La antena (Esteban Sapir, 2007)

Por Celina López Seco

La antena, segundo largometraje de Esteban Sapir después de Picado fino , 1994, también explora las posibilidades del sonido. Pero ésta vez radicaliza la apuesta y construye una película muda, en blanco y negro que dialoga con una tradición cinematográfica, como la del expresionismo alemán, el cine de los Meliés, el cómic, entre otros, más que con el contexto de producción. Lo cual es destacable en cuanto al cine argentino de exportación se refiere, generalmente caracterizado por su grandilocuencia discursiva como El Hijo de la novia de Campanela, No sos vos soy yo, Quién dice que es fácil, ambas de Taratuto. Pero tampoco se reconocen en ésta película filiaciones en relación a otro cine argentino, aquél que busca un nuevo lenguaje y recorre festivales, más que salas comerciales, como La libertad de Lisandro Alonso, La ciénaga de Lucrecia Martel, o Nacido y criado la última película de Pablo Trapero, por citar sólo algunos ejemplos.

La historia de La antena está situada en una ciudad cualquiera, fría y gris. La nieve y la oscuridad es la constante compañía para unos personajes melancólicos que deambulan dominados por la tiranía del Sr TV.

La ceguera y dominación de los mass media y la aventura de recuperar la voz funcionan como mac guffin dentro de ésta fábula orwelliana donde todo parece estar dicho y profetizado. Es así que Sapir construye una interesantísima propuesta estética servido de una supuesta mirada política.

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Pero, y esto es esencial a la hora de pensar el cine, la categoría de cine experimental con la cuál ha sido promocionada, está más en relación con silenciar a un pueblo verborrágico y con presentarse como un páramo dentro de la producción nacional, que con la búsqueda de una nueva mirada. Ya que el espectador tiene poco y nada que aportar para darle sentido al relato porque el mismo está cerrado y listo para ser mostrado/ decodificado/ consumido? en los mismos términos en los que fue planteado: La antena es un filme mudo con el fluido ritmo de la temporalidad y la puesta en escena del cine clásico.

La cuestión entonces del cine experimental tiene que ver también con una apuesta política que va más allá del tema, de la palabra o del silencio expuesto. Y que se sitúa justamente allí donde el autor propone una nueva posición de sujeto que equivale a una nueva posición en la mirada. Esto es, la construcción de un espacio, imagen, discurso donde se plantea la presencia de un espectador activo que colabora, participa y completa el sentido del filme. Donde el valor de la entrada no equivale sólo al tiempo transcurrido dentro de la sala cinematográfica.

Pero, todas estas son nociones que ameritan una discusión aparte, y que exceden a una crítica cinematográfica, me quedo con La antena por momentos desprolija y quizás por ello totalmente disfrutable.