Cuando Giuseppe Tomasi di Lampedusa escribió su novela El gatopardo, sobrepasaba la edad de sesenta años. Tardaría alrededor de dos años en concluirla, entre 1954 y 1956, y vería como varias editoriales la rechazarían. Al año siguiente, en 1957, moriría sin verla publicada, sin saber, claro está, de que con el paso de los años se acabaría convirtiendo en una de las obras literarias más importantes del siglo XX. Aunque posteriormente se recuperaron otras obras suyas, sigue quedando como su única novela, una obra realizada en el ocaso de su vida, cuando era consciente de que estaba enfermo y la vida se le agotaba. Una obra que recoge las reflexiones de toda una vida. Una novela casi inseparable del autor, quien como aristócrata, sabía de la decadencia de ciertos modelos sociales, de una cierta idea del mundo. Algo así le otorgó a cada página de El gatopardo una atmósfera muy concreta, una mirada hacia el mundo tan precisa que hace que, a pesar de su brevedad, sea capaz de abrazar un tiempo tan extenso, tantos acontecimientos, perfilar tan magníficamente a los personajes. No es una novela nacida de una idea que se va desarrollando, sino una novela que nace de una vida, de unos sentimientos que han ido, año tras año, aferrándose. Y al final, todo da forma a una novela casi testimonial. Un legado personal tanto como literario.
No es de extrañar que Luchino Visconti se sintiera atraído por la novela de Lampedusa. A diferencia de otras adaptaciones literarias que acaban llevando consigo una reconstrucción del pasado, en este caso había también algo personal. Visconti siempre tuvo un toque decadente que supo imprimir a casi todas sus películas, máxime cuando se acercaba hacia el final de su vida. Fue un cineasta de otro tiempo, como lo fue Lampedusa. Dos hombres que no encontraron su lugar en el mundo. Uno lo trasladó a su novela, el otro recogió el sentimiento y realizó una película, quizá su mejor película, una de las mejores de la historia. Y a partir de ahí, la obra de Visconti se volvió más oscura. Adaptó a Camus, Mann, D’Annuzio, habló de imperios que caen, de emperadores decadentes, de profesores aislados del mundo… Visconti cambió, para bien o para mal, cada cual puede sacar sus conclusiones, pero lo cierto es que su visión de la realidad se hizo más amarga. Quizá fue la edad, los nuevos tiempos y cambios que vinieron a partir de la década de 1960, no sé, pero si siempre había sido un extraño marxista aristocrático y homosexual que veía el mundo como un lugar casi inaccesible, tras El gatopardo todo se volvió aún más crudo. Ni Lampedusa ni Visconti intentaron recuperar el tiempo perdido, se contentaron con mostrarlo, asimilando la imposibilidad de recobrarlo. Había algo de lamento, pero también de humor, sobre todo en Lampedusa, que supo tomarse el tema con mayor desinhibición.
El tiempo no puede recuperarse, tampoco una cierta forma de hacer y entender el cine que El gatopardo representa a la perfección. Hoy en día pueden hacerse películas de reconstrucción histórica, pero ninguna tendrá la perfección y detallismo del que hace gala Visconti. Y eso que las posibilidades son mayores que en 1963. No es cuestión de técnica, sino de vivencia en el mundo, de querer en verdad reconstruir algo ante los ojos y no simplemente el de transmitir la sensación de que está reconstruido. Son dos cosas diferentes. Visconti necesitaba de ese mundo para poder trasladar la novela de Lampedusa con la fuerza que él quería, de ahí esa precisión, esa atención a lo más mínimo, pues es el detalle el que da razón y enriquece al conjunto. Tampoco podrá recuperarse una mirada al pasado como la que representa El gatopardo, y quizá, de alguna manera, tampoco debería ser necesario si hubiera en general otros modelos alternativos y no la simple decoración y vestuario como estandarte. Hoy en día apenas importa el pasado, al menos, en general, dentro de la cinefilia, al no ser un pasado que permite sentirse, paradójicamente más moderno, o un pasado limpio donde no haya lugar a demasiados miramientos y sí la posibilidad de argumentar desde una postura cinéfila y sin dar margen a otras ideas. Algo así hace que El gatopardo sea una película tan reconocida como obviada en general, porque se sabe de su grandeza, pero se olvida de lo que en realidad reside en su interior. Porque ya nadie quiere entender el pasado, quizá porque incluso el presente les importa bastante poco.