Le Monde du silence (Jacques-Yves Costeau & Louis Malle, 1956)

Por Joaquín Vallet Rodrigo

Le monde du silence consiguió la Palma de Oro del Festival Internacional de Cannes el mismo año en el que competían, entre otras, El ferroviario de Pietro Germi, Crónica de un ser vivo de Akira Kurosawa, El hombre que sabía demasiado de Alfred Hitchcock, Sonrisas de una noche de verano de Ingmar Bergman y, sobretodo, una de las mejores películas de la Historia del Cine, Pather Panchali de Satyajit Ray. Por qué el documental de Cousteau y Malle se impuso a tamaños títulos y por qué su trascendencia fue más allá del festival en el que vió su estreno (también logró hacerse con el “Oscar” al mejor documental) se debe entender dentro de los márgenes de su propuesta y nunca desde un punto de vista comparativo. Me explico, el impacto de Le monde du silence viene provocado por la belleza de sus imágenes y su extrema perfección técnica aunque sus límites como documental dificulten una, por otra parte innecesaria, comparación con los demás géneros narrativos. Comparación que, lamentablemente, varios festivales sí llevaron a cabo (Cannes como evidente paradigma) en detrimento de piezas quizá ni mejores ni peores, pero sí muy diferentes.

Le monde du silence plantea, desde su mismo comienzo, la entrada a un universo tan deslumbrante como desconocido y misterioso. Las profundidades de los océanos se abren ante el espectador desde, efectivamente, el silencio. El silencio entendido desde un prisma bipartito en el que, por un lado, se subraya la escisión absoluta entre un mundo que hace del sonido su seña de identidad (los exteriores) y otro en el que este aspecto queda relegado a la nada a medida que se va sumergiendo en él (maravillosa es, a este respecto la primera secuencia de la película en el que un grupo de submarinistas se zambullen en las aguas mientras la cámara los sigue provocando que el sonido vaya menguando a medida que su inmersión avanza). Por otro, aún de forma inconsciente, el film transmite la serenidad del ambiente que retrata, una paz perpétua que todavía mantiene un cariz de inquebrantable virginidad sustentada en las leyes físicas de las que el hombre aún es esclavo. Por ello mismo, el silencio es la evidente metáfora de la armonía y la placidez que tan meticulosamente retratan las imágenes del film.

A éste respecto, como se ha dicho anteriormente, Le monde du silence es una película técnicamente soberbia. Las secuencias submarinas (sin duda, las más impactantes de la obra) se hallan prodigiosamente iluminadas, mostrando una variedad cromática tan fascinante como difícil de lograr en tales circunstancias. De igual manera, la planificación del film no se plantea desde lo funcional y rutinario, sino desde lo directamente creativo y arriesgado como bien demuestran momentos tan espléndidos como el travelling que sigue las frenéticas evoluciones marinas de los delfines o los picados del Calypso azotado por las olas.

Independientemente del merecimiento del premio logrado en Cannes, de lo que cabe la menor duda es que Le monde du silence es un documental absolutamente magistral, que sabe llevar a su terreno incluso a los profanos en materia de biología submarina.