Pensando en como definir, estructurar, este artículo que modestamente tratará de analizar, superficialmente me temo, la trayectoria del estadounidense Hal Hartley, recordé (ahora, lo siento, voy a ponerme un poco sentimental, tranquilos no demasiado, al menos, no hasta el punto de resultar empalagoso) cuando era jovencito (atención no es que ahora sea un señor, si es que se me puede llamar así, mayor, al menos no muy mayor), mas o menos por el año 92 o 93 del siglo pasado (esta expresión creo que no es la adecuada, me hace sentir del siglo pasado, es decir mayor, pero vamos a mantenerla) y empezaba a leer revistas de cine (ya sabéis de cuales hablo, esas que se parecen mas a un folleto de propaganda de cualquier gran superficie que a una revista que tenga un mínimo de rigor cinematográfico; pero que le vamos a hacer... así eran las cosas, imagino que de todas formas, tampoco han mejorado demasiado). Por aquel entonces, por supuesto, ciertos nombres no me resultaban desconocidos, aunque claro, prácticamente, no había visto ninguna de sus películas; por eso, cada vez que hojeaba un libro o esta absurda revista de la que os hablaba, resultaba emocionante encontrarme de pronto con dos, tres o cuatro nombres de los que jamás había oído hablar. Por aquel lejano 92-93, recuerdo que me fascinaba leer sobre los títulos de gente a la que no conocía en absoluto que iban a editarse en VHS; entre los directores se encontraban (haciendo memoria) Kenneth Branagh, Alexander Rockwell (aunque ahora tengo la duda ¿alguna vez se editó algo de este hombre?), Cyrill Collard o Hal Hartley. No recuerdo si por aquel entonces pensaba en ellos como grandes nombres o se trataba simplemente de curiosidad frente a lo que no se conoce y que parece apartarse de la estructura de la película que como chaval veía en mi viejo reproductor de VHS. Sabemos (o al menos lo supimos) que Collard falleció de SIDA, poco después de terminar su mas que irregular Noches salvajes (Les nuits fauves, 1992); obviamente esta tragedia no es comparable a la evolución del resto de cineastas que citaba, pero si que ha habido algo de muerte (artística por supuesto) en todos ellos. A nadie a día de hoy, en su sano juicio, se le ocurriría referirse a Branagh como un autor a tener en cuenta; después de su hermosa (pero igualmente sobrevalorada) Los amigos de Peter (Peter´s friendo, 1992) los films que han ido empachando la obra del británico, con ese Hamlet (1996) tan megalómano como mediocre, a la cabeza, nos llevan a concluir que semejante afirmación tan sólo podría venir de un piadoso cargado de ingenuidad. ¿Qué puedo escribir sobre Alexander Rockwell? (ya sabéis, intento repasar brevemente los nombres que he citado antes de llegar al que debería ser el protagonista de este artículo…en fin, no desesperemos) Después de realizar la estupenda In the soup (1992) con unos impagables Seymour Cassel y Steve Buscemi, fue perdiendo poco a poco el camino, con esa tremenda Four rooms (1995) a la cabeza, hasta convertirse en uno de los numerosos juguetes rotos que tanto abundan en el cinematógrafo.
El caso de Hal Hartley, siendo similar en realidad es diferente. Para mí, el cineasta ya ha filmado sus mejores trabajos (una afirmación tan aventurada como quizá precipitada, Hartley todavía no ha cumplido los cincuenta años), que son los que componen el último tramo de su primera etapa (Amateur (1994) o Henry Fool (1997), pero al contrario que sus compañeros de generación, no creo que sea producto de un determinado momento. En numerosas ocasiones, ha demostrado poseer una mirada muy sugestiva, llena de complejidad; es más, creo que es el mejor, si no el único, realizador interesante que surgió de aquello que se llamó cine indie y que a día de hoy se ha metamorfoseado una y otra vez hasta resultarnos completamente irreconocible. Si ahora me atrevo a relacionar a autores tan diferentes, tanto estética como moralmente, como Hartley, Allison Anders o Quentin Tarantino, es por que creo que en un determinado momento diferentes voces, más convencionales, más vanguardistas, mas adocenadas, surgieron de la necesidad de realizar cine obviando los estrictos parámetros de la gran industria. Teóricamente, a día de hoy, con festivales como Sundance o Tribeca, y con nuevas miradas, el cine indie debería gozar de muy buena salud; sin embargo, nos encontramos con un montón de films que siguen unas normas tan estrictas como las del clásico blockbuster veraniego y que nos llevan a que sean todos tan idénticos como aburridos y que se sitúan implacables frente a unas pocas miradas personales, como Wes Anderson o Craig Gillespie.
Volvamos a Hartley. En su filmografía hay un punto de inflexión muy marcado a partir de The book of life (1998), si bien temáticamente se mantiene al menos parcialmente en las constantes de sus trabajos anteriores, formalmente se produce un cambio, los encuadres se vuelven cada vez mas extraños (con rebuscadas angulaciones), tiende en determinados momentos a ralentizar la imagen, utiliza de forma aparentemente caprichosa diversas texturas, alterna el color con el blanco y negro; la forma en definitiva se apodera de su mirada. El problema es que conforme surgen nuevas propuestas poco parece atisbarse debajo de los excesivos artificios sintácticos.
