El mensajero (The Go-Between. Joseph Losey, 1970)

Por José Francisco Montero

De todos los cineastas que padecieron las terribles consecuencias de la caza de brujas, probablemente fue Joseph Losey el que mejor supo adaptarse a su exilio europeo. Después de unos inicios en el cine británico en que tuvo que asumir diferentes seudónimos, dando como resultado una serie de películas bastante discretas, realiza en su país de adopción algunas de sus mejores cintas, como Time Without Pity (1957), El criminal (The Criminal. 1960), Rey y patria (King & Country. 1963), El sirviente (The Servant. 1963), o Accidente (Accident. 1967)..., obras que retoman los logros de sus mejores películas americanas, amoldados a una sociedad y unos ambientes diferentes y que, por otro lado, responden a una evolución profesional que le lleva a la profundización de los planteamientos que siempre han estado en la base de su cine y que confieren a su obra, si no otra cosa, al menos de una admirable cohesión interna. Sin embargo, la valoración crítica de Losey en la actualidad es muy inferior de la que disfrutó, sobre todo, en los años sesenta y lo cierto es que el tiempo ha sido severo con su cine y ha desvelado, inmisericorde, las insuficiencias que pesan sobre él. Así las cosas, el cine de Losey se encuentra hoy en el que es probablemente el peor de los territorios posibles para un creador: casi todas sus películas tienen aspectos dignos de interés y el trabajo de puesta en escena alcanza con bastante frecuencia cotas considerables de brillantez, pero difícilmente van a entusiasmar a casi nadie; en fin, todos y cada uno de sus films es muy improbable que despierten algún tipo de pasión, no ya para vindicarlos sino ni siquiera para rechazarlos.

El mensajero surge en la mejor época de la estima crítica de Losey y con ella prosigue su colaboración con el dramaturgo Harold Pinter, asociación que contaba con los antecedentes de El sirviente y Accidente. La película narra la frustrada historia de amor entre Marian Maudsley (Julie Christie), una atractiva joven perteneciente a la clase alta inglesa de principios de siglo, y Ted Burgess (Alan Bates), un granjero que trabaja en las tierras vecinas, historia contada a través de los ojos de Leo (Dominic Guard), un chico, de origen social más modesto, que pasa unos días en la mansión de los Maudsley y que sirve de mensajero de las cartas que clandestinamente se pasan los amantes. Todo ello, a su vez, narrado a través de los recuerdos de un Leo ya mayor que rememora estos hechos que le han marcado para el resto de su vida, debido a haber vivido de forma traumática la represión ejercida sobre la pareja y la consecuente renuncia al amor por parte de Marian aceptando un matrimonio más acorde socialmente —y es que, rehuyendo Losey los facilones recursos de identificación emotiva del espectador, Marian es, verdaderamente, un personaje bastante falaz, que a la hora de la verdad opta por los convencionalismos sociales antes que por la pasión, y que incluso no duda en reprochar a Leo las atenciones que están teniendo con alguien de extracción social más humilde como él, para convencerle de que siga ejerciendo sus funciones de mensajero, pero también para que no olvide que su pertenencia a la clase social de ella es ilusoria y temporal, a lo que sin duda se debe asimismo el que otro personaje le recuerde en un determinado momento el mito de Ícaro—.

El mayor problema de El mensajero reside en el desajuste que se produce en ella entre su contenido y la forma que lo acoge, el ser una película que narra una historia pasional de una forma desapasionada, un rasgo habitual del estilo de Losey, en cuyo cine la impronta brechtiana ha estado siempre muy presente, aunque contenida en unos parámetros de rasgos clásicos. Siendo más preciso: más que contar esa historia de pasiones prohibidas, ésta realmente es la excusa para narrar una historia iniciática sobre el amor y el sexo, finalmente corrompidos por la diferencia de clases y el puritanismo. Ello podría haber resultado productivo si de ahí se derivara una reflexión lúcida sobre la confrontación entre las pasiones y los imperativos e hipocresías sociales, pero desgraciadamente no es así.

Con frecuencia el problema del cine de Losey, y El mensajero no se libra de él, se encuentra en que procura abordar muchos temas —lo que no constituye un problema de por sí, naturalmente—, resultando habitualmente insuficiente en todos ellos, acaso por no incardinarlos de forma más compleja. Además de un relato sobre el clasismo de la aristocracia inglesa de principios de siglo XX —nada muy original, pues—, El mensajero pretende ser a su vez un film que reflexione sobre la memoria como constitutiva y generadora del relato, quedándose, sin embargo, en la superficie de ambos temas, resultando un planteamiento dramático que funciona sólo sobre el papel, en un nivel meramente teórico. El film va desvelando progresivamente las piezas que traban una ortopédica estructura que intenta, con más ingenuidad que otra cosa, conectar el tiempo pasado y el presente a partir de una indagación sobre los mecanismos de la memoria, delatando un esqueleto narrativo tan rudimentario como anodino. Si el relato se centra más que en los amantes en lo que media entre ellos, en el personaje que facilita esta relación —y más globalmente, en una sociedad clasista y castradora que finalmente la destruye—, la estructura narrativa de la película, en coherencia, habría resultado más productiva si hubiera atendido a cómo se vertebran pasado y presente, a cómo se imbrican y retroalimentan mutuamente, pero Losey nunca logra transmitir ese supuesto diálogo entre el pasado y el presente, entre unos hechos decisivos de la infancia de Leo y su desgarrado recuerdo. Al inicio de la película la voz en off de un Leo ya mayor afirma «rememorar nuestro pasado, aun asumiéndolo tan íntimamente nuestro, se nos antoja en la distancia como algo ajeno a nosotros». Y lo cierto es que algo de eso hay en El mensajero, la sensación de estar asistiendo a una historia narrada con gran desapego y no a una remembranza hecha de dolor y amargura, como presuntamente debiera ocurrir a Leo.

No es extraño que los mejores apuntes de El mensajero se encuentren en los momentos en que Losey opta por la vía de la sugerencia: por ejemplo, pensemos en la forma que tiene Marian de tocar el pañuelo de Ted, el cual ha traído Leo de una de sus visitas a la granja, probablemente el momento que mejor revela —casi el único— la pasión que mueve a la pareja y que, en definitiva, es el motor de la historia; o el significativo detalle de que en la escena final, cuando la madre de Marian y Leo descubren a la pareja follando en el pajar, aquélla tape la cara al niño y, a su vez, Marian la de Ted, momento de la película en que se vincula más efectivamente ambas transgresiones, la social y la sexual.