A lo largo de los años, desde la primera vez que ví (aunque quizá este no sea el término correcto, si bien tampoco lo son mirar o contemplar…) Apocalypse Now, cuando apenas superaba la adolescencia, mis impresiones acerca del film se han ido moldeando de manera significativa. Recuerdo claramente el inaugural sobrecogimiento y fascinación que me despertó, producto en parte de ciertos símbolos e imágenes a medio camino entre lo telúrico y lo fantasmal pero sobretodo avivado por el entusiasmo de mi padre, un gran aficionado al cine (más ahora incluso que antes) que me trasmitió desde temprano esa pasión, que se ha convertido para mí en la ocupación más importante. Dos imágenes quedaron grabadas en mi memoria. Dos instantes que suelen citarse con facilidad al referirse a la película por razones coyunturales o sencillamente porque molan, como decimos en ocasiones los de mi generación llenos de satisfacción. En el primero de ellos, el personaje interpretado por Robert Duvall camina por la playa, ignorando las bombas de morteros que explotan a su paso, explicando, primero, la idoneidad de las olas para practicar surf y ordenando, después, a varios soldados que se pongan a practicarlo aprovechando el momento… El segundo tiene lugar en el ocaso del relato, cuando inmersos en el mundo construido por Kurtz, Marlon Brando, el capitán Willard acaba con la vida del enloquecido militar desertado, al son de unas estrofas de “The End” la hipnótica canción de The Doors, el cual expira articulando el célebre tagline del film: «el horror, el horror». Alejados como están de las vivencias más inmediatas e incluso de un interés puntual, lo cierto es que estas secuencias siempre me han acompañado de alguna manera junto con el recuerdo, más tenue y menos intenso, de fragmentos de una narración que parece continuamente enjugar cualquier asidero identificativo e incluso emocional. En este punto, es donde comencé a cuestionar los elementos extrínsecos del film, es decir, aquellos que deberían dotar de densidad y sentido a lo que se está contando, de enriquecer el entramado intelectual y conceptual. Pensando y leyendo sobre ello, y revisando la obra más de una vez, acepté durante un tiempo la opinión de que Coppola había realizado un film contradictorio, problemática arrastrada por el guión urdido por una personalidad tan extrema como la de John Milius, e incluso acrecentada por un rodaje en Filipinas lleno de dificultades y una postproducción de casi dos años. Apocalypse Now ya no era fascinante sino esquiva, extraña y desgastada; la obra de un megalómano, brillantemente hueco, que hablaba de la guerra desde una perspectiva avasalladora, apenas matizada, donde Robert Duvall y Marlon Brando harían las veces de representaciones figurativas carentes de profundidad.
Paulatinamente fue replanteándome todo lo anterior, bien a raíz de ver otro cine bélico, no solo el desarrollado en la guerra de Vietnam, bien al conocer mejor y más la trayectoria de un cineasta capital durante los albores de ese nuevo cine americano que emergió en los 70, y sobretodo volviendo a pensar en la película por el que le conocí. Y llegó el día que ví, esta vez de verdad, como si fuera la primera vez, Apocalypse Now, aprehendiendo que todo aquello que pensaba acerca de la película eran alucinaciones tan válidas e incluso lógicas como igualmente gratuitas y vanas. El quinto largometraje de Coppola es un film desesperanzador y apasionante, el cual no empieza ni termina, aunque las imágenes últimas remitan a un final por partida doble y al principio la voz de Willard comience a contarnos una historia, sino que fluye a lo largo del tiempo y se configura como una pieza cinematográfica en continuo “view in progress”. No debido a su condición de trabajo en construcción ya en su presentación en Cannes en una cinta de 298 minutos (hecho que ha ocurrido con bastantes películas enviadas al festival francés). Ni siquiera por el revelador montaje Apocalypse Now Redux (2002) con 50 minutos añadidos a los 153 del estreno comercial de la película. La clave de esta obra se encuentra en su penetrante sentido estético y ético, el primero solo superficialmente expuesto en toda su extensión a través de la música, la fotografía y algunas interpretaciones, el segundo sutilmente introducido entre líneas, y ambos cohesionados en un conjunto abierto, que se retroalimenta a cada recuerdo, a cada frase, a cada visionado. Algún día todas las películas serán como Apocalypse Now: a día de hoy la desconcertante y asombrosa segunda película de Richard Kelly, Southland Tales (2006), presente también en Cannes en una versión más extensa de la distribuida comercialmente, se antoja funciona en un nivel similar.