En 1968, el director británico Lindsay Anderson ganaba en Cannes la Palma de Oro por If… (Id., Lindsay Anderson, 1968), su apocalíptica visión anarquista sobre el sistema educativo victoriano. En el filme de Anderson, profundamente influenciado por Cero en conducta (Zéro de conduite, Jean Vigo, 1933), el adolescente Mick Travis (Malcolm McDowell) se convertía en el cabecilla de una revuelta armada que acababa en masacre durante la celebración del Día del Fundador en el College House, escuela de los alumnos revolucionarios.
Treinta y cinco años después, en 2003, Elephant (Id., Gus Van Sant, 2003) se hace con el máximo galardón del festival francés en una edición en la que no escasean los favoritos —en la sección oficial se encuentran, por ejemplo, Dogville (Id., Lars von Trier, 2003), Swimming Pool (Id., François Ozon, 2003), Mystic River (Id., Clint Eastwood, 2003), The Brown Bunny (Vincent Gallo, 2003) y Padre e hijo (Otets i syn, Aleksandr Sokurov, 2003)—. La película de Van Sant retrata la matanza del instituto Columbine desde el punto de vista de un grupo de adolescentes, entre los que figuran los dos asesinos.
Más de tres décadas separan las dos propuestas anteriores, en las que, pese a que inicialmente pueda parecer lo contrario, el único elemento en común es la mencionada Palma de Oro. Y es que, aunque ambas obras aborden historias de matanzas escolares en sendos institutos, la premisa de la que parten en ellas sus directores difiere radicalmente.
Dentro de la obra de Anderson, If… inaugura la temática anarquista que va a caracterizar buena parte de la filmografía de su director, quien recuperará al personaje de Mick Travis en sus posteriores Un hombre de suerte (O Lucky Man!, Lindsay Anderson, 1973) y Britannia Hospital (Lindsay Anderson, 1982). La lectura del filme es inequívoca: la lucha armada de los estudiantes es vista por el director como la única vía posible para derrocar un sistema opresor, un establishment basado en una serie de principios corruptos y depravados.
En Elephant, por el contrario, los dos alumnos díscolos no disparan contra el establishment, sino contra todo aquel que se les ponga delante, sea un profesor o un compañero. De hecho, la primera víctima de los asesinos es Michelle (Kristen Hicks), una estudiante si cabe aún más loser que ellos.
A lo largo del metraje de la película, Van Sant se cuida mucho de dejar claro que las motivaciones de los asesinos de Columbine no son las mismas que, por ejemplo, las de los insurgentes de la película de Anderson. No obstante, el realizador evita a la perfección el maniqueísmo habitual en los productos cinematográficos centrados en la psicopatía de alguno de sus protagonistas. En Elephant,Van Sant no retrata monstruos. Alex (Alex Frost) y Eric (Eric Deulen), los asesinos, son dos chicos corrientes. Alex toca el piano con gran sensibilidad, lo que —afortunadamente— no hace de él un psicópata —argucia maniquea por excelencia—. A fin de evitar la identificación entre sensibilidad artística y perturbación mental, el director introduce al personaje de Elias (Elias McConnell), igualmente dotado artísticamente que Alex y no por ello de tendencias psicopáticas. En cuanto a Eric, juega con destreza a los videojuegos —en una curiosa muestra de intertextualidad, el violento videojuego al que está enganchado el adolescente se corresponde con una reproducción virtual del desenlace de Gerry (Id., Gus Van Sant, 2002), anterior filme del cineasta—. Ninguno de los dos jóvenes es satánico, talibán o nazi —ante unas imágenes de Hitler ambos muestran el desconocimiento propio de su generación, como subraya el hecho de que Eric pregunte: “Eso fue en Alemania, ¿no?”—. En definitiva, los dos amigos no son peores que muchos de sus compañeros —compárense con las tres chicas bulímicas o los abusones de los que se vale el director para hacernos comprender la fuente de la que mana el odio de los chicos hacia su instituto—, ni tampoco mejores —no tienen la humanidad de John (John Robinson) o la ternura que demuestra la pareja formada por Nathan (Nathan Tyson) y Carrie (Carrie Finklea)—.
Si dejamos al margen que la finalidad de los filmes de Anderson y Van Sant no es siquiera parecida, el cambio de planteamiento en ambos puede explicarse sencillamente con solo mirar a nuestro alrededor. En 1968, en la antesala de la vorágine estudiantil del mayo parisino, la necesidad de acabar con un sistema —político, social, estudiantil— injusto hacía legítimo el uso de una violencia como la que plantea Anderson al final de If… El desenlace de la película es fruto de un contexto histórico y social muy concreto que en nada se parece al retratado por Van Sant en Elephant. En este caso, el estilo minimalista y contemplativo de su director —ampliamente influenciado por la obra del realizador húngaro Béla Tarr, tal y como apunta Andrew Bailey en Cinema Now (Bailey, A. y Duncan, P. (Ed.): "Cinema Now", Taschen, 2007, p 518.)— logra con creces aquello que éste pretende: un realismo centrado en desmembrar la cotidianeidad de un país que, desde hace años, se ha acostumbrado de manera preocupante a matanzas estudiantiles de este tipo.