Iron Man (Jon Favreau, 2008)

Por Enrique Pérez Romero

Dulce ideología tóxica

Existe un cierto tipo de cine —casi siempre estadounidense— que me gusta denominar circense, o de fuegos artificiales, o de sombras chinescas. Esto es así porque la narración importa poco, y el contenido que la sustenta aún menos. Son películas que, en el magma audiovisual contemporáneo, son prácticamente miméticas respecto, por ejemplo, al universo de los juegos para consola. Por principio no tengo nada en contra de este cine, excepto, eso sí, que debemos tener muy claras sus pretensiones, que son a su vez fuente de sus virtudes y de sus limitaciones. Sin embargo, cuando, bajo la pátina frívola y aparentemente inocua de un mero truco de magia o de un malabar sorprendente, se trata de deslizar una ideología determinada, así como si nada, como lo que ocurre sin nunca haber sucedido, es entonces cuando la beligerancia hacia este tipo de productos puede con mi pasión por el sentido del espectáculo.

Iron man (Jon Favreau; EE.UU, 2008) intenta decirnos que el dueño de una empresa dedicada a la venta de armas (Tony Stark/Iron man/Robert Downey Jr.) descubre, tras haber sido encerrado en una cueva afgana, que su destino consiste en hacer el bien, eliminar las armas del mundo y emplear su estrategia inventada con el objetivo de huir de aquella catacumba asiática (el consabido “hombre de hierro”) para perseguir a los que buscan enriquecerse vendiendo armas. Dicho de otro modo: en un contexto internacional en el que buena parte de los problemas del mundo (crisis económica, tensión bélica, conflictos concretos, hambre, etc.) se deben a las guerras emprendidas por Estados Unidos en el continente asiático (Irak, Afganistán), unas cuantas multinacionales audiovisuales (Paramount, Sony, etc.) pretenden decirnos, a través de un filme como Iron man, que el mismo factor detonante (la ideología capitalista y bélica definida en el personaje de Stark) es el que puede salvar al mundo de todos esos males. O sea, George W. Bush en estado puro, tratando de apagar incendios previamente inflamados. Es inaceptable. Y que el filme deslice, para más inri, una ladina estrategia de marketing del último modelo de Audi, la última moda en terminales móviles LG o la comida rápida de Burger King resulta ya, por descarado, puramente grotesco.

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Si realizo esta larga digresión extra-cinematográfica es por dos razones; la primera, porque me parece esencial llamar la atención sobre el modo de pensar que preconizan determinadas películas supuestamente inofensivas y, segundo, porque en lo cinematográfico el filme no posee demasiado que comentar. El despliegue de medios técnicos, eso sí, está controlado por un especial sentido de la plástica visual, logrando que las apariciones de Iron man se nos ofrezcan revestidas de un notable sentido de lo estético y de una atractiva sensación de juego convertido en realidad. La atribución de este (único) mérito del filme resulta más complicada que su enunciación, ya que parece difícil observar en su televisivo realizador, cuyo máximo éxito entre nosotros ha sido Elf (EE.UU., 2003), la capacidad suficiente para diseñar ese impacto icónico.

Es necesario comentar el buen trabajo de un Robert Downey Jr. magnético y eficaz en la fusión de la ironía con el drama, creíble como alto ejecutivo, y hasta como hombre de hierro, aunque no tanto como arrepentido proveedor de muyahidines. Su empeño, así como la excelente presencia malvada del siempre carismático Jeff Bridges (Obadiah Stane), dignifican un filme que, más allá del mero entretenimiento olvidable, no posee nada más. Su constante demanda al espectador de la suspensión de la credibilidad acaba por ser negada, cuando ya no hay quien encaje las piezas ni con la máxima de las paciencias. Pero, sin duda, lo peor de este nuevo caramelo hollywoodiense es que viene relleno de una miel tóxica que, poco a poco, se va inoculando en las venas de todos los ciudadanos del mundo, hasta el punto de que, ya a estas alturas, y tras muchas décadas de trabajo concienzudo por parte de Hollywood sin excesivas denuncias —aunque sí con numerosos cómplices—, siguen siendo demasiados los que creen que los pirómanos y los bomberos pueden estar del mismo lado.