Entre las pocas certezas a las que llegué tras terminar de ver el último filme de los hermanos Wachowski (ahora presuntamente hermano y hermana, puesto que según algunas informaciones Larry se ha efectuado un cambio de sexo), la más importante es que había que reflexionar antes de emitir un juicio: no se trata de una película cualquiera. En segundo lugar, enseguida estuve seguro de que estaba ante uno de esos filmes que hay que revisar, puesto que contiene tanta información (cuantitativamente en lo visual y cualitativamente en lo verbal) que es prácticamente inaprehensible en su totalidad tras un primer visionado. Y en tercer lugar, y muy relacionado con lo anterior, estaba seguro de que acababa de ver una obra rabiosamente contemporánea y, en cierto modo, quizá vanguardista; y el primer detalle que asevera ese paralelismo entre el filme y los tiempos que corren es, precisamente, esa avalancha de estímulos informativos que, a estas alturas del recién comenzado S. XXI, hemos renunciado ya a asumir en su completitud.
A partir de aquí, y tras estas escasas y puede que hasta frágiles certidumbres, todo lo que se diga de este extraño e interesantísimo experimento hay que ponerlo en la cuarentena del paso del tiempo. Estando seguro de que se trata de un filme que merece, al menos, la máxima atención, sólo el paso de los años nos ayudará a confirmar si se trata de una obra mediocre o excelente. Yo me decanto, hoy por hoy, por esta segunda posibilidad.

No son estos peculiares hermanos nada prolíficos, aunque con la trilogía Matrix (1999-2003) (The Matrix, The Matrix reloaded y The Matrix revolutions) y todo el entramado icónico y comercial generado a su alrededor (estética urbana, videojuegos, entretenimientos en red, música, trailers y cortometrajes, etc.), han parecido omnipresentes durante años. Su debut, Lazos ardientes (Bound; EE.UU., 1996), apareció como una película visualmente fascinante y de atrevidísimo contenido ético, y Matrix (The Matrix; Australia-EE.UU., 1999) supuso, a estas alturas ya sin ningún género de dudas, un antes y un después en la Historia del Cine; no es este el lugar para ese estudio, ni de sus causas ni de sus consecuencias, pero el filme que planteaba temas cruciales, artimañas escenográficas brillantes y argucias narrativas dignas de análisis ciertamente ocupa ya un lugar indiscutible en el desarrollo del cine moderno, aunque no sea, en mi opinión, una influencia basada en su excelencia sino más bien en su representatividad. El resto de la trilogía supuso, ante todo, una operación comercial que dio como resultado dos filmes de una irregularidad desazonadora y de una densidad pseudofilosófica indigerible. Así pues, durante los doce años que median entre Lazos ardientes y Speed Racer tan sólo han firmado cinco películas reductibles a tres.
Toda su obra está muy trabajada, muy meditada. Y toda su obra está en clara conexión con su tiempo y, por qué no decirlo, al menos un paso por delante. Si la sobreabundancia informativa de Speed racer supone un trasunto del océano de estímulos en que las nuevas sociedades tratan de mantenerse a flote y, en este sentido, un magnífico ejemplo de la contemporaneidad del filme, existen razones de más peso. Y es que la película funde, no en un universo informe y azaroso sino mediante estrategias de montaje rigurosas y muy significativas, prácticamente todos los universos icónicos conocidos: la pintura, el cómic, los juegos de consola, el diseño infográfico , el lenguaje web, la animación, la imagen televisiva y hasta el silueteado de los antiguos álbumes de cromos (siluetas que se emplean constantemente como cortinillas de transición, en un ejemplo de recuperación y puesta al día de un recurso narrativo clásico). Pero no se trata de una fusión de ruptura, y he aquí uno de los síntomas de inteligencia de sus autores, sino de una fusión de integración: se encuentra imbricada con multitud de rasgos del cine/audiovisual clásico. En este sentido, el beso final entre los jóvenes protagonistas (que nos retrotrae paródica pero cariñosamente a la época dorada de Hollywood) roto por la aparición sobreimpresionada de las siluetas de dos personajes secundarios, se convierte en metáfora de uno de los conceptos clave del filme, en lo formal y en lo semántico: no hay más remedio que avanzar teniendo en cuenta lo antiguo, ambos conceptos se necesitan y se complementan. Hay multitud de detalles en esa misma línea a lo largo de toda la película, y esa es la razón por la que tenemos la sensación, al terminar de verla, de que hemos asistido a una revisión frenética de las décadas de los noventa, ochenta, setenta y hasta sesenta pero que, al mismo tiempo, es muy posible que dentro de una década veamos cómo se hacen películas con muchos de los rasgos que caracterizan a Speed racer.

