El pagador de promesas (Anselmo Duarte, 1962)

Por Ramón Alfonso

Revisando las desventuras de este Quijotesco pagador de promesas (José, un humilde campesino, acompañado de su mujer, carga una enorme cruz de madera, que tendrá que depositar en el altar de  la Iglesia de la ciudad de  Salvador a siete leguas de su pueblo, en pago a la plegaría realizada a Santa Bárbara para que ésta sane a su burro enfermo) no he podido evitar recordar en todo momento dos películas aparentemente tan diferentes y distantes como Macario (Roberto Gavaldón, 1960) y La audiencia (L´udienzia, Marco Ferreri, 1971. El joven Amedeo del film de Ferreri, igualmente humilde e ingenuo, intentando por todos los medios conseguir una audiencia con el Papa  acabará atrapado, mientras es vigilado, chantajeado, amenazado, en un laberinto burocrático que podría haber surgido de cualquier escrito de Kafka. Conforme la narración avanza y se suceden los diversos encuentros con Cardenales, nobles, entre otros delirantes personajes, el muchacho va tornándose cada vez mas y mas invisible hasta acabar como un cadáver anónimo en los pasillos del Vaticano. José al  igual que Amedeo es un personaje esencialmente puro, cargado de una dolorosa inocencia, y la aparente superficialidad con que ambos son retratados les confiere una dimensión abstracta que les lleva al territorio de hombre invisible, ajeno al mundo que le rodea que de pronto choca contra precisamente el absurdo de éste. Sin embargo, asumiendo por supuesto intenciones completamente opuestas, creo que el desenlace  de las peripecias de Amedo  resulta mucho mas definitivo y complejo que el de José, convertido primero en casi una atracción de feria y finalmente un símbolo con el que el pueblo oprimido puede luchar contra el orden de las autoridades civiles o religiosas; y es que antes de convertirse en un mártir crucificado, el campesino, no ha dudado, victima de la desesperación, ahora  perplejo espectador de las maquinaciones eclesiásticas o políticas, en enfrentarse a la policía o a altos cargos de la Iglesia. Amedeo es una víctima de un sistema casi fantasmagórico, José, igualmente víctima involuntaria, acabará siendo un títere utilizado con fines políticos, y pasará de ser un modesto hombre de campo —que no comprende por que el sacerdote no le permite poner la cruz a los pies de la Santa, afirmando que es una herejía una plegaria por un asno— a un supuesto agitador, después de que sus palabras sean manipuladas por la prensa.

El curandero Macario, quien puede sanar a los enfermos gracias a  un agua milagrosa obtenida de la mismísima Muerte en pago por compartir un pavo, es un personaje tan ingenuo como José o Amedeo, y en ningún momento llega a comprender completamente que es lo que le está sucediendo, pero también es el protagonista del que posiblemente sea el mejor trabajo, junto con El gallo del oro (1964), del habitualmente académico e irregular Roberto Gavaldón. Visionando el film de Anselmo Duarte he tenido la misma sensación que cuando descubrí Macario; a nivel de base literaria la película es magnífica, pero a la hora de transformarlo en imágenes tanto el mexicano como el brasileño no acaban de encontrar el tono que la propuesta parece necesitar. En ambos casos, las películas están resueltas con innegable oficio, inclusive nos encontramos con momentos especialmente sugestivos, por ejemplo esa secuencia en que José coge la cruz y empieza a golpear las puertas de la Iglesia en un intento desesperado por cumplir su penitencia, o por supuesto el final, tal vez más aparente que conseguido, pero finalmente emocionante, el moderno Cristo una vez fallecido es crucificado, los obreros cargan con él y entran en la parroquia; pero en líneas generales  acaba pesando mucho el  clasicismo con que está resuelta la propuesta. Es quizá absurdo pero no puedo dejar de pensar en semejante material en manos de un director como pongamos Luis Buñuel, quien además de hablar de toda la mediocridad religiosa, social, sexual que ya se encuentra en el original literario de Dias Gomes hubiera sabido dar al conjunto la complejidad fílmica que necesitaba.

Una vez más debemos  llegar  a la conclusión de que un Festival como el de Cannes es imprevisible. En unos años, estamos hablando de 1962, en que movimientos como el Cinema nuovo estaban en pleno auge, ese mismo año Glauber Rocha filmaba la espléndida Barravento, resulta tan sorprendente como contradictorio que se decidiera otorgar la Palma de oro a un film indiscutiblemente correcto pero en exceso académico que muy poco tiene que ver con los aires que por aquel entonces se respiraban. En definitiva, quizá la respuesta no se hallé tan lejos de los pasillos kafkianos por los que Amedeo corría sin rumbo fijo quizá buscando  una salida. Misterios…