El título español del film dirigido por Alan Bridges que obtuvo en la XXVI edición de Cannes lo que por entonces se denominaba Gran Premio del Festival desvirtúa la ambigüedad del original: The Hireling no hace referencia únicamente a la cualificación profesional del chófer de alquiler que, en la Londres de 1923, es contratado para que alivie con excursiones campestres la depresión de Lady Ernestine Franklin (Sarah Miles), motivada por la muerte de su marido dos años atrás. La expresión alude asimismo a la contratación de Leadbetter (Robert Shaw) como persona. La aristócrata atosiga con sus cuitas al conductor por consejo de uno de sus pares, que considera efectivo como terapia psicológica volcarse «en alguien que no sea como tú»; en un miembro de la clase trabajadora, que se supone implícitamente no tendrá ni la capacidad ni el atrevimiento de juzgar las confesiones de Lady Franklin. Leadbetter goza empero de algunas cualidades humanas, y confundirá las familiaridades de Lady Franklin con una pasión correspondiente a la que él ha empezado a sentir, y a la que su pasajera llegará a abandonarse para retirarse después a su torre de marfil. Despechado, el chófer estrellará su vehículo contra un muro, delatando con esta fusión última de carne y metal su propia conciencia de clase; la angustia de quien se sabe atrapado en la misma categoría que el objeto alquilable en que se ha inmolado.
Aunque en 1973 aún estaba en ebullición «la crítica cinematográfica de influencia marxista» (Robert Stam), hubiese resultado arriesgado en su momento, y lo sería hoy, ceñir a lo ideológico el desenlace de El equívoco, o ligar las hechuras del film a los modelos reivindicativos del documentalismo Free Cinema y las subsiguientes ficciones de la Nueva Ola que cabalgaron Lindsay Anderson, Karel Reisz o Tony Richardson estimulados por los textos de los angry young men de la escena y las letras británicas de los 60. Las claves de El equívoco son otras: la intensidad psicológica y algo sentimental que emana de la atención a los rostros de Sarah Miles y Robert Shaw deriva de la novela homónima de L.P. Hartley en que se basa la película; pero como la obra más célebre del escritor, “El Mensajero”, había inspirado dos años antes de El equívoco la última colaboración fílmica entre el dramaturgo Harold Pinter y el realizador Joseph Losey, que habían subrayado el consabido conflicto de clases, se suele asociar a Hartley con ese tema soslayando que era un elemento más, primordial pero no excluyente, en su visión atormentada de las relaciones humanas, a su vez el rasgo más convincente de El equívoco. Por otro lado, la sombra que proyecta una película sobre otra es alargada, y no solo porque El Mensajero acabase de obtener también el Gran Premio del Festival y Hartley falleciese entre la realización de ambas, lo que podría hacer pensar en la de Alan Bridges como en un sucedáneo comercial; las dos cintas comparten un formato de producción, deudor de las alianzas entre las industrias británica y norteamericana en plena recesión económica, que se traduce en el aseo fotográfico y decorativo, en un reparto de relumbrón, y en un deslizamiento progresivo desde lo crítico a lo puramente dramático en sintonía, en el caso concreto de El equívoco, con las adaptaciones televisivas de prestigio que conforman el grueso de las filmografías de Bridges y el guionista Wolf Mankiewicz.
Así, el rumbo que jalonan las cuatro ganadoras británicas en Cannes en menos de diez años —los films de Bridges y Losey habían sido precedidos en 1969 por If… y en 1965 por El Knack… y como conseguirlo— parece evidente; no es de extrañar que la carrera del asimilado James Ivory despegase por esas fechas, y que la cinematografía de las islas hubiese de esperar para repetir premio gordo en Cannes hasta 1986, bajo la égida de David Puttnam. Y en ese contexto crepuscular, el título español de The Hireling adquiere una curiosa pertinencia: El equívoco es la triunfadora más convencional en la Croisette no ya de esa década, que vio galardonados entre otros a Schlöndorff, Coppola, Olmi, Scorsese o los Taviani, sino incluso en el seno de una edición que relegó a premios menores en comparación o a marcharse de vacío a La Maman et la Putain, Ana y los Lobos o Belle. Aun más, el jurado presidido por Ingrid Bergman concedió ex aequo el Gran Premio a El Espantapájaros, otra película espejismo por cuanto su director, Jerry Schatzberg, tampoco se distinguiría posteriormente por aportar demasiado al cine. No podemos evitar comparar a Schatzberg y Bridges con Leadbetter, el chófer de Lady Franklin: recogiendo su premio al alimón ambos realizadores creerían hallarse entre los elegidos para la gloria, pero con el tiempo crece la sospecha de que el reconocimiento que se les dispensó pudo ser… un equívoco.