En los últimos días, he tenido la oportunidad de visionar los últimos trabajos de tres cineastas a los que quizá de forma un tanto caprichosa e injusta podríamos calificar de autores; Wong Kar Wai, Isabel Coixet y Hal Hartley fueron los tres directores en cuestión. Conforme el metraje avanzaba, pese a tratarse de propuestas muy diferentes, tuve la misma sensación, la de estar frente al trabajo de artistas mas o menos interesantes que han perdido, ya bien sea por megalomanía, necesidad económica, imposiciones industriales, o sencillamente agotamiento de fórmula, el discurso que indudablemente en algún momento tuvieron. Resulta en realidad muy significativo que muchos de los, e insisto, teóricos autores contemporáneos conforme realizan nuevos proyectos parecen ir poco a poco deshinchándose. En su mirada de pronto aparecen elementos ajenos, innecesarios subrayados, inclusive torpeza narrativa; y es que la lista de directores en declive es preocupantemente extensa: Emir Kusturica, Lars Von Trier, Hartley, Julio Médem o Todd Solondz; no deja de resultar, por tanto, tan irónico como desafortunado que dentro del mal llamado cine culto las propuestas mas sugestivas vengan de octogenarios como Eric Rohmer o Jacques Rivette. Por eso una mirada como la de Luc y Jean-Pierre Dardenne dos cineastas contemporáneos en activo, a día de hoy me parece una excepción absolutamente imprescindible.
Los cuatro títulos de su filmografía que se han estrenado entre nosotros-confiemos en que el resto de su obra tarde o temprano pueda recuperarse en DVD, que a día de hoy parece la única opción para poder disfrutar de ciertas películas, incomprensiblemente inéditas en España-pueden resumirse como el proceso de búsqueda de lo cinematográficamente imprescindible, la búsqueda de la gramática del ascetismo, rechazando en ese camino cualquier artificio, cualquier elemento que pueda resultar extraño, superfluo, innecesario. La mirada de los hermanos belgas es aparentemente fácil de reconocer, la cámara, inquieta, casi nerviosa, sin llegar a la paranoia de Philippe Grandrieux, no deja de moverse, no abandona a los personajes, casi se convierte en uno mas, siguiéndolos u observándolos silenciosamente; a diferencia del autor de La vie nouvelle (2002), los Dardenne no buscan la abstracción, al menos no de forma tan prioritaria, su sintaxis es mucho mas naturalista, pero ambos comparten una gélida austeridad, casi sufrimiento en la construcción fílmica. El niño que en definitiva es la película que debería ocupar estar líneas, no es, en mi opinión, la mejor película de sus autores (es más estoy convencido de que todavía no la han realizado, ¿quizá lo sea esa inminente Le silence de Lorna (2008)?) creo que la profundidad, el dolor, que transmiten las imágenes de El hijo (Le fils, 2002), pero insisto en una opinión meramente subjetiva, acaba siendo mucho mas definitiva que este camino por las calles de Bruselas junto a Bruno y Sonia. En realidad que este film se alzase con la Palma de oro en Cannes, como lo hizo Rosetta (1999), es una cuestión meramente aleatoria, creo que cualquiera de los trabajos de los Dardenne podrían-deberían haberlo hecho; los cuatro son un perfecto ejemplo de valentía cinematográfica, compromiso estético-político, rigor sintáctico, y aunque suene en exceso exagerado o pomposo, honestidad fílmica, lo que en estos tiempos no es poca cosa.
Bruno al igual que Rosetta o Francis está herido, es un inadaptado social, y no le importa serlo (trabajar-integrarse en la sociedad-es para pringados, dice a Sonia mientras caminan con el pequeño Jimmy por la calle), pero a diferencia de éstos no oculta que en realidad sigue siendo un niño, posiblemente el verdadero niño al que hace referencia el título. Es un ladronzuelo que con la ayuda de su cómplice, el pequeño Steve, malvive de pequeños hurtos. Su personaje es contradictorio, caprichoso, inseguro, ama a Sonia, con la que ha tenido un hijo, al que quiere, pero al que no duda en vender (siempre pueden tener otro) para sacar una buena tajada, busca dinero desesperadamente pero luego no duda en malgastarlo, miente continuamente; a estos niveles queda lejos aparentemente de un personaje tan ingenuamente moral como el Igor de La promesa (La promesse (1996), quien no duda en traicionar a su padre para salvar a unos inmigrantes, para Bruno lo único que parece importar es Bruno; por eso me resulta muy significativa la decisión de sacrificarse, partir de cero y entregarse a la policía, empezando un viaje hacia una supuesta redención, el paso del niño hacía el adulto, que le llevaría de nuevo hasta Sonia. Bruno, sin embargo, al igual que el Alexander de Le maman et la putain (Jean Eustache, 1973), nunca podrá ser adulto, y así como el francés, en posiblemente el plano mas doloroso que se ha filmado para captar el terrible paso a una supuesta madurez, sólo puede dejarse caer en la habitación de Veronique, Bruno en la sala de visitas de la cárcel únicamente puede llorar, ¿tal vez ahora de nuevo frente a Sonia se da cuenta del daño que ha causado y de que las cosas ya no pueden volver a ser como antes? tal vez, pero ésta no deja en realidad de ser una visión en exceso romántica, ¿realmente el muchacho está dispuesto a empezar de nuevo, una vez cumplida la condena se transformará en una persona normal, integrándose en la sociedad? ¿De verdad Bruno ha crecido? Puede ser, pero viéndole llorar, creo que estoy frente a un niño que no quiere ser mayor.