La nueva película de Max Lemcke, Casual Day, comienza con una conversación en apariencia intrascendental. Tanto como cualquiera que se pueda escuchar en una cafetería. Dos mujeres jóvenes hablan sobre el novio de una de ellas, sobre los problemas de su relación. Aunque la conversación es seria, uno no puede dejar de reírse, porque existe tal sinsentido que acaba derivando en algo cómico. Ahora bien, si uno piensa mejor ese momento una vez que ha terminado de ver la película, entonces, la risa o sonrisa causada al comienzo puede que se desvanezca, porque aunque pueda recordar lo gracioso de la conversación, se da cuenta de que no es sino una pequeña muestra de algo mucho mayor. Por otro lado, esa conversación no sólo abre la película, sino que crea ya un tono concreto en todo su metraje, el cual va oscilando entre el drama y la comedia sin posicionarse, conscientemente, en ninguno de los dos. Algo así es relevante no porque venga a poner entredicho los géneros ni nada por el estilo, sino porque supone una mirada muy concreta hacia la realidad, como si viniera a decirnos que podemos reírnos de lo que vemos, pero que quizá, a la vez, no estaría de más que pensásemos en aquello que estamos viendo, porque es posible que no sea pare reírse.

En Casual Day Lemcke, con la ayuda de sus dos guionistas, Pablo y Daniel Remón, reúne en un hotel en la montaña a un grupo de oficinistas en unas jornadas que buscan que los trabajadores se olviden de su trabajo por un momento y hagan algo en equipo. La idea, o maniobra, es una actividad con unos intereses muy concretos aunque venga camuflada de otros muy diferentes. Se intenta que los empleados se conozcan mejor, sepan que es el trabajo en equipo, su valor. La individualidad, de alguna manera, se pierde en aras de una idea de colectivo que es, al final, lo que acaba prevaleciendo durante esas jornadas. Casual Day no sólo pone de relieve esa falsedad, sino también cómo durante ese tiempo las diferencias entre los empleados surgen, también todas su miserias ocultas. A Lemcke le interesa el ir mostrando a cada uno de ellos, sin cerrar en muchos casos a cada personaje. Algunos están más desarrollados que otros, pero en parte nace de la necesidad, en ocasiones, de sugerir antes que llegar el fondo, porque así el espectador puede hacer una construcción incluso más precisa sobre aquello que ha visto. Cada uno representa algo y todos representan a una sociedad. Lemcke no niega la esperanza, aunque le cuesta encontrarla. Normal. No son personajes desagradables, porque son tan humanos que es imposible no lograr sentir algo por ellos. Que no es lástima, no. Si no una cierta simpatía no exenta de tristeza, porque en ellos es bastante sencillo encontrar no pocos puntos de contacto con gente conocida, con uno mismo. Hay algo tan real en todos ellos, aunque sea una ficción, que hace a cada personaje cercano. También, claro está, por el gran trabajo de los actores, quienes saben adaptarse a cada personaje, matizarlo.

Lemcke adopta un tono muy gris para la fotografía de la película, resaltado de ese modo la historia que narra. No busca el destacar el estilo, sino que prefiere ser directo, sencillo, mostrar a los personajes y el paisaje para, de ese modo, poder dar forma a una historia que, como decía, siempre se mueve entre la comedia y el drama para, al final, casi abrazar la tragedia. O puede que lo haga, porque deja patente cuál es el nivel de vida actual, cómo se ha ido generando en una dinámica tan absurda como normalizada. Hay escapatoria, pero cada vez parece más complicado que se siga. Es más sencillo ser prácticos, pensar en aquello que anteriormente ha dado, a priori, sentido a la vida de los demás y hacer lo propio. Conformar una vida que desde el comienzo se sabe no nos acercará a la felicidad pero, aún así, seguir en ella y hacia delante. Lo mejor de Casual Day es que aún mostrando con crudeza algo no cae en una mirada inquisitiva, tampoco plañidera. Se contenta con poner de relieve algo para ver si con ello surte algún efecto, algún cambio. Por supuesto, ni esta ni ninguna película, hoy en día, puede cambiar al mundo. Pero quizá sí a una persona. Quizá haya quien, al verla, se de cuenta de lo absurdo que es el llevar años haciendo algo, lo que sea, que no se desea. Y dejarlo, buscar otro camino. Es complicado, claro, pero tampoco es sencillo vivir diariamente sabiendo que aquello que día a día se hace es lo contrario a lo que se quiere hacer.