El filme de los Wachowski se instala en la vanguardia no sólo por cómo nos cuenta la historia, sino también por la historia que nos cuenta o, mejor dicho, por los conceptos esenciales que hay detrás de esa historia. Se trata de una idea fundamental, que late detrás (y, muchas veces, delante) de la mayoría de debates y opiniones que podemos encontrar en los medios de comunicación de masas y, también, en numerosas reflexiones del arte contemporáneo: la lucha del individuo contra el sistema. Se trata de una idea cada vez más viva en la sociedad y que, a tenor de lo que podemos extraer de los nuevos discursos artísticos, filosóficos y comunicativos de nuestro tiempo, reforzará su protagonismo en un futuro inmediato. Speed racer nos plantea una narración en la que un joven piloto pretende triunfar en el mundo del automovilismo (Speed/Emile Hirsch) a través de la modesta escudería de su padre (Pops/John Goodman), pero para ello se tendrá que enfrentar a los grandes intereses económicos de las gigantescas empresas que dominan el mercado; así, tendrá que elegir entre sus sentimientos (su gran ídolo es su hermano Rex-Racer X/Scott Porter-Matthew Fox, que murió precisamente en la misma lucha contra las grandes escuderías) o integrarse en el éxito seguro de quien tiene el poder. Finalmente, chocará frontalmente contra la realidad, pero la disidencia in-extremis de una mujer cercana al poder será clave para demostrar que el triunfo al margen del sistema es posible.
No se trata de una reflexión precisamente ingenua, sino más bien seria, y a tener en cuenta en un momento histórico en que cunde la evidencia de que el sistema económico y social en que vivimos ya no sirve, y muchas voces claman contra él mientras otras difunden su permanencia ineluctable. La película emplea unos diálogos muy directos y discursivos, a pesar de ser escasos, para exponernos las ideas que revolotean en torno a la reflexión principal: que el sistema se puede cambiar, pero es casi imposible sin la ayuda de alguien que esté dentro y pertenezca a su élite. Si el mensaje final de que «los tramposos siempre pierden» se encuentra en la línea del filme dedicada al público más joven, otras ideas como que «no importa si no se pueden cambiar las carreras, lo importante es que las carreras no te cambien a ti» entroncan con la línea más adulta y sólida. También resulta muy interesante, en esa tendencia global del filme a imbricar pasado y futuro, la idea de familia que propone: la familia es importante (idea considerada del pasado que se está recuperando en el presente), pero cada uno decide lo que es su familia (idea inaceptable en el pasado que se está consolidando en el presente); se trata de un concepto totalmente contemporáneo, que los Wachowski parecen reforzar irónicamente con la presencia de un mono como miembro activo del núcleo familiar.

En este sentido, Speed racer resulta un cúmulo de mensajes altamente positivos para afrontar el mundo contemporáneo: la lealtad a algunos principios esenciales, el respeto profundo a los propios sentimientos, la coherencia en la actuación, la idea de un individuo libre para decidir pero que no logra sus objetivos plenamente si no es a través de la acción colectiva, la posibilidad de romper con el sistema desde su interior, el valor de la honestidad y la coja huida del delincuente. Son, en fin, ideas fundamentales en nuestro nuevo mundo que los hermanos Wachowski ofrecen consistentemente a través de un discurso compacto, pero revestidas de una aparente pátina de idealismo e ingenuidad que la dotan de una especial eficacia para todos los públicos . En el fondo, son coherentes con su propio discurso: ejercen desde una posición privilegiada dentro del sistema (el éxito en Hollywood) una disensión con el propio sistema (el alejamiento de los códigos clásicos y el rechazo a la idea del éxito asociado al simple progreso económico y social).
La brillantez técnica del filme se defiende sola y, por otra parte, no es uno de los aspectos que merezcan más comentario. A excepción, eso sí, de un concienzudo trabajo con el color y de una poderosa abstracción icónica, convirtiendo muchas veces la imagen en un conjunto de puras manchas lumínicas y cromáticas que ejercen una potente fuerza fascinadora y que, en algunas escenas, recuerdan al Stanley Kubrick más radical del viaje al infinito en 2001: Una odisea del espacio (2001: A space odyssey; Reino Unido-EE.UU., 1968). También encontramos en Speed racer a Quentin Tarantino y a Tim Burton, otros dos grandes rastreadores de la modernidad y, en ocasiones, arriesgados adalides de la vanguardia. Esa línea que une al maestro Kubrick con los cineastas de nuestro tiempo es también la misma línea que, en todos los órdenes, marca Speed racer: la fusión de la tradición y del futuro.

Una de las escenas más emotivas y narrativamente relevantes del filme es aquella en que la madre de Speed (Susan Sarandon), trata de hacerle ver que lo más importante es ser leal con lo que uno piensa y siente, y con aquellos a los que quiere. Es también una de las escenas más clásicas, rodada en un plano/contraplano fluido pero nada rupturista. Es, por todo ello, una de las que mejor refleja la identidad de una película que alude a muchas de las armas del cine del futuro sin renunciar a las grandezas del cine del pasado: la fuerza de los diálogos para expresar sentimientos e ideas, la irrefrenable potencia de la narración. En el fondo, Speed racer realiza una magnífica amalgama de espectáculo, fascinación visual, relato clásico, fuerza emotiva y carga ideológica. Si tuviera que decidir si el futuro del cine se encuentra más en una película como esta o en otra, también notable pero completamente distinta (abstracta en lo narrativo, ardua en lo ético y lo emocional, alambicada en lo visual), como INLAND EMPIRE (David Lynch; Francia-Polonia-EE.UU., 2006), diría que los Wachowski parten con ventaja. Aunque lo más probable es que los unos deban desprenderse de una cierta tendencia hacia la frivolidad circense y el otro de una indigesta carga de elitismo sesentayochista. Y, por tanto, el futuro del cine es probable que se encuentre en un punto intermedio entre ambos, o en otro camino que ahora no podamos imaginar.