Es difícil imaginar un cine más evasivo y palomitero que el de aventuras. Ante una película de este tipo no caben las medias tintas: o emociona y hace vibrar en la butaca o se hunde como una piedra. Vivir o morir, cara o cruz, como el destino del mismo aventurero. Para conseguir tales propósitos, hay varios puntos imprescindibles, resumidos a continuación:
Elementos, todos y cada uno, que podrán formar parte del manoseadísimo tratado de Joseph Campbell sobre los pasos del héroe, pero que ya aparecían con letras de oro en las novelas de Edgar Rice Burroughs y H. Rider Haggard, territorio legendario que tan sólo unos años antes ya habían explorado cineastas de culto como Kevin Connor.
Hablamos de una tradición tan valiosa como poco prestigiada a ojos de cierta crítica que fue asimilada y actualizada a la perfección por Steven Spielberg en 1981 con En busca del arca perdida, la primera de las entregas protagonizadas por el aventurero del látigo y el sombrero, hoy convertido en un icono cultural asociado al cine de evasión de calidad, a los años ochenta y el actor encargado de darle vida, Harrison Ford. A pesar de la impecable dirección del autor de Tiburón, no conviene quitarle mérito al habilísimo guión de Lawrence Kasdan, que por aquel entonces comenzaba a abrirse camino como un autor a medio camino entre la minoría y el gran público (Reencuentro, Silverado), casi siempre interesante pero irregular, que nunca alcanzó en su faceta intimista y personal los logros cosechados en sus guiones del más desnudo entretenimiento.
El merecido éxito de la primera entrega de Indiana tiene mucho que ver con que tanto Kasdan como Spielberg dieron en la diana en relación a una de las principales claves del género aventurero: hacer sentir a los niños como adultos y a los adultos como niños. Si el objetivo se cumplía holgadamente, como fue el caso, el resto, la consecución de cada una de las características arriba señaladas, venía rodado. Pero no se trataba de una empresa sencilla: una de las grandes virtudes de En busca del arca perdida, de forma similar a muchas películas de la época en la que fue rodada, fue que aunque su planteamiento recogía gran cantidad de influencias, en pantalla el resultado era cualquier cosa menos sobrecargado: todo fluía de forma natural, ligera y viva. Convertir lo complicado en sencillo tal vez sea una de las grandes virtudes del cine de entretenimiento, y en esto Spielberg fue siempre un maestro, aunque también conviene recordar en este punto la obra de algunos compañeros de generación que, pese a haber quedado un tanto ensombrecidos por la figura del rey Midas, obtuvieron logros similares y en ocasiones superiores a los del director de Ohio: Robert Zemeckis, autor de las sobresalientes Tras el corazón verde y ¿Quién engañó a Roger Rabbit?, por no hablar de la insuperada saga de Regreso al futuro, Joe Dante, John Landis, Chris Columbus o Richard Donner. Si el cine ligero de los años ochenta nos sigue despertando tantas simpatías, es debido en gran parte a sus películas, que supieron transmitir a partes iguales un contagioso humor y un sentido de la maravilla cimentado en un oficio intachable.
Quizá peque de nostálgico, pero me resulta mucho más difícil encontrar esta emoción en recientes aproximaciones al género de aventuras, como las sagas de La búsqueda o Piratas del Caribe (no así en el cine de Stephen Sommers, por ejemplo), especialmente teniendo en cuenta que los efectos especiales han avanzado una barbaridad en veinte años, y hoy es fácil reflejar con holgura lo que antes sólo se podía sugerir. Claro que esto es bastante parecido a lo que algunos críticos de generaciones anteriores a la mía podrán decir de las películas de Jones en comparación con los antiguos títulos de, pongamos, un Raoul Walsh. A fin de cuentas, cada uno es heredero y víctima de su educación sentimental y las películas que ahora nos entusiasman, no dejan de ser, en gran medida, aquellas que nos emocionaban siendo niños…
En 1984 los fans del tipo del sombrero recibiríamos una nueva y esperada dosis: dos horas de saltos, peligros, humor y amenazas con el título de Indiana Jones y el templo maldito. Como en toda buena secuela, prácticamente todo es más grande y más excesivo que en la original. Los decorados más exóticos, la acción más incesante y el bueno de Indiana luchando contra los malos y resolviendo claves, más chulo que nunca. Por supuesto también más violencia, un acierto de Spielberg: hasta tal punto de descarnadas eran algunas de sus escenas, que obligaron a crear una nueva calificación en EEUU, el PG-13, para no prohibir la entrada de los menores no acompañados al cine que hubiera supuesto una calificación R. Los guionistas encargados de la difícil tarea de prolongar el éxito de Indiana ante un público cada vez más exigente fueron Gloria Katz y Willard Huyck, responsables del libreto original de American Graffiti que más adelante perpetrarían aquel maravilloso despropósito de culto que llevó el título de Howard, un nuevo héroe. Se nota, para bien, porque esta segunda entrega es un ejemplo modélico de exceso bien encarrilado. Indiana Jones y el templo maldito no sólo es una secuela que iguala y amplifica los logros del original, sino que continúa pareciéndome una de las aventuras más sólidas y endiabladamente bien construidas del señor Jones, sino la mejor de toda la saga.
La tercera parte, Indiana Jones y la última cruzada llegó a finales de los ochenta también de la mano de Spielberg y aunque contenía emoción y aventura para detener un tren nos cogió a los de nuestra generación un tanto más mayores, perdidos en los encantos de la adolescencia. Esta vez Indiana venía acompañado de Sean Connery y luchaba contra los nazis. Los niveles de violencia y humor bien dosificados se mantenían, aunque los contenidos esótericos y fantásticos de las dos primeras entregas disminuían para mal. Con todo, a mí la historia de Indy que me habría gustado ver en pantalla es “Indiana Jones and the fate of Atlantis”, esa secuela frustrada que salió directamente para las pequeñas pantallas del ordenador en forma de aventura gráfica.
