En los últimos cinco años mi acercamiento al cine español ha sido siempre intermitente. El residir durante ese tiempo en Londres me ha impuesto una cierta lejanía ante la producción cinematográfica española que he ido subsanando poco a poco, casi siempre llegando a las películas bastante después de su estreno, en otras incluso sin poder hacerlo. Hay quienes, al comentarles lo anterior, me dicen que no me preocupe, no me pierdo demasiado. Otros, más voluntariosos y amables, incluso me han ayudado a poder tener acceso a películas que, de otro modo, me habría sido imposible ver. Porque durante estos cinco años he conseguido mantener contacto, desde la lejanía, con mi país, entre otros aspectos, a través de su cine. Sin entrar en valoraciones acerca de su salud y demás, sí diré que incluso algunas películas que apenas me interesaban a priori han sido capaces de conmoverme. Han logrado lanzar unos lazos que me acercaban a una realidad de la que nunca he estado, creo, alejado, aunque sí ausente en persona. A veces tan sólo era necesario un plano, una secuencia, una imagen, quizá un detalle, para que fuera capaz de emocionarme con una película a la que posiblemente en otras circunstancias ni me habría acercado. También me han ayudado a no fiarme demasiado de muchas opiniones, incluso de aquellas que provienen de quienes respeto y admiro, cuando se trata de cine español, casi siempre denostado por diferentes causas, aunque a menudo con una raíz bastante similar. No voy a romper una lanza por toda la producción cinematográfica española, por supuesto, pero si cuento todo lo anterior como preámbulo a estas notas dispersas sobre el cine de Max Lemcke, es porque él ha sido uno de los directores que me han logrado situar en casa en muchos aspectos.

Al ver vi por primera vez Mundo fantástico tuve acceso a una realidad social que no me era desconocida del todo; también, y ante todo, a una manera de hacerlo muy diferente a la que se está acostumbrado en España. No había grandes discursos ni proclamas determinadas, sino el acercamiento a dos mujeres que para sobrevivir deben trabajar en aquello que pueden mientras siguen con sus sueños de ser artistas. Las vemos en el ya legendario local madrileño “Galileo Galilei” interpretando sus números, aquello que realmente les llena, les da vida. Pero también vestidas de payasos, posando desnudas para escultores, mostrándose desnudas en el peep-show que da nombre a la película mientras consolador en mano explican a los clientes qué pueden hacer y qué no. Se sientan en su sofá a ver la película de Bob Fosse Cabaret, película que las traslada a un lugar al que querrían pertenecer mientras en ocasiones lloran al verla. Pero a veces ni las vemos, porque Lemcke, en determinados momentos, prefiere concentrar el plano en una figura y no mover la cámara, dejando que el fuera de campo y la profundidad del plano hagan su labor, como cuando una de las protagonistas acude a una entrevista de trabajo que más bien parece un interrogatorio policial o cuando una joven debe leer una encuesta para un trabajo como teleoperadora mientras en la sala comienzan a marcharse no pocas personas al sentir que ese trabajo no va con ellos. Lemcke busca en los personajes, deja que sean quienes creen la acción.
En Mundo fantástico habrá quienes no encuentren una trama demasiado perfilada. Posee ese aspecto de película documental con toques de ficción, o viceversa, pero es que quizá en ocasiones no hay mejor ficción que la propia realidad que nos rodea. A Lemcke le interesa mucho, al menos hasta este momento. Sus cortometrajes y sus dos largometrajes así lo ponen de relieve. Le gusta mirar a la realidad, a aquello que le rodea. Pero casi nunca busca un tono inquisitivo, sino más bien de observador, algo que, por supuesto, no le niega su capacidad para valorar aquello que está mostrando. Su estilo, aunque variante de una película a otra pero con una personalidad más o menos definida en ambas, deja claro que para conocer y saber, primero hay que mirar. Son imágenes, reproducciones de la realidad, pero es posible que puedan ayudar a abrir los ojos a aquello que nos rodea. Al menos, para mí, el cine apenas tendría sentido si no fuera por esa capacidad para hacernos comprender mejor el mundo en que vivimos, nuestro pasado, nuestro presente. Claro que algo así puede ocasionar que muchos se alejen de una propuesta como la que Lemcke traza en Mundo fantástico, porque su sencillez impone que sea el espectador quien asuma una mirada precisa y personal ante lo que ve, para que valore cómo le afecta, cómo se siente ante esas imágenes. Se puede rechazar la película atacándola por su narración a base de fragmentos en apariencia inconexos y por una historia que avanza sin saber bien hacia dónde o hacia qué, sin embargo, en todo lo anterior hay no pocos puntos de contacto con la propia realidad. Quien logre sentirse identificado, de algún modo con las dos protagonistas, podrá quizá encontrar un lugar en el mundo, al menos una posición.

