Written, directed and edited by John Sayles. El penúltimo crédito antes del título, Honeydripper, nos remite directamente a la personalidad de Sayles. Insobornable autor, auténtico independiente y cineasta clásico, el director ha ido elaborando una tras otra piezas para el análisis de ese fenómeno que son los USA. Basándose en una excelente capacidad de redacción, Sayles crea como nadie personajes extraídos del mundo real, brillantes diálogos y situaciones que nos muestra en historias fluidas. No en vano es su labor como guionista (acreditado o “negro”) para autores comerciales la fuente de ingresos que le permite seguir como francotirador enfrentado a rancios vicios de la sociedad americana, desgranados en películas que pocos tienen interés en ver. Sayles ha revisado la corrupción de su país, sea en el ambiente político (Hombres armados, Silver City), en el urbanístico o en ambos, en zonas urbanas (City of hope) o rurales (Sunshine State), en el deportivo (Eight men out), en el laboral (Matewan). Y, también, el dolor de sus habitantes, gente golpeada por la pobreza que queda oculta tras la capa más reluciente del sueño americano y que buscan su refugio y su segunda oportunidad en un Limbo. Como buen guionista, no obstante, no ha renunciado a historias intimistas. Pese a su apariencia de duro, Sayles se ha movido, y tal vez conmovido, por mujeres en crisis y de ellas ha hecho excelentes retratos femeninos (Lianna, Passion Fish, La casa de los Baby). Todas las historias, no obstante, compartían ambas inquietudes, la sensibilidad social y el tacto exquisito por la introspección en el corazón humano (dejando de lado la, por otro lado excelente, Secreto de la isla de las focas que era un bello cuento fantástico). Así, en Lianna se debate la visión que de la homosexualidad femenina tiene la sociedad conservadora yanqui, en Passion Fish se toca junto a la minusvalía el tema siempre presente del racismo y en La casa de los Baby el racismo es la cara oculta de la solución que un grupo de mujeres tiene para su esterilidad, una esterilidad un tanto metafórica.

En su mejor historia, Lone Star (1996) —junto con Hombres armados, 1997 (su única fuga al sur de la frontera de Río Grande, a la tierra caliente Guatemalteca y basada en su novela Los gusano) forman un dueto que compone uno de los mejores retratos cinematográficos de los USA y de su ámbito de influencia en los 90—, Sayles se las componía admirablemente para describir la contraposición racial y social de un grupo humano (el melting pot de los USA), una bellísima historia de amor y un thriller. Todo ello aderezado con hasta tres historias paralelas, complejas y bien construídas. Si cuento todo ello, revisando la obra de Sayles, es por que una buena película como es Honeydripper se revela, en comparación con aquella obra, como un divertimento. Un divertimento que comete el pecado de entretener a los espectadores habituales de un director que acostumbraba a emocionarnos y conmovernos. ¿Un pecado del director o un fruto de la inflexibilidad del crítico? Lo cierto es que la historia del viejo pianista, recluido en Harmony —irónico nombre para la población, en la que la esclavitud persiste en los campos de algodón del juez, recolectados por prisioneros reclutados a la fuerza por el sheriff, que duermen en la cárcel (dónde comparan ésta con olores y espacio de celdas de otras ciudades, alguna de ellas llamada Liberty, en una de las escenas secundarias que roban interés a algunas de las argumentalmente principales)—, un pueblo de mala muerte en la Alabama de los 50, y del Honeydripper, un local a punto de caer en manos de los mafiosos y (de nuevo) los especuladores, no va mucho más allá de lo definible en una sinopsis. Sayles presenta con trazo de maestro a sus personajes: al veterano Tyrone Purvis, a su esposa Delilah y su amigo Maceo, así como a secundarios impagables como la vieja cantante de blues y su “gigoló”. Sin embargo, no hay búsqueda alguna de profundidad en el pasado de Ty (mucho mejor presentado en las apariciones de un fantasma cuyas baladas blues comentan la acción que en el acartonado flash back), en la ama blanca para la que Delilah limpia la plata (aparición de Mary Steenburgen, una de las incondicionales de Sayles) o del tópico sheriff racista (interpretado por un obeso ex Mike Hammer, Stacy Keach). Por ello, y estando basada en una historia de triunfo comunitario, con el concierto rockero como escena clave, con la superación fácil de los elementos de oposición dramática (la mafia, el sheriff, la ruina económica, la rotura sentimental), Honeydripper queda muy lejos de la profundidad dramática de City of Hope o Matewan, de la dureza de Limbo o de la sensibilidad de Passion Fish. La presencia de Danny Glover y la celebración grupal de un nuevo signo de identidad cultural (en este caso de la sociedad negra americana aunque la música rock les sería, también, pronto arrebatada favor de los blancos) acercan Honeydripper a otra cinta con la que actualmente comparte cartel, la divertida y estimulante Be kind, rewind de Michel Gondry. Ambas constituyen sendas celebraciones grupales de la sociedad americana de sus iconos. En el caso de Rewind, ... substituyendo la figura de Fats Waller por la digestión y simbiosis con los nuevos iconos cinematográficos mediante el uso del video. En el caso de Honeydripper mediante el uso de la guitarra eléctrica para diseminar las semillas que el blues fue dejando durante la primera mitad del siglo XX.

Queda por todo ello una sensación extraña tras el visionado de esta última película de Sayles. Por un lado, la sensación de deja vu que tiene el guión (¡premiado en Zabaltegui), un guión demasiado ortodoxo, demasiado simple y por ello demasiado insatisfactorio, si lo comparamos con la obra elaborada que el autor nos ha ofrecido antes (O incluso si lo comparamos con cintas ambientadas en el mismo entorno como Manderlay (2005) de Lars von Trier y también protagonizada por anny Glover, o con la suave A gathering of old men (1997) de Volker Schondorff). Por otro lado, el enorme disfrute de contemplar, por una vez, una historia de Alabama que no nos oprime el corazón, que permite ver como el paso del tiempo se lleva a los veteranos pero que da pie para que los jóvenes (tanto el Guitar Sam como los niños que juegan, descalzos, a ser músicos) puedan gozar de alguna oportunidad más. Y, por supuesto, de una gozada musical equivalente a la que veíamos y escuchábamos en el Kansas City de Altman, viendo la evolución del blues más básico, de voz y armónica al rock electrificado que abre una nueva vía hacia el rock. No obstante este disfrute podría proceder de algún otro director más anónimo y menos personal que Sayles. De nuevo plantear, ¿es incorrecto o es una exigencia vana? Quizá debería bastarnos gozar ahora de la propuesta (carpe Diem) y esperar que Sayles cargue bien sus baterías para nuevas películas y pedirle que regrese por sus fueros diciéndole “Rebobine, por favor”.