Cuando pasan las cigüeñas (Letyat zhuravli. M. Kalatozov, 1957)

Por Israel Paredes

En 1953 muchas cosas cambiaron en la Unión Soviética. O, al menos, comenzaron a hacerlo. Joseph Stalin muere y Nikita Kruschev toma el mando de la nación y se inicia el fin del estalinismo, una de las eras más crudas de la Historia. Tras la Segunda Guerra Mundial la industria cinematográfica apenas tenía recursos. No se producía demasiado, había un férreo control bajo el totalitarismo donde la creatividad quedaba relegada a un segundo plano. El realismo oficial imponía temas y no había lugar para hablar sobre una realidad que se transmitía en las pantallas de manera manipulada. Pero durante la década de 1950, sobre todo en su segunda mitad, las cosas comienzan a cambiar para, finalmente, a partir de 1960 ver como la cinematografía soviética despierta cuando en el año 1961 un joven cineasta llamado Andrei Tarkosvki estrena La infancia de Iván. Los nuevos cineastas soviéticos toman el relevo de Dovzhenko, Eisenstein, Pudovkin y Vertov, quienes han fallecido, y se unen a ese movimiento conocido como los nuevos cines. Pero antes de que cineastas como Grigori Tchoukrai. Donskoi, Kozintsev, Mijail Romm Julia Solntseva, Ótar Ioseliani, Andrei Konchalovski, Glen Panfilov, Serguei Bondarchuk, Tenguiz Abuladze y Serguei Paradzhanov tuvieran su lugar, un veterano como Mikhail Kalatozov abrió el camino en 1957, cuando recibió la Palma de Oro de Cannes por su película Cuando pasan las cigüeñas, su película más reconocida junto a Soy Cuba (1964).

En ella, Kalatozov retrata la vida del pueblo soviético durante la Segunda Guerra Mundial mostrando la crudeza del momento y en cómo afectó la contienda al mismo. A través de un riguroso trabajo formalista construye unos planos muy cerrados en sí mismos, casi dando la impresión de que tras cada uno de ellos hay un estudio muy preciso de cómo deben ser, de qué transmiten. No hay lugar fuera de ellos, todo está contenido en el encuadre. Algo así, no obstante, viniendo de un cineasta soviético de esa época, apenas extraña. Sí lo hace que además de tener una base realista, o al menos una pretensión de realismo, son casi todos ellos de una gran belleza, ante todo por la manera en que son concebidos. Algo así, al menos a mí, me resulta llamativo. Vista hoy en día no se puede negar el gran trabajo de dirección, de fotografía, de reconstrucción. Pero también que algo falso subyace en todo el trabajo, por impecable que sea, por mucho que leyendo entre líneas se encuentren intentos de evitar la censura y decir cosas que no estaban permitidas. Quizá sea que aquello que se quiere contar encuentra su lugar en esos encuadres tan calculados, pero también acaba perdiéndose en ellos. Hay una extraña pulsión entre una realidad sucia y cruel y la preciosidad con que se muestra. Y quizá sea en ese punto donde hoy en día se pueda encontrar el interés de una película como Cuando pasan las cigüeñas, porque nos hace situarnos en un momento de la Historia muy concreto e importante y recapacitar sobre el poder de la imagen para reproducir la realidad, para ser reflejo de ella, para manipularla. Porque quizá sea un buen momento para revalorar ciertas cosas, entre ellas, la manera en que a lo largo del siglo XX el cine ha ido mostrando muchos momentos y en cómo lo ha hecho sin entrar simplemente en consideraciones puramente hermenéuticas o, peor aún, cinéfilas.