Cada vez resulta más complicado hallar un recóndito rincón de España donde no se organice un evento cinematográfico llamado Muestra, Semana, Festival o con cualquier otra alusión a la concentración de muy diversas proyecciones cinematográficas en unos pocos días. Este contexto revela aspectos muy positivos, entre los que cabe destacar especialmente que el cine continúa en contacto muy directo con la calle, a pesar de las trompetas apocalípticas respecto a su desaparición; de hecho, es habitual observar —y digno de análisis por parte del sector— cómo un buen número de estos eventos logra atraer a más público que las salas comerciales. En la cara menos amable de la moneda nos encontramos con la dificultad, cada vez mayor, de realizar una propuesta seria y bien diferenciada, con los objetivos claros y recogida en el seno de un proyecto sólido.
Con sede en la localidad pacense de Almendralejo, el Festival Internacional Cineposible de Extremadura, creo que logra con claridad algunos de estos objetivos, aunque haya que esperar a próximas ediciones para confirmar otros. Son numerosos los eventos en torno al cortometraje, y cada vez más las iniciativas que buscan explorar en los mensajes del llamado cine social; la singularidad de este Festival no se encuentra sólo en que suma los dos conceptos, sino en que ambas ideas se encuentran imbricadas bajo un objetivo muy claro y dentro de un amplio proyecto de concienciación cívica. Durante siete días y extendido por seis localidades extremeñas (Badajoz, Cáceres, Almendralejo, Navalmoral de la Mata, Plasencia y Mérida), cumple su segunda edición apelando con fuerza a la participación del espectador-ciudadano, como se percibe con claridad en las palabras de presentación de su director, Santiago Brun: «30 autores de 18 países van a ofrecerte su visión, su conocimiento y sus descubrimientos, para que tú misma encuentres las respuestas a tus preguntas. A cambio sólo te pedimos que si crees que eres parte del problema, seas también parte de la solución». Su concreta y manifiesta implicación en la denuncia del incumplimiento del los 8 Objetivos del Milenio establecidos por la ONU define con aún mayor precisión el horizonte final.

Finalmente, casi una veintena de actividades paralelas convierten el evento en ese proyecto global al que me refería, que trasciende el ámbito puramente cinematográfico y que enmarca con claridad el perfil que se pretende para esta actividad cultural: programas informativos (El día más corto) sobre la creación joven en torno a la animación y sobre la sostenibilidad, un concurso de fotografía digital y sostenibilidad (Fotosostenible), un taller relacionado con el reciclaje, una exposición fotográfica (Un solo mundo), un taller de creación audiovisual con inmigrantes, dos exposiciones sobre los Objetivos del Milenio (Subiendo al sur y Los objetivos del milenio), un encuentro en torno al ritual del té magrebí, un taller de hip-hop para adolescentes, la proyección de una selección de los cortometrajes de la Sección Oficial en un centro penitenciario, otra proyección de cortometrajes de animación extraídos también de la Sección Oficial a concurso destinada a colegios de la región, un seminario sobre la relación entre la creación audiovisual y los Objetivos del Milenio, un taller sobre Cambio climático, Sostenibilidad urbana y Creación audiovisual, proyecciones especiales y debates para institutos de enseñanza secundaria en torno al Cambio climático y sostenibilidad del Medio Ambiente, la presentación del libro Otro cine es posible, donde ocho autores escogen una película por cada uno de los objetivos establecidos por la ONU, y una exposición que relaciona los dos elementos protagónicos del festival (Arte para cooperar).
En lo que concierne al asunto central que nos ocupa aquí (la Sección Oficial a concurso), hay que advertir de antemano lo que resulta casi obvio: la falibilidad de los dos filtros por los que pasan todos los filmes presentados a cualquier festival, es decir, la selección inicial y el palmarés final. Bajo mi punto de vista el nivel medio de los 34 trabajos seleccionados resultó más que aceptable, lo que deviene, a fin de cuentas, en el nivel medio de casi todos los festivales que en el mundo han sido; sin embargo, uno no puede evitar algún que otro gesto de sorpresa al observar la presencia de algunos trabajos en la Sección Oficial; en el fondo, permanece la convicción de que es manifiestamente imposible que no hubiese cortometrajes mejores entre los desechados por el comité de selección. Ocurre algo parecido con De las relaciones (Jorge Acebo, España), quizá el peor cortometraje del Festival, lastrado por una duración excesiva (casi 27 minutos) que sólo sirve para poner más de manifiesto las debilidades de un guión confuso en el que se pretende realizar una crítica a la sociedad industrial y capitalista y al papel que juegan los medios de comunicación, tratando de camuflar la falta de claridad bajo una voz en off susurrante, monótona, discursiva y a todas luces excesiva; en el mismo terreno del documental, también podría considerarse prescindible la programación de Bergeronnettes (Alicia van Assche, España), un corto breve (menos de cinco minutos) pero que logra añadir poco a la mera observación epatante de la pobreza, convirtiendo las imágenes en un discurso excesivamente hueco, con algunos intentos fallidos de establecer relaciones metafóricas (los pájaros comiendo entre la basura), sin efecto dramático concreto y con un mensaje que pierde su eficacia por su excesiva generalización.