Lemcke no edulcora la realidad que muestra, pero tampoco la enfatiza hacia el pesimismo total. No niega la dureza de la sociedad en la que se mueven las protagonistas, pero siempre deja un lugar, sino para la esperanza, sí al menos para pensar que, al final, todo está en nuestras manos para poder seguir hacia delante, para poder seguir soñando. Su mirada sigue a estas dos mujeres, así como a otras que deben, como ellas, ganarse la vida con su cuerpo como intercambio económico, con el deseo de poder trazar unas líneas sobre una realidad que, está claro, le preocupa. Sus cortometrajes como Todos sois Mohamed o sus dos largometrajes, así lo demuestran. Pero Lemcke, lo cual le hace diferente en muchos aspectos, no llega en momento alguno a abrazar ese realismo social al que el cine español, para bien y para mal, nos tiene acostumbrados. Lemcke no defiende siglas en su cine, más interesado en las personas, en el lugar que ocupan en el mundo. El trabajo en Mundo fantástico, como lo será en otra esfera diferente en Casual Day, asume una condición casi opresora debido a cómo en la sociedad actual es tan complicado mantenerse con lo que se gana; también por la manera en que nuestras vidas han acabado condicionadas a él. En Mundo fantástico, en muchos aspectos, las protagonistas no tienen más remedio; en Casual Day, el caso es muy diferente, pues se trata más de poder, dinero, posición e ideales heredados que de necesidad vital.
Realidad y ficción se dan la mano en Mundo fantástico, sin que uno nunca llegue a saber qué hay de una y qué de otra. Pero en verdad poco importa. Lo relevante es que pone de relieve el posible juego que se puede perfilar aunando ambos elementos. También que cada vez más se desconfía tanto de la realidad como de la ficción. Quizá sea esta la razón por la que, no sólo en cine, se dan tanto de la mano ambos elementos, porque es necesario romper las fronteras entre ambos para poder volver a conocer cuál es su lugar correspondiente. Y si no se consigue, al menos, se habrá logrado perfilar una indefinición que lleve a otros lugares por explorar. Mundo fantástico, creo, explora a través de sus imágenes cómo la realidad de dos mujeres posee un poso de realidad tan enorme como la misma ficción que sustenta la trama. A partir de ahí, el espectador debe de pensar al respecto dónde situarse, como tomarse la historia que está viendo. ¿Cómo falso documental? ¿Cómo documental? ¿Cómo ficción pura? ¿Ficción con apariencia de documental? ¿Ambas cosas? O, mejor, ¿me quedo la historia y saco de ella aquello que pueda servir para conocerme a mí mismo y a los demás, el mundo que me rodea?

Con Casual Day, sin embargo, lo anterior parece borrarse. Desde el comienzo se aprecia que se trata de una ficción. No hay dudas al respecto, no al menos como podía producirlas Mundo fantástico. Quizá sean los rostros de los actores, casi todos conocidos, la propia manera de visualizar la película, pero está claro que algo ha cambiado, o puede que no tanto. Lemcke varía de registro, cierto, pero eso no quiere decir que su mirada también. Se adapta a un contexto diferente, aunque siempre sobresale un intento de observar a los personajes, ver qué hacen, quienes son. El reparto coral que integra Casual Day va dando vida a un grupo humano diverso. La idea es la de proyectar una mirada alrededor de un cierto sector de la sociedad, algo que, de otra manera y con otras formas, ya estaba en Mundo fantástico. Lemcke está muy interesado en observar al ser humano, su papel en la sociedad, pero en este caso lo hace a través de una ficción pura, no hay duda de que todo está escrito, que hay una historia, unos personajes fijados de ante mano. Ahora bien, aún así, subyace una sensación de realidad enorme, porque el grupo de trabajadores que dan forma a la película resultan muy reconocibles. El espectador podrá ver en ellos, o en algunos de ellos, muchos elementos reconocibles. Algo así pone de relieve que Lemcke, sea cual sea la manera de acercarse a las historias o a los personajes, siempre persigue una idea muy clara: dar una visión sobre el mundo actual. Cada película requiere un estilo y él lo sabe. De ahí ese cambio de una película a otra. Sin embargo, Lemcke sigue indagando, observando. Desea saber qué es lo que hace que hoy en día haya quien venda su alma al diablo por un trabajo que es más que posible que no le de más que problemas, algo que puede constatar con un simple vistazo a sus compañeros de oficina. Las generaciones se relevan pero muchos males, en vez de cambiarse, se heredan como forma de vida. Hay quienes por edad han decidido ya no hacer nada para cambiar. Otros por simple desidia y comodidad. Otros, los más jóvenes, ansían tener aquello que ven que otros tienen. Y en esa trampa, en la que es tan fácil caer, es donde reside el verdadero problema, porque siempre está ahí, se conoce pero, sin embargo, no se evita.
Max Lemcke es un cineasta fuera de lo común dentro del cine español. Ha dicho bastante como para poder considerarlo para el futuro como una voz importante. Porque aún le queda mucho por decir. Hay en él ese espíritu inquieto de quien desea saber más sobre aquello que le rodea, sobre quienes están a su lado o se cruza a diario por las calles. Le interesa el mundo, lanzar una mirada a él e intentar que el espectador haga lo propio, porque esa es la única manera de avanzar. Observa y usa la cámara como vehículo intermediario entre esa mirada y el espectador. Pero, a partir de ahí, debe ser quien mire el que sepa, después, mirar a su alrededor. También ante el espejo.