Empieza el espectáculo (All That Jazz. Bob Fosse, 1979)

Por Manuel Ortega

La muerte nos sienta tan bien

Si hay una película sobre la vida estaba claro que iba a estar centrada en la muerte. El final del camino, el principio del viaje, lo que quieran. Pero la muerte, la parca, la puta calavera presente como leitmotiv trágico y al mismo tiempo cómico, divertido e incluso agradable. Presente porque siempre lo está en nuestras vidas como el ayuntamiento en nuestro pueblo o los ojos en tu cara. Hablar de la muerte en el cine daría para otro especial, invocar a Ordet, El séptimo sello, Sacrificio, 2001 o El sexto sentido tampoco tiene mucho ídem realmente. Para hablar de la muerte del cine ya tenemos a Greenaway al que realmente lo que le encantaría estar en este especial. Pero es otro asunto. Pero para hablar de la muerte en general están los curas, los médicos y los artistas. Y con esos últimos hemos (debemos, tenemos) que quedarnos. Con un artista muerto, con Bob Fosse.

All that Jazz es el "The show must go on" del cine pero sin voz engolada y sentimentalismos post mortem para la vida de los que nos quedamos. Es uno de esos cantos desenfadados que nos reconcilian con lo que nos rodea y nos hace plantearnos cuestiones que, entre reuniones de trabajos, salidas nocturnas y carritos del Día, se nos escapan entre el hueco que dejamos al apretar las manos o  los dientes. Es ante todo una despedida a la que todos estamos invitados y que todos tendremos que organizar aunque no tengamos demasiadas ganas. Bob Fosse la hace pública, desnuda su piel para ofrecernos el tuétano de su partida y quedarse tan pancho de consumido y enfermizamente digno. Dignamente intoxicado por el aura de cineasta contagiado de lo que hace y de como lo hace, el artista polifacético que se despide con una antología de su resumen, el enamorado de la vida que se casa con la novia de los legionarios (viva la muerte también sería un buen nombre para un artículo sobre All That Jazz), el director de cine, el de teatro, el coreógrafo, el actor, el bailarín.

No es extraño que el guionista de tres películas tan reveladoras en lo antropológico, lo ideológico y lo metafísico como (y no forzosamente  por ese orden)  Donde la ciudad termina (Edge of the city, Martin Ritt, 1957), El hombre de las pistolas de oro (Warlock, Edward Dmitryk, 1959) y Grand Prix (Id, John Frankenheimer, 1966) fuera el encargado de acabar también su carrera con este libreto. La elección de Robert Alan Aurthur añadió profundidad a ese carácter testamentario constante y consiguió crear un personaje imaginario llamado Angelique que ponía el contrapunto al personaje demasiado real de Joe Gideon. Era la muerte bailando al compás que le marca un vividor. Su coreógrafo al fin y al cabo, yo marco el minuto que decía la buena de La Mala.

Esta obra a calzón quitado comparte con la colorista Los paraguas de Chesburgo y la cegarruta Bailar en la oscuridad el privilegio de ser los 3 únicos musicales galardonados con la Palma de Oro de Cannes. Pero musicalmente es más nouvelle que la de Demy y más moderna que la modernez del mesías danés de ego y apellido inflados. Su sentido del ritmo y del aprovechamiento del espacio no sólo está en los alucinantes números bailados, sino que se extiende a la planificación y al tempo de la mayoría de las escenas. Desde la rutinaria presentación de los hábitos de nuestro antihéroe hasta escenas imborrables como todas las rodadas en el hospital o en el piso de la amante. La relación con su hija, el fuego de un cigarillo que nos consume.

Un auténtico canto a la vida y al cine que es vida aunque sus directores, actores músicos y maquinistas lleven años criando malvas. Una obra que podría ser portada de "La última mirada", ese magnífico libro de Domènec Font sobre filmes testamentos. Una pena que no lo incluyera ni siquiera dentro.