El caso Mattei (Il caso Mattei. Francesco Rosi, 1972)

Por Rafael Arias Carrión

Las primeras cuatro películas dirigidas en solitario por Francesco Rosi, desde El desafío (La sfida, 1958) hasta Le mani sulla città (Las manos sobre la ciudad, 1963), se desarrollaban en la Italia meridional, entre su Nápoles natal y la cercana Sicilia. Todas nacen de una cartografía de la realidad italomeridional, que sería santo y seña en la mayoría de sus películas. Se convierte, pronto, en un cineasta dedicado con empeño a «mostrar las relaciones de poder ocultas, que amparándose en el marco de las instituciones democráticas, actúan fuera de todo control imponiendo su dominio mediante la violencia y la corrupción» [1]. El caso Mattei (1971), su octava película, se desarrolla en la septentrional Milán, pero no supone un gran cambio en su trayectoria, que siempre ha sido más historiador que periodista, un cineasta que ha buscado en los temas tratados en su filmografía el analizar fenómenos, realizar preguntas incómodas sin ofrecer respuestas fáciles a problemas complejos, ya que la «imposibilidad de presentar directamente la facticidad de las cosas transforma la investigación de Rosi en una búsqueda de la verdad siempre oscilante entre lo particular y lo general, entre la inmediatez de una realidad vivida y la reflexión que nos permite entenderla» [2].

El caso Mattei es vista, en muchos aspectos, como parte de un tríptico sobre personajes históricos que permitían a Rosi estudiar los cambios estructurales de Italia, iniciada con la espléndida Salvatore Giuliano (1961), recorrido sobre la figura del bandido del título, que le sirvió para analizar el estatus del bandido dentro de un mundo —con el final de la Segunda Guerra Mundial— donde ya no hay espacio para la épica del “ benefactor Robin Hood”, y que finalizaría con Lucky Luciano (1973), retrato fragmentario del mafioso italoamericano, que le sirvió para proseguir con el análisis sociohistórico de su país y continuar donde lo había dejado en El caso Mattei. Es ésta una forma de encuadrar esta película caleidoscópica, como lo son las anteriormente citadas. Pero El caso Mattei también puede verse como una prolongación de algunas de las propuestas de Le mani sulla città, como un análisis de dónde se encuentran los límites de la democracia y cómo rebasar esos límites es muy fácil. Enrico Mattei es un sencillo ejemplo de entonces, pero ahora, muchos políticos y hombres de negocios, se encuentran en ese mismo limbo.

La película de Rosi comienza con su final, es decir, con la muerte en un extraño accidente de aviación, de Enrico Mattei el 27 de octubre de 1962. Las imágenes de una excavadora removiendo el barro a la búsqueda de los restos del avión, ofrecen un primer indicio de desprecio hacia el personaje, cuyo cadáver no se ve en ese momento, solo al final, y ya envuelto en una sábana. Son también éstas imágenes que remiten a las grandes grúas que remueven la tierra en Le mani sulla città para colocar los cimientos de futuras edificaciones, como igualmente sucede con esos planos aéreos que jalonan ambos filmes (recorriendo en ambos el sur italiano), forzando una mirada desde el poderoso hacia lo que considera su coto. Enrico Mattei, entre esas imágenes reiterativas que abren y cierran la película, fue eso, un hombre dedicado por entero a sus negocios —no hay imágenes de su vida privada, todo se reduce a la frase “El petróleo pertenece a quienes lo pisan”—, que creía que con su bien se reafirmaba y engrandecía el bien público: Enrico Mattei creyó ser lo que pudiera entenderse como un “buen italiano”: luchador por la libertad contra los nazis, inversor en la empresa pública de gas metano AGIP y finalmente como director de una organización estatal en el desarrollo de recursos petrolíferos.Es decir, Mattei, siempre está trabajando, y cree ayudar a su país, aunque a costa de ello pueda saltar sobre los límites de la democracia.

Desde ese preámbulo y con el misterio de una muerte no esclarecida sobre una figura pública, una serie de episodios jalonan la visión que trata de ofrecer sobre Mattei, Francesco Rosi, desde 1947, cuando descubre petróleo en las cercanías de Milán, hasta sus negociaciones con Estados Unidos y la Unión Soviética, el intento de nacionalizar el petróleo, de ser un gran hombre dentro los límites de la democracia, hasta una fecha casi coetánea a la de la película, 1970, cuando se entrecruzan noticias que parecen verificar que Enrico Mattei fue “eliminado” por una connivencia entre la mafia siciliana y las empresas petrolíferas estadounidenses (como lo era la muerte de Salvatore Giuliano en el filme homónimo de Rosi, la connivencia entre la mafia siciliana y la policía para eliminar a alguien incómodo). Es curioso como El caso Mattei se desarrolla casi toda ella en interiores, muchas veces con el protagonista, encarnado con enorme solvencia y soltura por Gian Maria Volonté, hablando por teléfono, espacios que ofrecen una asfixia visual al espectador pero que es el lugar en que se mueve con soltura el industrial. Rosi nos plantea, así, muchas dudas, sobre el sistema democrático y sus limitaciones a lo largo de su filmografía para canalizar un proceso de identidad individual y colectivo, desde Salvatore Giuliano “drama del marginado” y El caso Mattei “drama del poderoso”, «emergía, además, ya en el contexto  socio-histórico en que Rosi gusta desenvolver sus análisis de identidad: la connivencia entre el orden y el desorden para eliminar todo peligro que ponga en jaque  la mutua situación de prestigio y privilegio»  [3].

Al final, la pregunta irresoluble, ¿quien fue Enrico Mattei?, no se contesta, pues carece de respuesta y no es el motivo de interés de Francesco Rosi. La pregunta sería: ¿qué beneficios y/o perjuicios  produjo la figura de Mattei en la historia italiana tras la Segunda Guerra Mundial?

[1] Mercè Coll, Francesco Rosi. Del aprendizaje neorrealista a la creación de la verdad, en José Enrique Monterde (de) En torno al nuevo cine italiano, Valencia, 2005, pag. 226.

[2] Mercè Coll, pag. 226.

[3] Norberto Alcover Cine para leer 1972. Equipo Reseña, pag. 251.