Desaparecido (Missing. Costa-Gavras, 1982)

Por José David Cáceres

Gastos de envío

En la última escena de este film de Costa-Gavras, los representantes del gobierno americano en Chile, durante el golpe de estado perpetrado por Augusto Pinochet (1915-2006) y sus aliados en 1973, acuden al aeropuerto a despedir a padre y esposa de un desaparecido, que regresan definitivamente a Estados Unidos tras certificarse de manera oficial que este está muerto. Uno de los empleados de la embajada explica, no sin violentarse, que el gasto de la repatriación del cuerpo debe correr a cargo de los familiares, unos 930 dólares. La mujer pregunta si es necesario abonar el pago en ese momento a lo que el cónsul responde que no es necesario y que podrán hacerlo una vez reciban el cadáver, lo cual les promete ocurrirá en pocos días. Seguidamente y justo antes de embarcar, el padre asegura que lo primero que hará cuando llegue a Estados Unidos es denunciar a todos los que han permitido que su hijo muera; el cónsul resignado le replica que es su privilegio e inmediatamente aquel le corrige: «es mi derecho». Epílogo, subrayado por el habitual resumen informativo de cómo concluye la historia real en la que se basa la película (el cadáver llego siete meses después, siendo imposible realizar autopsia alguna; la demanda interpuesta se desestimó al clasificarse el asunto como secreto de estado), que expone sin rodeos la manera de pensar de Costa-Gavras respecto a todos los acontecimientos relatados, resaltando  aquello por lo que el director siente especial desprecio. El dibujo empleado para ellos es algo tosco e indudablemente grosero, pero lo es deliberadamente, en aras de una mayor claridad, simplificación quizás, de las conclusiones, y es honesto al destacar por encima de ello a las dos víctimas de lo sucedido (evitando cargar las tintas sobre unos personajes que son arquetipos). Este cierre no está a la excelente altura cinematográfica del resto de Desaparecido, pero se antoja brillante por dos aspectos para mi muy significativos, a veces negligentemente ignorados o puestos en duda en función de un discurso transversal tan interesado como pobre: mantiene una postura ética e ideológica íntegra y, a su vez, agresiva sin caer en demagogias (como parece fácil caer en ocasiones en este tipo de propuestas de marcado contenido político, y el propio Costa-Gavras es ejemplo de ello: Z, 1969 o Amen, 2002); expresa con vehemencia la importancia de las personas más allá de las instituciones, de las creencias e ideas personales, como muestra el breve y demoledor plano en el que los protagonistas se alejan por el pasillo de embarque, indefectiblemente derrotados, invariablemente unidos por un dolor incurable, finalmente comprensivos (y no compasivos) el uno con el otro.

Desaparecido está estructurado en varios niveles narrativos. El que se encuentra más en la superficie, lo que no quiere decir que sea el peor o el menos atractivo, sería el que desarrolla la historia a modo de thriller, mientras que más internamente se encuentra el drama representado más que por la búsqueda infructuosa, por la relación que se establece entre el padre y la mujer del desaparecido, ambos interpretados con innumerables matices por unos espléndidos Jack Lemmon y Sissy Spacek. El film funciona muy bien en su formato de investigación de la desaparición del joven escritor aunque a priori se conozca el desenlace, ya que este no es lo importante sino aquellos elementos y situaciones que se van encontrando en el camino, en el que se desvela, o si se prefiere se sugiere, a raíz de las numerosas dudas razonables que van apareciendo, la participación activa del gobierno de los Estados Unidos en el golpe de estado. En este sentido los avances en las indagaciones que realizan los propios protagonistas no son tales pues cada vez se hace más presente la muerte a través de las historias que les cuenta o lo que ellos mismos llegan a ver. Se trata de un recorrido, por tanto, que no encuentra la luz o si quiera esclarece aquellos espacios oscuros, si no que se presenta como una constatación de la turbiedad de unas instituciones y personas que actúan en base a intereses fundamentalmente económicos aunque también políticos, que se acomodan, con repugnante cinismo, en la defensa de la libertad y de la protección de un estilo de vida. Costa-Gavras construye esta denuncia sin alzar la voz, sin énfasis gratuitos, entregándose a narrar una historia con aquellos recursos que considera más idóneos: la excelente inserción de flashbacks y el acertado cambio constante del punto de vista presente desde las primeras secuencias destacan poderosamente. Un recorrido que se retuerce sobre sí mismo y en el que sobresalen pequeños detalles para dejar constancia o lanzar interrogantes acerca de una serie de cuestiones, que aún hoy están de actualidad (y que, me temo, nunca dejarán de estarlo): la presencia siempre hostil del estadio de fútbol donde llevan a los detenidos para ser interrogados y asesinar a algunos (Costa-Gavras no subraya esto, manteniendo un riguroso sentido del punto de vista, más allá de un instante muy elocuente y cargado de fuerza en el que, en plano general, un soldado se lleva a uno de esos detenidos desnudo por un largo túnel cuyo extremo está envuelto en una espesa neblina); las escasísimas referencias al país donde sucede la historia, buscando un retrato lo más universal posible; el hecho de que el padre del desaparecido disponga de los medios económicos y los contactos políticos necesarios para poder presionar de tal manera a la administración (el cónsul llega a sorprenderse de ello preguntándole a quién conoce en Washington pues todos los días reciben numerosos telegramas al respecto); la descripción del coronel americano y especialmente del agente de la CIA un tanto ambigua (son amables y simpáticos, aunque se hace evidente que representan algo siniestro); la escena en la cual un ejecutivo de una empresa a título personal le desvela al padre que su hijo fue asesinando en el estadio nacional hará un mes, tres después de su detención, y la negativa de aquel a ofrecerle ninguna información o nombre…