También en los terrenos de la ficción y, especialmente, de la animación, podemos encontrarnos con algunos trabajos que a buen seguro tenían competidores más sólidos entre los centenares de cortometrajes presentados al festival. Le griot de daporé (Jaap van Heusden, Burkina Faso-Holanda) es un cuento filmado, en el que la voz en off se convierte en el único elemento narrativo con cierta capacidad dramática gracias a su tono evocador, pero incapaz de sostener más de nueve minutos de imágenes, en ocasiones de gran belleza, que parecen estar puestas meramente al servicio de la voz omnisciente; también en el ámbito de la ficción decepciona profundamente la presencia de un trabajo como Carpa Diem (Sergio Canella, Italia) que dedica sus dos minutos a poner en escena un chiste bastante fácil en relación con una pecera y el uso sostenible del agua; y, por supuesto, también debemos citar aquí el cortometraje, interpretado por Óscar Jaenada, Aloe (Sergio Delgado, España) que ofrece en trece minutos el supuesto enfrentamiento ideológico entre dos amigos, uno radicalmente en contra del capitalismo y de la globalización y otro simplemente integrado en el sistema y descreído, pero que no logra sino alargar una idea poco carnosa que convierte en caricatura un debate complejo y lleno de matices, sin tan siquiera conseguir que el espectador sonría, a no ser condescendientemente.

La animación, que ha dado algunos de los trabajos más notables de este II Festival de Cineposible de Extremadura, también ha ofrecido algunos de los menos afortunados que, quizá, ni siquiera debieron ser seleccionados. Hablamos sobre todo de Global warming (Kathrin Gnorski, Alemania), Puffing away (Issac King, Canadá) y El agua en tiempos extra (Dominique Jonard, México). Los tres se presentaron bajo el lema de la defensa de la sostenibilidad, con planteamientos bien distintos pero fallidos en los tres casos. El último de los citados se conforma con realizar un panfleto, incluso con entonaciones engoladas semejantes a las de las retransmisiones deportivas, en el que las imágenes son de nuevo un mero soporte de cara al discurso pedagógico con el que se pretende llegar al espectador; el segundo emplea un dibujo de trazo grueso que parece destinado al público infantil pero lo fusiona con formas en ocasiones casi abstractas, quedándose en un terreno de nadie donde apenas resulta memorable su denuncia del malgasto energético; y en cuanto al primero, otro de los trabajos más pobres del Festival, sólo decir que su planteamiento resulta pueril (un muñeco de nieve enfundado en una bufanda con la bandera estadounidense y otro que quizá quiera representar —con una boina— al continente europeo, se pelean absurdamente mientras el sol derrite la nieve de la que están hechos), y la animación digital con la que está llevado a cabo es deficiente y en absoluto convincente.
Esta dimensión del Festival —la del material que quizá nunca debió seleccionarse— aparece siempre en todos los eventos que presentan una Sección Oficial y, sin dejar de poseer su importancia (al menos como asignatura pendiente para próximas ediciones), no resulta definitivo en el balance final si existen obras suficientes que lo compensen. Una decena larga de cortometrajes, entre los que destacaría cuatro de ellos, consiguen ofrecer propuestas notables, de una innegable solidez cinematográfica, madurez en la expresión del mensaje y, en algunos casos, potente creatividad. Quizá la animación de Une girafe sous la pluie (Pascale Hecquet, Bélgica-Francia) sea lo más redondo de todo lo proyectado; los doce minutos de esta jirafa bajo la lluvia logran expresar con precisión la crueldad de una sociedad que malgasta los recursos aun a costa de poner en peligro la supervivencia de los seres vivos, y que lo hace sin ni siquiera plantearse que existen otras posibilidades, además de ligarlo a la realidad de la inmigración; el trabajo encuentra el tono desde el principio, con una animación desaliñada pero simpática que facilita la conexión con todo tipo de públicos y que engarza bien la fuerza de la idea con el rigor de un relato muy bien narrado. También 1977 (Peque Varela, Reino Unido) logra reunir la eficacia y la creatividad en un trabajo de denuncia respecto a la discriminación sexual, mediante una amalgama de dibujos, colores y formas dominada por la imaginación y la libertad creativa, lo que va muy en consonancia con el mensaje final del cortometraje; la abstracción del diseño visual del filme contrasta fuertemente con la concreción de su idea central, y eso genera una notable fuerza emotiva, en cuanto que cada idea expresada no da lugar a una interpretación unívoca, sino a un rico lugar de encuentro de diferentes sensaciones y reflexiones.
