Adios a MI concubina (Ba wang bie ji. Chen Kaige, 1993)

Por J.A. Souto Pacheco

La historia no-oficial

Adiós a mi concubina supuso el espaldarazo definitivo a la obra de Chen Kaige, al menos por estas latitudes. Sus películas anteriores, entre las que destacan Tierra amarilla y La gran parada, habían cosechado un escaso eco entre la crítica y el público occidentales. Mientras Zhang Yimou, acaparaba todo el protagonismo internacional del cine chino, sobre todo a raíz de la Palma de Oro por La linterna roja, otros directores del país pugnaban por salir a la palestra.

La cinta está basada en una novela de la escritora china Lilian Lee pero es un reflejo muy personal de las vivencias y el ideario del propio Kaige. En 1966, China acababa de ser presa de la archiconocida Revolución Cultural. Chen Kaige, como muchos de los jóvenes de la época, soñaba con ser Guardia Rojo. Con 14 años, acusó a su padre, un cineasta de prestigio de la era maoísta, de ser un contrarrevolucionario ante los jóvenes que habían venido a interrogar a su familia. Una escena similar, y quizás una de las más duras, se puede ver en Adiós a mi concubina. Kaige no fue consciente de la gravedad de su denuncia hasta que pasaron unos cuantos meses y el adoctrinamiento político fue menguando. Enrolado en el ejército popular fue enviado a Laos en 1968, para regresar a China en 1975. Allí, pasó unos meses en una fábrica hasta que un amigo le habló de la Academia de Cine de Pekín, donde se diplomó en 1982 junto a Zhang Yimou, Tian Zhuang y Liu Miao.

Como la mayor parte de este grupo de creadores, la conocida “Quinta Generación”, Kaige es un zhiging, uno de aquellos jóvenes de clase acomodada que vieron cortada su vida y sus estudios por la fatídica “Instrucción del 7 de mayo”, que pedía a los estudiantes urbanos completar sus proceso educativo trasladándose a vivir y trabajar con las masas campesinas. Desde entonces, Kaige aborda en sus películas sus temas favoritos, a través de una serie de personajes típicos de la China profunda. Miembro de una generación perdida, marcada por la insatisfacción y la desmoralización, sus películas reflejan la desilusión política producida por este obligatorio periplo reeducativo y por el devenir de la China contemporánea.

La película muestra algunos de los aspectos más importantes de la vida y  el arte en China. Los dos protagonistas son actores conocidos de la Ópera de Pekín y, a partir de sus historias personales, sus enfrentamientos y maneras de enfocar el arte primigenio de la música china, Kaige reconstruye la azarosa biografía de su pueblo desde 1925, cuando los militares gobernaban la ciudad de Peiping posteriormente convertida en capital de China con el nombre de Pekín, hasta 1977, poco después del fin de la Revolución Cultural. En medio quedan períodos como el duro aprendizaje al que deben someterse los aspirantes a actores, la invasión japonesa, en 1937, y el estallido de la revolución proletaria.

Se trata, por lo tanto, de la historia oficial contada, sin embargo, desde el ámbito privado e íntimo de tres personajes, dos actores de la Ópera de Pekín, amantes, y una prostituta que acaba casándose con uno de ellos. El filme cuestiona la evolución de la sociedad china y convierte el mundo del teatro en que se mueven los protagonistas en un foco de resistencia de los cambios que experimenta una sociedad que vive en otra órbita.

Con un tempo lento, perfecto para la historia y la forma en que la cuenta, Kaige muestra un mayor interés por las posibilidades expresivas del plano, por su composición pictórica y cromática, que por el componente dramático. Su cine se articula a partir de imágenes, sonidos, música y eventuales diálogos. Es el triunfo del lirismo de las pequeñas cosas, de lo cotidiano. Frente a una institución que oprime, niega e ignora al ser humano, la película toma partido por la defensa de los valores individuales.

Adiós a mi concubina es una historia de amor y traición, de una pasión y lo que significa ser artista. Al mismo tiempo es un reflexión sobre la responsabilidad colectiva e individual de lo sucedido durante la Revolución Cultural. Cheng Dieyi, el protagonista de la película, confunde vida y teatro del mismo modo en que Kaige fusiona vida y cine e incluso su identidad sexual, hombre y mujer. Seguramente ambos tan sólo persiguen un ideal de belleza. En el caso de Kaige resulta más que evidente que consiguió su propósito.