Fay Grim (Hal Hartley, 2006)

Por Ángel Santos Touza

El Caso Hartley

El cine de Hal Hartley, aunque prematuramente olvidado, ha sido en muchos aspectos fundacional para buena parte de la cinefilia que comenzaba a realizar sus propios hallazgos —trazando líneas para nuevas mitologías: el peinado de Elina Löwensohn, la actitud de Martin Donovan, el Kool Thing de Sonic Youth— durante la década de los noventa; durante la cual aquel ente abstracto denominado cine independiente americano vivió su momento de esplendor. Sus huellas no parecen sencillas de rastrear en las generaciones posteriores e incluso cuando el trazo pudiera intuirse aquí y allá, casi siempre es para verificar la banalización de sus aportaciones estilísticas (recuerdo, incluso, un anuncio de televisión en nuestro país, que utilizaba unas líneas de diálogo extraídas directamente de The Unbelievable Truth, 1989).

Pero tras estas líneas introductorias se puede hallar el primer síntoma del “caso Hartley”; y es que casi dos décadas después de su debut y a pesar de no haber parado de filmar con cierta regularidad desde entonces, al referirnos al director de Simple Men (1992) casi siempre lo hacemos en pretérito, como lamentándonos de aquello que pudo ser y no fue o de aquello que fue, pero no continuó siendo.

Lo cierto es que Hartley, a diferencia de otros muchos cineastas de su generación, al alcanzar la madurez creativa se plantea soluciones para la continuidad de su cine “desde dentro” y no opta, por ejemplo, por una más que viable ‘reconversión’ en director al servicio de un gran estudio, en una época en la que Hollywood, atento a las vibraciones que llegaban desde Sundance, parecía hambriento de carne nueva. En este sentido, la repetición de esquemas, es una de las mayores losas contra las que ha tenido que luchar el más europeo de los indies americanos durante su carrera. Con la realización de Flirt (1995) Hartley se plantea un interesante, aunque en parte, fallido, experimento en el que se interroga sobre la necesidad de dar un paso adelante y quemar sus puentes o, por el contrario, de continuar por la senda ya conocida renunciando a la búsqueda de nuevas formas para sus narraciones.

La respuesta, como casi siempre, no estaba clara y Henry Fool (1997), su siguiente película, y origen de esta Fay Grim, supone un primer paso vacilante. En ella Hartley volvía por los fueros temáticos que le son tan gratos en torno a enigmáticas conspiraciones dignas del Rivette más paranoico, pero sin que ello supusiese un paso adelante en su carrera haciendo evidente que algo tenía que cambiar. El cambio llegará desde un punto de vista formal más que temático, y desde el trabajo en filmes de corto y mediometraje (The book of life, 1998) buscaba a tientas nuevas formas para aplicar a su cine. Fay Grim muestra en muchos aspectos los resultados (no necesariamente satisfactorios) de esta larga búsqueda.

Henry Fool continúa desaparecido, quizá viviendo en Europa. Fay Grim, su esposa, recibe una pista de su posible paradero y sale a buscarlo. Poco a poco sus descubrimientos, como una madeja desenredándose, le sirven para replantearse la figura de aquel que fuera su marido y al mismo tiempo, su propia posición (y la de su país) frente al mundo. Una visión política, entre desesperada e irónica, que hace de las intrigas internacionales un absurdo y confuso juego de poder en el que todos pretenden conocer las respuestas pero en el que nadie se encuentra seguro. Las identidades, nos dice Hartley, no son inmutables. Fool, el visionario basurero-poeta ha llevado sus delirios a tal extremo que sus cantos se asemejan a proclamas revolucionarias o terroristas. Nuestra sociedad revela su absurdo; la mirada de Hartley fascinada, es interrogante e irónica (la ironía es, desde luego, una de las claves para apreciar esta película).

El que fuera el más estilista de los cineastas indies, ha renunciado a gran parte de sus bazas (en ciertos aspectos debido a la propia fisicidad dictada por las nuevas tecnologías), heredadas casi todas ellas del maestro Godard y busca, como aquel durante la década de los 70, un nuevo espacio que le permita enfrentarse a su propia obra y su posición como artista independiente. Ahora opta por una mayor disolución de la forma que en sus primeros filmes; renunciando a sus encuadres limpios y ortogonales en favor de una perpetua confusión de ángulos y contornos jugando con la velocidad de exposición de las cámaras digitales.

Es curioso observar como en un momento en que el cine americano de calidad aboga sin demasiados miramientos por una vuelta al clasicismo, Hartley continúa buscando con enconada despreocupación su propio camino, que cada vez conduce por una senda más alejada de la calle principal, y es de recibo que por ese camino haya que avanzar a trompicones, esquivando obstáculos y tomando peligrosos desvíos que provoquen pasos en falso o que obliguen a retroceder, pero quizá sea ese el único modo de llegar exactamente a dónde se pretende y no, como bien explicaba Rossellini, a cualquier otro lugar.