En cuanto a la ficción y el documental, me decantaría respectivamente y con pocas dudas por El contrato (Karina Zarfino, España) y Todo por $1 (Maximiliano González, Argentina). El primero se reduce a la conversación en la mesa de un bar de un matrimonio que ha decidido tener un hijo con el semen de un tercero; el enfrentamiento dialéctico, que comienza centrado en los celos de él hacia el donante, acaba por convertirse en la surrealista firma de un contrato para determinar la responsabilidad económica de cada uno frente al hijo, contemplando todas las posibilidades, incluida la ruptura; el tono del corto, que sume al espectador en un estado entre la estupefacción y la risa contenida, está plenamente conseguido y muestra, desde la valentía creativa de un extremo dramático, hasta qué punto la definición de los roles en la pareja resulta fundamental para la realización personal de cada uno, incidiendo lógicamente en la actitud despegada y fundamentalmente egoísta del rol masculino. Todo por $1 cumple una de las funciones básicas del género documental, que consiste en acercarnos a través de las imágenes a realidades desconocidas o, al menos, sepultadas por la memoria de la cascada diaria de noticias a la que estamos sometidos; la pobreza en algunos barrios de las urbes argentinas llega hasta el punto de que los basureros se llenan de candidatos a recoger los alimentos aprovechables; la creación de comedores colectivos para alimentar a los hijos de las familias que no tienen nada da lugar a momentos escalofriantes, como aquel en que una de las encargadas reflexiona con crudeza sobre la necesidad de abrir los fines de semana, para que los chavales no dejen de comer entre el viernes y el lunes; el documento no sólo ofrece un retrato sin concesiones sobre una realidad nada habitual de las calles de Buenos Aires, sino que nos obliga a pensar si no estará ocurriendo algo muy parecido a la vuelta de la esquina de cualquier calle de cualquiera de nuestras ciudades.

Más allá de estos cuatro importantes cortometrajes, no deberíamos dejar pasar por alto la curiosa realidad desvelada minuciosamente por Zanane Dorfak (Mohammad Nami, Irán), sobre el modo de vida de una población nómada que se asienta durante el verano en una montaña donde no existe el agua potable y deben derretir nieve para poder subsistir; o la crudeza en el reflejo del drama que supone la ausencia total de agua en algunas zonas de El Salvador, en Niños de agua (Luna Haro y Marta Martínez, España); o el interesantísimo reflejo de las paradojas que provoca la desigualdad en las condiciones de vida, mediante la comparación entre Noruega y Níger, en el eficaz documental Desarrollo humano (David Muñoz, España); resulta fresco, simpático y muy fino en su análisis de la felicidad enfrentada a las necesidades creadas el cortometraje Yo y mi terraza (Ana Rodríguez Rosell, España); Nasija (Guillermo Ríos, España) es un relato de impacto sobre la pena de muerte por lapidación, en el que el tratamiento de los colores quiere ser también un trasunto de las emociones; y, finalmente, Suprematist Kapital (James T. Hong y Yin-Ju Chen, EE.UU.) es quizá la apuesta más valiente de toda la Sección Oficial, un reflejo esquemático de la esencia del capitalismo y algunas de sus consecuencias, mediante un tratamiento puramente simbólico y abstracto de la imagen, que se convierte casi en un metalenguaje de la ambición icónica de la sociedad de consumo. Merece la pena recordar también algunos logros parciales pero relevantes, como el impacto final de La M manda (Moisés Romera y Marisa Crespo, España), que trata de romper algunos de nuestros prejuicios sobre las imágenes que vemos, además de reflejar visualmente las contradicciones del sistema capitalista; también la desinhibición ante el horror de la ablación del clítoris en Debajo de sus faldas (María Suárez y Esteban Varadé, España); o esa otra realidad escondida, que conecta una de las bebidas más famosas del mundo con los eventos deportivos más relumbrantes del panorama internacional y, al mismo tiempo, con algunos de los problemas de agua en India, en Always Coca-Cola (Inge Altemeier y Reinhard Hornung, India-Alemania).
