4 meses, 3 semanas, 2 días (Cristian Mungiu, 2007)

Por Manuel Ortega

24 horas (y la eternidad)

Tiene el filme de Mungiu algo que le diferencia de otras propuestas con las que comparte epítetos, referencias y lugares más habituales que comunes. Tiene la fuerza expresiva de su propio condición de artefacto, de pieza de cámara (de cine), de ejercicio de estilo que no sacrifica en ningún momento su precisión en aras de nada que tenga ningún parecido con el cuento moral ni sus diferentes variantes. Y eso que el tema parece prestarse con deleite a la utilización ambigua de su propia naturaleza, al afán discursivo, tan en boga y tan simple, y a la incomoda diatriba de llegar a una conclusión que justifique el camino elegido. Asuntos todo estos que tienen tanto que ver con la propia naturaleza del cine como las palomitas, la coca cola con demasiado hielo o esos horribles nachos con queso que uno ha de respirar en ciertas multisalas.

También tiene 4 meses, 3 semanas, 2 días la impronta del cine destilada desde la matriz hasta la consecución  y las últimas consecuencias, más allá de primeras impresiones no apta para impresionables. Comparte, en este caso, con A l’interieur (otra de las grandes películas europeas del año pasado) su visión visceral de lo psicológicamente establecido, su miedo atávico a lo predestinado por nuestra propia naturaleza, su declaración de rebeldía ante la imaginería aceptada de la maternidad, y sus provincias, y la fílmica constatación de que el andamiaje genérico es la prueba de que un esqueleto bien formado hace que todo el cuerpo vibre al son de la narrativa que sea acorde. Que se puede ser autor sin tener que inventar la sopa de ajo y sin comerla.

Por eso hay que celebrar en el más amplio sentido de la palabra que esta modesta producción rumana fuera capaz de competir y doblegar a propuestas más oficialistas como las de Sokurov, Breillat, Kusturica, Van Sant o Reygadas y que lo hiciera desde una perspectiva compleja y diferente donde primara ante todo la labor de puesta en escena, limpia, coherente y precisa. Una puesta en escena que toman a Otilia como referente inexcusable y la acompaña durante todo el metraje menos cuando ella no quiere. Dos escenas magníficas marcan la cohesión del discurso y la potencia de sus elementos. La primera sería aquella en el que el Señor Bebe (uno de los personajes más humanamente terroríficos que recuerdo desde el estrangulador de El estrangulador de Boston) se acuesta con ella como pago por practicarle el aborto a su amiga. La cámara deja pudorosamente la habitación y acompaña a esa amiga al cuarto de baño mientras dura la penetración. El sacrificio de Otilia nos es presente aunque no visible por respeto a la heroína y a su entrega de amistad nada exhibicionista.  La segunda es justo al final y da sentido a lo que dura un día marcado para la eternidad. Otilia y Gabita están sentadas en el restaurante del hotel mientras la segunda cena carne tras que todo haya salido bien (?). En un momento dado Otilia le dice a su amiga que lo que ha pasado no se lo deben contar a nadie y que la historia ya ha terminado. Tras 10 segundos de silencio, Otilia gira su cabeza hacia la cámara con cara de pocos amigos y el director decide acabar la película justamente en ese punto. La decisión estremece y es una declaración de principios (o más bien de finales) por parte de Mungiu. Lejos de la utilización moralista que hace Haneke de lo metacinematográfico a lo largo de su obra, el joven director rumano  hace de la moral (de los perdedores, a pesar del supuesto “happy end”) el verdadero sentido del viaje.

Aunque la  escena que resume la película (y la obra de un director que empieza) no es una cámara que se esconde ni que se apaga. Es una cámara que se está quieta. Y entre abortos, fetos, dictadura, miedo, cárcel, homicidios y acusaciones de asesinato, lo peor sin duda es un cumpleaños (el del novio de Otilia) que rodado con un plano fijo y que cada vez parece más pequeño y estrecho, delimita y marca la verdadera tesis de lo que nos cuenta: la opresión de una dictadura entre familiar y clasista, a pesar del cacareado comunismo, que aplasta a los débiles y sobre todo a la mujer y su libertad de acción. Y todo contado sólo con una cámara que es más lista que el hambre y que el hombre.