Y es que, aunque la saga terminara (aunque eso de que Indiana realizara su última cruzada nos sonaba a todos más falso que la muerte de Freddy: los grandes del cine nunca mueren ni dejan de trabajar), la fiebre de aventura siguió más viva que nunca. Por un lado, gracias a la apañadita serie “Las aventuras del joven Indiana Jones”, y sobre todo, gracias a las descaradas imitaciones que propició la rentable franquicia. En este último campo, sería pecado mortal omitir el nombre de J. Lee Thompson. Artesano que vagó de los platós del Hollywood clásico (la correcta El cabo del terror) a las calles podridas de Charles Bronson (las divertidas y sórdidas Yo soy la justicia o Kinjite prohibido en Occidente), Thompson se sacó de la manga dos exploits aventureros echando mano de las fuentes clásicas, esto es, Rider Haggard, y buscando una pareja protagonista tan poco carismática como la formada por Richard Chamberlain y Sharon Stone. Así las cosas, facturó dos muy entretenidas películas de evasión con todo el aire del cine de los ochenta —Las minas del rey Salomón y Quatermain y la ciudad perdida del oro—, cuya escasez de medios no hacía más que potenciar su indudable encanto, y coronó la jugada con una majísima aventurilla de sesgos cuasiparódicos a mayor gloria de Chuck Norris y Louis Gosset jr: El templo del oro.
Pero hay más. Robert Zemeckis, un alumno aventajado de la escuela de Spielberg, hizo su propia y personal aportación en 1982: Tras el corazón verde, que contó con una secuela inferior pero igualmente entretenida un año después, La joya del Nilo. En ella, Kathleen Turner era una escritora que escapa de una aburrida vida en la gran ciudad para perderse en las selvas de Colombia al rescate de su hermana secuestrada, en compañía de un mercenario interpretado por un Michael Douglas que pocas veces ha estado mejor. Pese a su conseguido sentido de la maravilla, propio de un director en su mejor momento creativo, el tono era más cómico y desmitificador, bordeando lo paródico en ocasiones, tanto es así que de hacerse ahora más de un crítico tildaría a la empresa de postmodernista. La estela de estas películas traería consigo imitaciones aún más disparatadas y estimulantes de las despertadas por Indiana. Nombraré mis favoritas: La aventura más milagrosa jamás contada, con Tom Conti y Teri Garr, y El misterio de la pirámide de oro, inclasificable aventura romántico-paranormal con Cindy Lauper (¡!), Jeff Goldblum y Peter Falk perdidos en el corazón de Ecuador.
Una vez alcanzado este grado de delirio me siento incapaz de terminar este artículo sin una refrescante sumergida en el abismo del bajo presupuesto, que también produjo una cantidad ingente de productos y subproductos claramente deudores de Indiana y de la saga del corazón verde. Un territorio algo inhóspito en el que, eso sí, las chicas van más ligeras de ropa y las mercenarios son más chulos y ridículos, como el de Jakarta de Charles Kaufman (nada que ver con el famoso guionista), violento e ingenuo corre que te pillo con Indonesia al fondo. ¿Y cómo resistirse a las virtudes de Jake Speed, aventura en África, de nuevo en tono desmitificador y cachondo, con papel incluido para el gran John Hurt? ¿O de El tesoro de la diosa Luna con la scream-queen Linnea Quigley? ¿O de Baby, el secreto de la leyenda perdida que ya incluía dinosaurios antes de que, de nuevo Spielberg, encontrara el filón? ¿O de una comedia de título tan sugestivo como Mujeres caníbales en la jungla del aguacate de la muerte, que era toda una parodia digna de los ZAZ del estilo Indiana con la playmate Shannon Tweed al frente? Verdaderamente, fue una época gloriosa en la que las estanterías de los videoclubs eran golpeadas cada viernes con títulos de tal calibre, o algunos incluso más ignotos y disparatados. Como broche de oro, conviene recordar aquella cosa japonesa que aquí tuvieron a bien endilgarle el título de La primera cruzada de Indiana Johnny y que incluso se permitía plagiar la célebre sintonía de la saga… En fin, un mundo lleno de placeres culpables que, como un templo maldito o una ciudad perdida, espera ser descubierto por los espíritus más valientes y acorazados.
El próximo estreno del cuarto episodio de la saga de Indiana Jones, que retoma el testigo después de casi veinte años, no hace sino lanzar preguntas al aire. La primera, y más importante, es si estará a la altura de una saga que con sus tres episodios ya era redonda y se bastaba. Las cuartas partes no suelen traer buena suerte, recuérdese Superman IV, aunque los buenos resultados de las últimas películas de Spielberg permiten que le concedamos, al menos, el beneficio de la duda. Particularmente, tiendo a ser cauto y un poco pesimista: auguro que Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal será vibrante y avasallará al espectador, pero no estoy tan seguro de que recoja la esencia de muchas de las películas mencionadas en este artículo. Algo parecido ocurrió hace poco con la última entrega de La jungla de cristal: puede que sea más grande, pero no es lo mismo. La espectacularidad muchas veces se come al sentido de la maravilla, pero es un progreso inevitable, visto el rumbo que ha tomado el cine de masas. Ni nosotros somos niños ni Spielberg es el realizador sin tantas pretensiones de entonces. El cine tampoco es el mismo, y entre unas cosas y otras, puede que se haya perdido cierta inocencia. Con todo, espero tener que tragarme estas palabras. Estaremos atentos.