El primer cine de Harley es en primera persona, los personajes son el centro de la narración, el yo es el protagonista de su mirada. La fauna que cubre sus películas son inadaptados, marginados, bichos raros, que sin embargo, parecen tener en común la necesidad de ser felices; tratar de ser felices, pese a que en apariencia sus acciones les lleven irremediablemente por el camino contrario. Simon Grim, Isabelle, Maria Coughlin o Matthew Slaughter, todos ellos son gente invisible que en esa utópica búsqueda intentan encontrar su propia identidad. Jesucristo, en The book of life, regresa acompañado de Magdalena (una fascinante PJ Harvey) a La tierra la nochevieja de 1999, con la misión de desatar el Apocalipsis; cargado de dudas morales, el hijo de Dios se da cuenta también de que no sabe quien es en realidad y que por su misión divina ha sacrificado toda su vida; este Jesús de Nazareth será muy significativo en la obra de Hartley, es el último (¿quién mejor?) que se busca verdaderamente a si mismo; es también la última ocasión en que Martin Donovan trabajará en una película del neoyorquino. La marcha del que posiblemente es el rostro mas característico (con permiso, claro, de Parker Posey, Elina Löwensohn, James Urbaniak o Bill Sage) del cine de su autor, acaba de marcar el fin de trayecto. El yo desaparece y la mirada se hace más colectiva, se centra en grandes temas, como la política, utilizando para abordarlo géneros como el cine negro. Estos grandes temas, con la conspiración a la cabeza, ya se esbozan en la citada Book of life, pero hasta la posterior No such thing (2001), en mi opinión junto a Fay Grim (2006) el trabajo mas mediocre del cineasta, no acaban de situarse como grandes (impuestos) protagonistas. La ciencia ficción es el genero utilizado-subvertido para abordar la que quizá sea la mas conseguida de las películas que componen la segunda etapa, The girl from Monday (2005), clásico film futurista antiutópico, con referencias tan inevitables como Orwell y su "1984", que implacablemente revela las deficiencias y carencias de la nueva mirada del realizador; sin embargo, es en sus atropellados excesos visuales, por una vez, donde consigue sus mayores virtudes, empezando por una fascinante atmósfera cargada de una melancolía a veces un tanto artificiosa pero desde luego indiscutible. Esta película, funciona mientras la mirada se centra en los personajes, pese a que algunos de ellos no pasen de mero apunte y resulten mas un relleno superficial que una verdadera entidad propia, en el momento en que trata de ir mas allá, volviéndose mas global, mas grandilocuente, se pierde en una espiral que por momentos ni siquiera el realizador parece comprender.
El nuevo cine de Hal Hartley, me lleva a pensar en un realizador que se cree por encima de sus películas. Visionando Fay Grim me parece estar viendo a un listillo que utiliza un género, en este caso la política-ficción, que considera menor, precisamente por tratarse de un género, y él como autor, por supuesto, cree estar por encima, para contarnos su propuesta, con una obsesión, por momentos tan maniática como ridícula por la forma que acaba devorando todo para convertir lo que es un teórico puzzle en un film tan aburrido como caprichoso, cargado de vacíos.
Henry Fool me parece el mejor trabajo de Hartley, aquel con el que consiguió terminar la construcción de todo un universo personal, la quintaesencia de la mirada del cineasta que fue durante su primera etapa, aquel alumno aventajado, ese amigo americano, de Jean-Luc Godard. Por el camino se ha perdido la melancolía, la poesía, el discurso. Buscando como uno de sus personajes su identidad, Hal Hartley se ha perdido en si mismo, y quien fue uno de los mas interesantes cineastas estadounidenses de la década de los noventa se ha transformado en un pedante con muy poco sentido del humor. Me resulta muy significativo que Fay Grim, supuesta continuación de Henry Fool, haya demolido el mundo que su teórica predecesora ayudó a construir.
Curiosamente, sus mejores trabajos contemporáneos los encontramos en el formato corto; así, las pequeñas Kimono (2000) o The sisters of mercy (2004), están próximos a la narrativa de los noventa, casi resultan films fantasma y se convierten significativamente en las piezas mas logradas de los últimos diez años. Generalmente cortometraje es sinónimo de comienzo, gente como el propio Hartley o Agnès Varda, entre otros han demostrado lo inexacto de esta afirmación. Quizá la clave podría estar en por una vez pensar en el corto como un inicio, un nuevo comienzo, y a partir de los hallazgos de estos estupendos trabajos comenzar de nuevo.
Releo ahora el artículo y veo que el sentido del humor se ha ido perdiendo entre las frases, tal vez la ironía me hubiera ayudado para escribir un texto mas interesante, como vulgarmente diríamos, mejor, pero revisando estos días la obra del director y escribiendo ahora sobre ella, sobre lo que fue, y recordando la enorme decepción que sus últimos largometrajes me han producido, lo último que tengo, al menos por el momento, son ganas de sonreír.