La chica cortada en dos (Claude Chabrol, 2007)

Por Ángel Santos Touza

Del amor y otros crímenes

El hombre que hacía películas

En el documental promocional que acompaña a la edición especial del último álbum (bonita palabra, por cierto, de regusto a vinilo) de la banda de rock Wilco, Sky blue sky (2007), Jeff Tweedy su cantante y compositor, habla sobre el proceso de maduración que se aprecia en su música y la extrañeza que le produce enfrentarse cada vez con mayor seguridad y menos temores al simple hecho de hacer canciones e interpretarlas. Una madurez que podría ser vista en un primer momento como renuncia a la experimentación o el riesgo, pero que a la luz de los resultados termina por imponerse por la simplicidad de su calidad creativa. Tweedy sorprendido por la naturalidad con la que surgieron las canciones de su nuevo disco, añadía algo así como que “ahora tan sólo somos una banda de rock interpretando unas canciones lo mejor que podemos”.

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Este prólogo musical viene a colación ante una trayectoria como la de Claude Chabrol (o, por poner un ejemplo similar, la de Woody Allen) que aunque no sea comparable en cuanto a extensión temporal con la banda de Tweedy —y teniendo en cuenta todos los matices pertinentes entre las carreras de un grupo de rock y la trayectoria de un cineasta— hace tiempo que ha alcanzado esa madurez bien entendida (no adocenamiento o renuncia), en la que el control de los medios y técnicas de los que se dispone y también, por qué no, el conocimiento de las propias limitaciones, da lugar a una fase creativa de enorme regularidad en cuanto a producción (un film por año en el caso de Allen y Chabrol) y resultados cosechados. Aunque no cuente ya entre sus objetivos realizar una obra maestra (ambos cineastas son suficientemente inteligentes para entrar en estas consideraciones) los filmes de Chabrol desde finales de la década de los ochenta son por lo general notables, cuando no excepcionales, y tras ellos se siente esa misma idea que planteaba Jeff Tweedy, simplemente una persona (o un grupo de personas) haciendo una película de la mejor manera posible.

Asimismo, tanto Chabrol como Allen, como aquellos pintores que regresan una y otra vez al mismo punto para tratar de captar las diferencias lumínicas sobre un determinado paisaje, han variado en poco su registro e intereses temáticos de un film a otro, de una década a otra, y por norma general han dirigido sus dardos empapados de ironía hacia la media y alta burguesía de sus respectivos países. Los oficios artísticos o liberales, los buenos restaurantes, las apariencias y los asuntos del amor y el sexo, son (y serán) lugares comunes en sus películas.

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El cineasta francés ha conseguido en muchos aspectos retomar, sin traicionar sus principios, la senda de aquellos autores-cineastas a los que admiraba en su época de crítico, Hitchock y Lang a la cabeza —pero también Agatha Christie y Simenon—, y realizar con ritual seguridad mordaces comentarios sobre la sociedad de su tiempo. Comentarios que vienen marcados, y ahí es dónde sus maestros se nos revelan con claridad, no tanto por lo explícito de los diálogos o temas desarrollados, sino por una precisa utilización de la puesta en escena como terreno abonado para la confrontación visual y la ironía.

La chica cortada en dos

En esta ocasión el director de Las Ciervas (Les biches, 1968) se acerca a un suceso criminal pasional que ya había sido tratado con anterioridad por Richard Fleischer en la excepcional, La Muchacha del Trapecio Rojo (The girl in the red velvet swing, 1955) , si bien allí las pasiones estaban mucho más exacerbadas y la tensión prefiguraba la tragedia de forma más evidente. Chabrol renuncia en gran medida al mundo de los sentimientos y lo pasional. Prefiere evitar cualquier ápice de compasión, implícito de alguna manera en todo crimen pasional, puesto que aquí, el crimen, es menos importante que los juegos de poder y las relaciones de clase o género entre sus personajes.

La frialdad de su exposición es similar a la que demuestran sus protagonistas masculinos en sus relaciones con la joven protagonista. Charles Saint-Denis (François Berléand) es un maduro escritor de éxito que vive discretamente en un lujoso y moderno chalet de las afueras de Lyon junto a su mujer, mientras mantiene un discreto apartamento en el centro para sus escarceos sexuales — “para escapar del silencio del campo”, son sus palabras—. Paul Gaudens (Benoit Magimel), su rival, es un extravagante jovencito y rico heredero de una familia farmacéutica que vive junto a su madre y hermanas en una decadente mansión. Si bien Charles es un cínico, Paul es la caricatura andante de un mimado niño-bien. Ambos sucumbirán a los encantos de Gabrielle (Ludivine Sagnier), una joven presentadora de la televisión local, dotada de una belleza “angelical” (de hecho son numerosos los hombres que se refieren a ella como “un ange”, aunque se olvidan que la característica principal de estos seres es que, amén de ser alados, carecen de sexo, cuando en realidad ésto es lo único que les importa) y ciertamente naif , que el poder corruptor de ambos terminará por destrozar.

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Como decía, el filme deja de lado lo pasional (tan sólo Gabrielle será sincera en cuanto a sus sentimientos) en favor de un análisis cruel del comportamiento masculino. La visión de la belleza (la belleza femenina, para ser más exactos) siempre ha conducido al hombre a cometer los actos más crueles y estúpidos. La voluntad infantil de tomar aquello que se desea sin otro objeto que dar cuenta del placer inmediato que ello supone, para luego abandonarlo una vez ha satisfecho nuestros deseos, es en gran medida el centro del filme. Gabrielle debe sortear continuamente los asaltos de los hombres que se topan en su camino, y cuando finalmente cede a sus sentimientos descubre que ha sido utilizada. Charles, un hombre maduro, de fuertes principios morales, no vacila a la hora de desaparecer de la ciudad por unos días y cambiar la cerradura de su apartamento por todo aviso de ruptura en su relación con Gabrielle.

Los protagonistas masculinos se mueven en los territorios que oscilan entre el deseo de poseer una puta que satisfaga sus deseos sexuales y una santa que levite a su alrededor pero que carezca de existencia propia. Es la más vieja historia, cierto, pero las viejas historias son las que se repiten una y otra vez.