Hablar de Roman Polanski es, generalmente, hablar de los escándalos y de la desafortunada vida de un polaco de origen judío nacido en Francia. Es algo tentador para el cronista que escribe sobre éste y “El pianista” recordar que no pudo recoger ninguna de las estatuillas que consiguió en 2002 en la Meca del cine por problemas con la justicia americana… aunque a partir del siguiente párrafo me voy a esforzar por no volver sobre estos primeros pasos, tratando de enfocar el asunto desde otro punto de vista.
Mientras que en 2002 Polanski rodaba El pianista, prestaba también sus servicios —esta vez como actor— a Andrzej Wajda en su adaptación de Zemsta, comedia del autor del siglo XIX Aleksander Fredro. Años más tarde Wajda rodaría una película con intención similar a la obra sobre la que ahora trato de hablar. Con Katyn Wajda revive la pérdida de su padre, capitán del ejército polaco, que como el protagonista de la película encontró la muerte en esta desgraciadamente célebre localidad. Con esta cinta acusa y trata de salvar del olvido una parte de la historia más reciente del siglo XX, quiere ser un testigo fiel de lo sucedido en la primavera de 1940. El pianista es, sin más rodeos, el testimonio de la ocupación nazi en Varsovia. Tienen estas dos películas algo de terapéutico para sus respectivos creadores.
Roman Polanski quería hacer una película que fuera lo más cercana posible a la realidad histórica. El director era un niño de 6 años cuando comenzó la II Guerra Mundial y sus recuerdos de la época están relacionados con la pérdida de su familia [1]. Es algo que tuvo que compartir con el pianista Władysław Szpilman, protagonista de la obra que nos interesa. La película lleva a la pantalla los recuerdos que Szpilman recogió en un libro nada más concluir la guerra, recuerdos sobre los años durante los cuales tuvo que huir, esconderse, pasar hambre (aunque como hace notar Jerzy Płażewski sólo dos cosas se las sacó Roman Polanski de la manga: «Szpilman nunca se ocultó tan cerca del muro del gueto como para ver desde su ventana el inicio del levantamiento de 1943 ni, como es obvio, los judíos de Varsovia no hablaban entre sí en inglés.» Traduzco de http://film.onet.pl). Esta afinidad hizo que Polanski decidiera utilizar los recuerdos del otro para hablar, en realidad, de sí mismo.
El pianista debía ser una obra donde lo fidedigno fuera el exponente principal. Es por eso que no adopta ningún patetismo ni trata el tema como se suele hacer en Hollydood [2]. Además, en esta ocasión Polanski antepuso el rigor a su personalidad como autor y realizó una obra que, aparentemente, es menos arriesgada, más “clásica” que otras películas del realizador de “Repulsión” y “El baile de los vampiros”. En cualquier caso la película está repleta de momentos duros y contundentes que no tendrían sitio en una producción hollywoodiense: secuencias como la defenestración del anciano en silla de ruedas permanecen en la mente del espectador del filme, sin lugar a dudas, para toda la vida.
Las primeras imágenes de la película son tomas documentales de la Varsovia de antes de la guerra y ya deberían sugerir al espectador qué es lo que nos quiere mostrar esta vez su autor. Durante las algo más de dos horas de la duración del filme el director recompone los hechos y el clima que entonces se respiraba en la ocupada capital polaca: las melodías famosas de la época, el contraste entre dentro y fuera del gueto, las deportaciones y otras órdenes a cumplir del mando nazi, etc. Incluso nos habla directamente sobre hechos históricos. Este es el caso de las sublevaciones del gueto judío de 1943 y la de Varsovia de 1944, sobreimprimiendo las fechas del comienzo y el final de las mismas y resumiendo en imágenes los momentos clave de ambas.
Aunque no por eso Polanski deja de lado a su personaje y su particular “naufragio” por las ruinas de Varsovia. El destino de Szpilman es el eje que organiza la película: nosotros vemos lo que sus ojos vieron, él es —por imparcial— el más adecuado cronista para narrar lo sucedido. Sería injusto, llegados a este punto, no recordar la sobrecogedora interpretación de Adrien Brody quien mantiene indiscutiblemente y durante gran parte del metraje la cinta.
El drama esperanzador de este particular Robinsón no nos deja indiferentes y gracias a ello en 2002 Polanski obtuvo, esta vez personalmente, de manos de David Lynch la Palma de Oro en el Festival de Cannes. Roman Polanski entonces agradeció de la siguiente manera la decisión del jurado: «Muchas gracias por este premio a una película polaca» [3].
[1] Más información sobre Polanski en Miradas de Cine nº12.
[2] Hay que recordar que diez años antes tuvo la ocasión de dirigir “La lista de Schiendler”. Pero que por desarrollarse en Cracovia, donde vivió su niñez dentro de las paredes del gueto judío, acabó por desestimar ya que el proyecto le haría revivir demasiado intensamente su pasado.
[3] Tras muchos años apartado de esta cinematografía, “El pianista” también ofreció la ocasión a Roman Polanski de volver a rodar en Polonia con un equipo de rodaje formado por gran número de profesionales polacos.