Antes de pasar a comentar el palmarés que, de algún modo, se encuentra ya enjuiciado indirectamente en las líneas anteriores, cabe realizar una reflexión sobre los trabajos españoles que, desde el estupendo El contrato al mediocre De las relaciones, muestran una calidad muy acorde con el promedio del festival; sin embargo, parece que el cortometraje español posee una calidad media más alta de lo demostrado aquí y, desde luego, se encuentra por encima de buena parte del cortometraje internacional, como acredita nuestra presencia en eventos fuera de España y los numerosos premios cosechados. Los cortos seleccionados en esta II Edición del Festival Cineposible nos llevan a preguntarnos si esa imagen general sobre el corto español es sólo la de un espejismo, si realmente la selección para la Sección Oficial no ha sido la más acertada o si, simplemente, el talento de los autores españoles de cortometrajes se encuentra más cerca de otras ficciones que de la preocupación social.
El hecho de que el palmarés premie casi un tercio de los trabajos presentados convierte el resultado, ya en sí mismo, en seguramente discutible. Ocurre en todos los festivales, y no es para echarse las manos a la cabeza; de hecho, en general, los premios no deben sorprender en exceso y la adecuación entre el nivel medio y la línea seguida por el jurado internacional parece relativamente coherente. Sin embargo, no puede dejar de llamar la atención el primer premio para Padam… (José Manuel Carrasco, España), un relato de vuelo bajo, narrativamente gris y escasamente original sobre los matrimonios de conveniencia para inmigrantes; sin embargo, la nominación que obtuvo para los Premios Goya 2006 y algunos galardones recibidos posteriormente, siembran la duda en este cronista sobre, si bajo esa apariencia neutra y rutinaria, no habré dejado de observar un mensaje rompedor o una creatividad poco frecuente. Resulta perfectamente aceptable el Latido (nombre del galardón del festival) como Mejor Documental para la mencionada Zanane Dorfak, aunque prefiera el documento argentino sobre la pobreza. El Premio Pilar Bardem (“madrina” del Festival), que reconoce un trabajo que destaque por su compromiso por los derechos de la mujer, es perfectamente compatible con Nasija, uno de los cortos más interesantes de la Sección Oficial, aunque tanto El contrato como 1977 son obras cinematográficamente más logradas. Por su propia naturaleza, es poco discutible el Premio del público (otorgado por los alumnos del seminario Objetivos del Milenio y la creación audiovisual), pero sorprende sobremanera que recayera en Debajo de sus faldas, que supone un enorme esfuerzo de digestión por parte del espectador, lo que, de alguna manera, refleja la eterna eficacia de la imagen-impacto. Asombrosamente coherente es el Premio Canal Extremadura TV, que consiste en un adelanto en concepto de compra de derechos, ya que la simpática animación en plastilina Lednice (Lucie Stamfestova, República Checa), con su recreación del cambio climático dentro de un frigorífico que sirve de denuncia hacia las malas costumbres del consumidor, puede ser con seguridad uno de los cortos más adecuados para su emisión televisiva. Aunque el mejor cortometraje dirigido por una mujer es, en mi opinión, El contrato, no debe sorprender la Mención Especial a la Mujer Creadora para la agradable y eficaz Yo y mi terraza. Finalmente, las menciones especiales del jurado, que suelen emplearse para premiar cortos que han gustado mucho pero que no se podían encuadrar en ninguna categoría, sirven para deshacer los agravios del palmarés hacia 1977 y Une girafe sous la pluie que, como ya he afirmado, se encuentran entre lo mejor del Festival.

El hecho de que dos de los trabajos más irreprochables desde el punto de vista estrictamente cinematográfico (El contrato y Todo por $1) y la propuesta creativa más valiente e imaginativa (Suprematist Kapital) hayan quedado fuera, sólo puede interpretarse desde el punto de vista de la naturaleza del certamen. Es decir, bajo el supuesto de que la importancia del mensaje sea mayor que la de la calidad técnica y artística de los trabajos. Se trata de una opción coherente con los propósitos del proyecto y de intenciones loables, pero quizá merezca la pena la reflexión sobre la influencia que tiene la forma sobre la eficacia del mensaje; y sobre el hecho de que casi siempre la coherencia entre el concepto reflejado (por ejemplo, la libertad) y la estrategia discursiva escogida (por ejemplo, la libertad creativa) resulta primordial para que la obra alcance la totalidad de sus objetivos. Pero estoy completamente seguro de que los organizadores de un festival que tienen la valentía de abrir un buzón de opiniones y sugerencias sobre el propio evento (¿Para cuándo otros festivales?), la tendrán con certeza para realizar esas y otras reflexiones, necesarias siempre para avanzar en la aventura difícil pero apasionante de sacar adelante un proyecto como este. Los comienzos son más que prometedores.