras que incluye los dos capítulos adicionales que se emitieron como especiales de Navidad. Para el que no conozca ni una ni otra, la serie se desarrolla en una oficina de una empresa proveedora de productos de papelería, con un novedoso formato (en lo que a teleseries se refiere) de falsísimo documental donde hemos de suponer que la cámara del documentalista al que nunca escuchamos registra todo lo que puede (y si no le dejan cruzar una puerta en una reunión privada lo vemos a traves de los cristales), intercalándose este material con entrevistas a los protagonistas sobre su día a día en la oficina o dejando que estos actúen a sus anchas siendo conscientes de su presencia, y a veces registrando cosas a sus espaldas que, de saberlo, tal vez no consentirían en que se filmasen. El mayor culpable de la diversión es el protagonista principal, el jefe, un tipo egocéntrico, alcohólico y racista, que además de intentar no parecer ninguna de estas cosas se cree el rey del buenrollismo en el trabajo y el tipo más gracioso del mundo. El resto de especímenes también se las traen, y por supuesto está el sempiterno asunto de no meter la polla donde está la olla y las posibles consecuencias de sus infracciones. Dos temporadas que se hacen cortas pero con las que la carcajada está garantizada por un humor cafre e inteligente, y no siempre inglés.
De nuevo volvemos a Fellini. Este mes es Suevia quien lanza al mercado del cine digital una edición especial en 2 DVD's (la película más una entrevista de casi una hora al director) de otra maravilla del creador de Satyricon: Se trata de La dolce vita, un título tan irónico como la vida de su protagonista, Marcello interpretado por Marcello, un periodista amigo de paparazzi que pasa sus días en cabarets, terrazas, restaurantes y grandes fiestas, evitando y volviendo a una novia de la que está harto y a la que ama profundamente, pero no perdiendo la ocasión de abrazar las bien sujetas y dimensionadas berzas de Anita Ekberg en la fontana de Trevi (secuencia mítica de la historia del cine por la que ya merece la pena la compra; a buen precio, por otra parte) o de la diva que se tercie en el momento dado. Y una vida irónica porque Marcello no es feliz, no hay autenticidad en ninguna de sus relaciones, ni siquiera en las familiares, hay un vacío que le llena y no encuentra el cambio que necesita. Fellini nos muestra a través de este personaje el vacío existencial de toda la burguesía italiana neorrealista (o lo que es lo mismo, pero menos cinematográfico, de la posguerra) en 168 minutos que podrían ser 861 sin que nos cansáramos de admirar esas secuencias donde su predilección por la megalomanía nos deleita con baños de multitudes manejadas con una asombrosa precisión para la puesta en escena que hace inevitable quedarse con la boca abierta comprobando a la vez lo paradójico que resulta la naturalidad que nos ofrece cada una de las interpretaciones. Todo ello, regado con las inolvidables melodías de Nino Rota, constituye una de las experiencias cinematográficas más devastadoras que servidor (que reconoce que la acaba de descubrir, a sabiendas de que nunca es tarde) recuerda en mucho tiempo.
La pequeña película sensación del pasado año hace su entrada en nuestros hogares de la mano de Avalon con dos ediciones: la primera, la estándar, con la película y los breves extras habituales y por tres euros más una edición coleccionista en dos DVD's cuyo contenido adicional incluye el making of, videoclips y actuaciones, el cortometraje Banal de David Planell y unos esbozos de la biografía de los músicos protagonistas. Porque sus protagonistas, Glen Hansard y Marketá Irglová, son músicos en la vida real, y las canciones que tocan en la película son suyas, y eso se nota, y hace mucho en favor de la empatía que generan en el espectador. Su interpretación de la oscarizada Falling Slowly después de que el innominado personaje de Hansard le enseñe brevemente la canción al innominado personaje de Irglová puede contarse entre los momentos más intensos del cine que vio nuestras salas el 2007, cuyos resultados cinematográficos se van diluyendo (salvo contadas excepciones como esta) en un 2008 que comienza fuerte. Once es la historia de un amor imposible que se mantiene latente en la delgada línea de sombra de la no consumación gracias a la música que une a los protagonistas; sin ella, habrían finiquitado en un polvo fugaz y después si te he visto no me acuerdo, o, más probablemente, en una hábil maniobra de la cobra. El cine, la vida y la música reconciliados en una de las muestras que ilustran el dossier de este número, y que les invitamos a recorrer.

Hay una frase tópica que dice que siempre se van los mejores. Esa afirmación severa y acomodaticia suele ser un lugar común que pocas veces se corresponde con la realidad objetiva y demostrable. Esta es una de esas veces. Fernando Fernán Gómez representa una de las figuras excelsas de la creación, un hombre-monstruo-artista-río sinuoso donde navega gran parte de la cultura patria del siglo XX y principios del XXI. Ahora es el momento de hacer repaso (inventario cruel), repartir la herencia, ver antiguas fotos y llorar hasta que nos haga reir. O llorar, que ya sabemos que este hombre entre palo y palo los dominó todos. Suevia nos presenta un pack atractivo, bien cuidado y que abarca parte de una de sus épocas más activas (80-90). En él podemos encontrar dos de sus obras más representativas (El viaje a ninguna parte y Mambrú se fue a la guerra), dos de sus últimas películas como director (Siete mil días juntos y Pesadilla para un rico) y una de sus más magistrales interpretaciones (Réquiem por un campesino español del olvidado pero muy interesante Paco Betriú) Además complementando a estos filmes nos encontramos con cantidad de material visual extraído de televisión y un libreto de 32 páginas con interesantes textos informativos.
En esta recopilación podemos ver gran parte del imaginario fernandofernángomiano (perdón por el neologismo) concentrado en una obra que por encontrarse hacia el final de su trayecto mira con ojos más versados (que no cansados) al hecho cinematográfico y sus circunstancias. Una obra que va desde el principio de los tiempos (el teatro y los cómicos de la legua en El viaje…) al final de una España que viene a devolvernos tal como éramos a un lugar que nunca habíamos abandonado (Mambrú), que nos lleva desde el núcleo familiar formado sin nosotros de ésta, a la disolución por la fuerza y el ácido del sacro (y sangriento) matrimonio en 7000 mil días juntos. Que nos trasporta desde el asesinato de nuestra esposa tras 233 meses de negra convivencia, a los brazos de una jovencita que muere de muerte natural destrozando el equilibrio alcanzado tras más de 50 años de artificio. Todo ello completado con el acercamiento que Betriú hizo hacia un Sender ninguneado sistemáticamente por el cine español (a pesar de ser uno de nuestros literatos de prestigio más cinematográficos de la historia) y para el que el director ilerdense contó con un amplio elenco encabezado por Fernán Gómez en el papel de Don Marcelino. Tras la muerte del gran maestro sólo nos queda seguir disfrutando de una obra tan llena de matices como la personalidad que la llevó a cabo. Descanse en pack.
Manuel Ortega